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Etiquetas:   Novela por entregas   -   Sección:   Libros

Soberano don Nadie (XXVI)

Juan Pablo Mañueco
Redacción
domingo, 22 de enero de 2006, 03:18 h (CET)






Soberano don Nadie en el país de
los poderes políticos verticales

Don Quijote y Pero Grullo en acción


Resumen de lo publicado

El Congreso de los ciudadanos, reunido en casa de Representante Independiente, ha pasado revista a los principales problemas políticos del país y del sistema pseudodemocrático, en el que la población no puede ejercer ningún poder ni los presuntos representantes reproducen la voluntad de los electores, sino que autorrepresentan sus propios intereses y los de quienes los financian. El último en intervenir ha sido Público sin Presupuesto que ha establecido la necesidad de que el pueblo retenga parte de sus contribuciones económicas para crear un Poder Social propio, que consiga que los servicios y servidores públicos cumplan diligentemente sus obligaciones con los ciudadanos.


Capítulo XIX


Donde la Asamblea constituyente determina que es preciso constituir el Poder de la Gente

Las palabras de Público sin Presupuesto provocaron un general revuelo entre los asistentes a aquella magna Asamblea, por cuanto la constitución de un nuevo Poder Público, propio de la Sociedad, para la supervisión y control de los tres Poderes del Estado, transformados de esta forma en relativos, auxiliares y dependientes de los ciudadanos, no era cuestión de la que se hablase todos los días.

Finalmente, las deliberaciones coincidieron en que la teórica independencia entre los tres poderes del Estado, mientras estuvieran ejercidos por una minoría, entrañaba un auténtico contrasentido. En la práctica, las minorías se ligaban siempre, para defender sus privilegios estamentales frente a los desposeídos del poder. Máxime cuando la potestad real y efectiva que se toleraba a la población era ninguna.

–Observo yo, como resumen y compendio de este cónclave –intervino en este punto Juzgador de Jueces–, que la Asamblea comienza a estar conforme en que allí donde no gobierna el pueblo no puede decirse que el pueblo gobierne...

–Incluso yo me atrevería a suscribir eso mismo –musitó en voz baja Pero Grullo, e incluso se le escuchó decir, muy tenuemente–: habrá una “cracia”, pero no será del “demos”.

–...Y, por otro lado –continuaba sentenciando Juzgador de Jueces–, también se aprecia un voto unánime respecto a que la representatividad ha de ser representativa, y deja de serlo cuando pierde su representatividad –jurisprudencia juzgatoria que alcanzó la conformidad mental de Pero Grullo, asimismo–.

Desde la época de la extensión del sufragio universal se pensó que existía un solo continuo entre la elección y la conclusión del mandato de los representantes del pueblo. Pero a medida que ha transcurrido el tiempo hemos visto que existe claramente un primer acto mediante el cual muchos eligen a pocos y un segundo acto en el que estos pocos traicionan a los muchos, representando más bien intereses estamentales propios y otros ajenos al mandato recibido...

–Hasta podría pensarse que no fue inocente suponer ese error, al proyectar el modelo –volvió a musitar Pero Grullo–.

–...Unas cúpulas de aristócratas, separadas de las necesidades del pueblo, pero unidas entre sí, toman las decisiones autónomamente, y, desde ese mismo momento se consorcian, como no podía ser de otra manera. Por añadidura, los grandes intereses económicos financian candidatos y dictan las leyes y las políticas que éstos deberán seguir.

En un contexto semejante, diga lo que guste el señor Montesquieu, pero dará igual que los poderes sean uno, tres o veintitrés. Siempre será un único poder, algo distanciado entre sí a lo sumo, más que dividido, para que no se note mucho la comedia... pero uno. El poder de los de arriba, el poder verticalista, trabados todos los supuestos poderes entre ellos, y, lo que es peor, entrelazados también cada uno de los poderes internamente, entre sus componentes, para defender sus privilegios corporativos frente a quien no los tiene.

¿Cómo conseguir la independencia de los poderes entre sí, cuando también han de ser independientes de sus propios provechos estamentales y personales, dentro de cada uno de ellos?

Ante esta cuestión, irresoluble, Público sin Presupuesto acaba de proponer la constitución del Poder de la Gente. El Poder de los propietarios del hecho público, como un Contrapoder distinto, que verifique a los servidores relativos que deben cumplir sus mandatos.

Yo me pronuncio también en este sentido, y afirmo, glosando a la inversa a Sieyès, padre del constitucionalismo “moderno”, cuando escribió: “Una sociedad que no garantiza la independencia de los poderes del Estado no tiene Constitución”. Por el contrario, yo digo más bien: una Sociedad que no garantiza la dependencia a ella misma de los poderes del Estado no tiene Sociedad... ¡Tiene sólo Estado antiguo: estructura de dominio de unos cuantos sobre la mayoría social...!

Y, por añadidura, tampoco tendrá poderes estatales independientes entre sí, ni independientes de los intereses estamentales internos de quienes los componen.

–Esa misma moción secundo yo, por motivos evidentes –exclamó Pueblo sin Poder–: Ha de existir consenso en que sobrevendrá una inmediata contraposición de intereses entre quienes controlan el Estatus, reservándose todos los poderes activos, y la Sociedad inoperante por sí misma, desactivada por completo de toda facultad efectiva, como ocurre en estos momentos.

Y bien obvio parece que, por más que el poder se divida en uno o en trescientos, si continúa enteramente dentro de la minoría del Estatus de los dirigentes, totalitariamente activos, el pueblo continuará sin poder ni poderes, absolutamente sin ellos, como simple receptor pasivo de la acción de poder o poderes que la minoría ejerce sobre él.

–He ahí otra afirmación que me atrevería a suscribir por mí mismo –se oyó decir a Pero Grullo–.

–Ciertamente, no cabe argumentar que ha variado el mundo antiguo, ni tampoco la vieja mentalidad del Régimen de Señorío, si los representantes persisten en ser señoriales y a los ciudadanos sólo les incumbe sostener económicamente a los administradores apoderados de lo público (–De lo estatal –tradujo mentalmente Pero Grullo–, aunque quizá aquí sí esté bien empleado emplear aquel gran fraude lingüístico, porque los administradores se apoderan de todo.), a cambio de recibir algunos derechos pasivos, que también los aristócratas les dirigen.

–Así es, en esa cuestión fundamental debemos centrarnos –recuperó la palabra Juzgador de Jueces–:

¿Quién debe ser el sujeto agente de la acción de gobierno en una democracia o gobierno del pueblo y quién el sujeto pasivo que la recibe...? ¿El poderdante o el apoderado?, ¿el legante o el legatario?, ¿el dueño o el administrador?

Si la minoría en el gobierno gobierna a la mayoría gobernada, no habremos trascendido el sistema de la aristocracia, aunque se la presente nominalmente de otra forma. En cambio, si la minoría que administra bienes ajenos es gobernada por la mayoría de la gente, habremos accedido a una administración democrática.

Se necesita, pues, que los propietarios del hecho público decidan activamente la dirección del gobierno, en cuyo caso sí gobernaría el pueblo, a través de los gestores subordinados que precisara en las administraciones.

–En efecto –asintió Menestral con Ministros–. Habría que preguntarse cuál es el poder del pueblo, en una democracia en que el pueblo no tiene ningún poder, porque se le obliga a ser inerte, tanto como lo era cuando no se le asignaba nominalmente ningún poder.

–Exacto –replicó Juzgador de Jueces–. Es inerte en la práctica respecto a todos los poderes públicos (–Estatales –volvió a traducir mentalmente Pero Grullo–.), ante todos los ejecutivos públicos (–Gubernamentales, regionales, municipales... –tradujo Pero Grullo–.), ante todas las leyes públicas (–Parlamentarias, locales... –entendió Pero Grullo–.), ante las sentencias públicas (–Judiciales –casó Pero Grullo–.), y sobre todo es inerte ante los servicios que le adeudan todas y cada una de esas Administraciones y administradores, que además de no haberlos determinado en origen, no puede tampoco después inspeccionarlos ni verificarlos de ningún modo.

–Lo cual sería lo más genuinamente “público”, probablemente –intervino Pero Grullo–: determinar, inspeccionar y verificar esos servicios públicos, ya que él los costea y a él le pertenecen, no a quienes están obligados a prestárselos, subordinadamente.

–Sin duda, Pero Grullo –concedió Juzgador de Jueces–, eso sería lo más público de lo público, o lo que le dotaría verdaderamente de dicho carácter.

Sin embargo, quiero referirme ahora a algo mucho más grave, que ocurre en uno de tales poderes, donde la inanidad del pueblo no sólo ocurre en la práctica, sino que también desde la propia teoría se le aparta: el Poder Judicial, en el que ni siquiera se permite ese voto nominal, amén de deponente, el cual sí se tolera al menos para los otros poderes.

–En materia de Justicia mejor que no topemos –declaró Justiciable Indefenso–, porque ahí todo sería inicuo y, desde luego, inane para el pueblo.

La indefensión de cualquier justiciable es tan obvia que ni siquiera puede defenderse activamente ante un tribunal, sino que se le silencia y anula por completo para quedar en manos de un defensor ajeno, ante quien carece de protección. Eso lo he sufrido yo mucho antes y en mayor medida que Soberano don Nadie, que también podría hablarnos al respecto.

Esta es una Justicia tan hipócrita que el derecho de defensa... es también algo pasivo y alienado. ¿No quieren comprender que el derecho de defensa comienza por la “defensa propia”...? Luego se deberían tener cuantos defensores subordinados se necesiten; pero, ¿qué cabe esperar de sistema que paraliza al justiciado hasta el punto de que el derecho de defensa... pertenece al defensor, que se lo apropia por entero?

También, como en el caso del representante político, todo el poder pertenece a los apoderados legales. De manera que imagine quien aún no haya pasado por dicho trance en esta Asamblea cómo queda el soberano justiciable, ante un sistema donde los justicieros siempre son corporativos, y, sobre todo, siempre son “ellos”... La Iniquidad, en toda su quintaesencia, vendida como Justicia. Por eso advierto que con tal iglesia todopoderosa, mejor que no topemos.

–Hay que topar con la Iglesia de la ley –dijo Juzgador de Jueces–.

–De la ley política –precisó Pero Grullo–, que no es ley, sino capricho y provecho de quien la dicta y después de quien la jurisdicta, aunque no quiero entrar en esta materia, la cual nos llevaría a evidenciar, sin embargo, muchas providenciales jurisprudencias

–Repito que hay que topar con la Iglesia de la ley... política –prosiguió Juzgador de Jueces–. Porque en esa ficción de las leyes políticas que deciden unos pocos y que después, transformada en “Justicia”, aplican otras élites aún más reducidas y aristocráticas reside el mayor engaño de este sistema de ficciones.

Hay un modo infalible de saber si nos encontramos ante un sistema democrático o no, puesto que plantea una pregunta que jamás podrá responder ningún verticalismo, a los cuales por esta característica tan palmaria y breve basta para reconocerles como tales:

¿Quién juzga a los jueces?

La Asamblea de los ciudadanos quedó en silencio ante la cuestión que acaba de proponer Juzgador de Jueces. Ninguno de ellos tenía respuesta para la misma y hasta Representante Independiente, que bien sabía la impotencia de cualquier ser humano ante la Administración de Justicia de un régimen que quisiera laminarlo, permaneció en silencio y en actitud resignada... Justiciable Indefenso, por su parte, sonreía tristemente, como acatando la esterilidad de quien se sabe mudo y ágrafo ante unos Tribunales que no reconocen ni siquiera el derecho a defenderse... Soberano don Nadie y otros ciudadanos más habían agachado asimismo la cabeza...

Prosiguió Juzgador de Jueces:

–He aquí la cuestión que jamás podrá resolver un Absolutismo de Estado, porque a partir de ese momento perdería su carácter absoluto y arbitrario: eso y no otra cosa es lo que garantizan hoy los aristojueces, como han hecho siempre: el Viejo Régimen del poder total de unos cuantos.

Si no los juzga nadie, estaremos ante unos jueces totalitarios, que acabarán juzgando según sus intereses personales. Si son ellos mismos quienes se juzgan, corporativamente, nada más habría que decir... caerán en el corporativismo, y operarán arbitrariamente sobre la población, como un consorcio de intereses propios y antidemocrático, puesto que la población tampoco los elige. Al tiempo que encubrirán al régimen que les sostiene por encima de la gente común...

“¿Quién juzga a los jueces?”, pues. Aunque mejor cabría inquirir: “¿Quién es el único que puede juzgarles...?” Y, también, “¿desde qué poder democrático?”.

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Próxima entrega de la novela: sábado, 14 de enero.

'Soberano don Nadie'. de Juan Pablo Mañueco. Egartorre Libros. 190 páginas. Madrid, 2005. 14 euros.

Puede adquirir el libro en librerías o realizando un pedido online.

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