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Bendito final

Macarena López

lunes, 9 de enero de 2006, 04:42 h (CET)
Por fin has llegado, y parecía mentira cuando todavía estábamos a mediados de diciembre. Pueden acusarme entonces de sosa o de seria, pero es que la Navidad y yo jamás nos llevamos bien, y ahora que con cierto criterio puedo criticar, no el ambiente festivo al que hay que reconocerle cierta magia en su interior, sino todo lo que a la economía se refiere. Creo que estas fechas son las asesinas de cuentas bancarias, las que ejecutan los euros y las que colocan el epitafio de la tumba de las cartillas corrientes. Es en lo que se ha convertido la Navidad, o quizá es lo que siempre fue: consumismo.

Hablemos primero entonces del dinero: ¿cuánto se ha dejado usted de media en regalitos y comida? Absurdo, pero qué me está diciendo usted....¿más de 600 euros? Parece que solo comemos en estas fechas. Es como si estuviésemos todo el año esperando que llegaran esos días tan sonados y entonces comiésemos menos. Pero ya no es la comida, porque bueno, al fin y al cabo lo que viene a ser todo esto es una pura tradición y costumbre, que no debe exponerse a la crítica. Pero, ¿y eso de comprar el último día?, ¿qué pasa, que nos gusta dejarnos el doble en la comida?, pero por favor...Y claro, así llegamos a finales de diciembre: sin un céntimo en el bolsillo. El caso es que tras Nochevieja llega lo peor: los Reyes. Esta costumbre es otro tema distinto: - Es que el juguete que yo quería para mi niño no está, está agotado, no me lo puedo creer vamos. Se va uno a la calle con la de gente que hay a buscar un juguete y no está, que me lo expliquen -, me dice un señor indignado. Hombre, es que ir a comprar un regalo esencial en la carta de tu hijo el último día no es muy recomendable. Pero es que además todo está más caro. Son cosas que sabemos a priori, pero nos importa poco.

Ay... en realidad cómo adoro a esos que se lanzan a las jugueterías tres semanas antes, a esos maniáticos del orden y de las cosas bien hechas. Los criticamos mucho, pero al final son los más inteligentes, compran lo bueno y lo barato. El resto de la humanidad, que seguramente será el 98% -me incluyo- lo compra todo bueno y caro.

En fin, que son costumbres, pero luego la cuesta de enero pica un rato largo y los hay que tienen incluso pesadillas: - Sí, sí, y he soñado que yo estaba en el banco, ¿no?, y ahora de repente me acerco a la ventanilla y me sale una chavala que estaba detrás –monísima, por cierto- y me dice algo así como: el coche de Fernando Alonso, 50 euros, el collar de perlas para su mujer, 230 euros, la piscina para el crío, 120 euros, el estuche de pinturas tamaño Casablanca, 320 euros, usted está en números rojos. Y entonces me despertaba sudando y casi gritando de angustia.

Ya lo estoy viendo, queda poco para que digan en los telediarios que ha salido un nuevo síndrome: la enfermedad postnavidad, como el de las vacaciones de verano, pero después de las fiestas navideñas. Y a mí no me extrañaría nada, hacemos enfermedades de todo.

Pero bueno, dejado de lado el dinero, ¿qué me dicen de los buenos propósitos para después de la Navidad? Esperamos que termine el año o que terminen las fiestas en su totalidad para ser buenos, para ir al gimnasio, para estudiar más y antes de los exámenes, para solucionar los problemas con la familia, para ser mejor con tu novio o con tu novia, que ¡ay qué ver lo que te soporta! Luego está pues el típico: este año me consolido en el amor, y me pongo a trabajar, y dejo de fumar –esto es que más o menos ya se ha convertido en algo casi real-, y no bebo, y no salgo tanto porque vaya fiestas que me pego a costa de mi cartilla en el banco, y leo más, y a ver si veo programas culturales en vez de tanto corazón y Gran Hermano....En fin, así son estas fechas, todo lo hipócritas y caras que yo quiera, pero en realidad se le saca su jugo para escribir algo sobre ellas.

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