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Etiquetas:   La tercera puerta   -   Sección:   Opinión

El dinero, ese sucio y vil metal

Jabier López
Opinión
martes, 10 de enero de 2006, 00:26 h (CET)
Nos movemos en un mundo tristemente dirigido por la economía, un mundo globalizado en el que importa más cuantos euros eres capaz de generar que el valor cultural que puedas aportar a esta sociedad.

Tal es la situación que muchos pueblos y culturas se ven oprimidos y explotados tan sólo por el mero hecho de generar tal riqueza. Fatal error, si cabe denominarlo de alguna manera, cometido por los humanos.

Hablamos de esos pueblos generadores de capital, auténticos motores para las economías de esos grandes Estados. Estados que jamás dieron voz ni voto a esas minorías étnicas aplastadas, Estados que no han dejado, ni quieren dejar marchar, los dichosos motores de su economía.

Miremos al pueblo vasco o al catalán, dos grandes pueblos pero minoritarios, pueblos sin voz, pueblos cuyos deseos son callados por el gran padre español.

¿En qué cabeza cabe la opresión a un pueblo sólo por el mero hecho de generar riqueza...? Asusta la pregunta, pero más aún su respuesta cuando vemos que la realidad refleja la existencia de dichas cabezas, cuando no sólo existen, sino que se dedican a alargar el 'lazo' que ata a esos 'niños' llamados pueblos que quieren salir a la calle y ser libres, que quieren no sentirse atados, que quieren decidir por ellos mismos única y exclusivamente para asegurarse una estabilidad económica.

Esos niños que hoy lloran deben salir a la calle, tropezar con las piedras del camino, aprender ellos mismos, aprender de su sangre derramada y no volver a verterla... Deben salir a la calle para así ser felices, ser libres. Dos grandes premisas para un pueblo oprimido.

Triste es ver ahora cómo debaten entorno a un estatuto de máximos o de mínimos, una 'correa' más floja pero, en definitiva, una correa que les impide salir a la calle, les impide ser libres. Un saco de palabras, un montón de hojas que no hacen otra cosa sino centrarse en crear algo que instintivamente ya está creado.

Aunque no quieran, tanto el pueblo vasco como el pueblo catalán son naciones, son culturas, son un conjunto de personas con un mismo propósito: ser libres.

Naciones reconocidas o no reconocidas, es igual. ¡Hay tantas cosas en esta vida que deberían ser reconocidas! ¿Por qué no respetan los derechos de los pueblos? ¿Por qué no nos dejan decidir por nosotros mismos? ¿Por qué su nación sí existe y la nuestra no? La espiral de la imposición.

No me sirve de nada estar treinta años más atado y bien atado a la mesa española. ¿Por qué no me dejan soltarme?, pregunta el niño. Brillante pregunta que recibe una durísima respuesta. No toleran que el niño se suelte de la mesa porque no hay mesa que se sustente sin patas. ¿Y qué tres patas son esas? Madrid en un 29,9%, Euskal Herria en un 27,7% y Catalunya en un 17,8% sobrepasan el PIB per capita de la media europea. ¡Ay!... Volvemos a la premisa de siempre... El dinero, ese sucio y vil metal que no hace sino corromper a las personas.

Esta repugnante razón es la culpable de que el Estado español ate con cadenas a los pueblos vasco y catalán, a la gran estructura neofascista de una única nación. Sabiendo de antemano que sin ellos jamás tendría ese sucio y vil metal en sus manos.

No pensemos que nos quieren por nuestras culturas, no pensemos que somos adorados por nuestras costumbres, ni pensemos que es admirada nuestra tierra... Sólo somos 'queridos' por una única razón. El dinero... ese sucio y vil metal.

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