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Etiquetas:   El arte de la guerra   -   Sección:   Opinión

Realidad

Santi Benítez
Santi Benítez
lunes, 9 de enero de 2006, 04:42 h (CET)
El doce de octubre de 1492, de madrugada, Rodrigo de Triana – que como curiosidad les diré que terminó sus días en el norte de África convertido al islamismo – gritaba “¡Tierra!”, cuadrando un círculo que había comenzado a trazar un viajero llamado Marco Polo al regresar a Venecia después de haber estado varios años en la corte de Kublai-Kan. Entre estos dos grandes viajes Gutenberg inventó la imprenta. Y, aunque ninguno de ellos creo que fuera consciente de ello, comenzaron un proceso que culminaría en lo que se ha dado en llamar Globalización.

Hoy día la aldea global ideada por McLuhan es una realidad sin paliativos. No existe ningún rincón de la Tierra que esté excluido de ella. El país cerrado, puro, presuntamente feliz, con una cultura incontaminada, de economía centrípeta, a salvo de influencias exteriores, simplemente, no existe. La globalización es un hecho incontestable. Pero no un proceso finalizado. Ni mucho menos.

Si hablamos de cultura hay quien dice que el proceso finalizará en el momento en el que los traductores on line logren que la diferencia de idiomas deje de ser el último obstáculo a la comunicación inmediata entre seres humanos de muy diferentes procedencias. Los hay que van más allá y prevén la aparición de un único idioma que, mediante la mezcla de todos los demás, permita esa comunicación in situ, sin problemas para los implicados en una conversación, aunque sean originarios de puntos muy diferentes del globo. Aventuran incluso que idiomas serán la base: El inglés, el español, el chino y el árabe. Quien sabe.

Hace muy poco que somos en realidad conscientes de ello. La multiculturalidad da sentidos muy diversos a la idea de progreso y desarrollo, ideas que pensábamos eran mastodónticas, rígidas y lineales. Es el problema intrínseco de la globalización. Lo que para unos es riqueza y desarrollo otros lo entienden como la destrucción de su hábitat y sentido de la vida. El progreso pasa por su adaptación a esa multiculturalidad. El progreso pasa por el micro progreso.

Esa idea de progreso mastodóntico se convierte en un problema de ceguera que afecta tanto al neoliberalismo como a la izquierda rancia. Unos por simplificación; “Todos los seres humanos tienen las mismas necesidades, vivan donde vivan en la Tierra”, refiriéndose, por supuesto, a dormir, comer, procrear y, claro, producir. Y los otros por lo mismo pero con el agravante de la uniformidad del progreso, la igualdad llevada al absurdo; “El ser humano debe tender a...” Tanto unos como otros son la expresión ridícula de una occidentalización intelectual que nada tiene que ver con esa realidad multicultural.

Aunque parezca increíble, para encontrar cierta cordura y equilibrio con respecto a todo esto tenemos que mirar hacia el movimiento antiglobalización.

Este movimiento siempre ha gritado a los cuatro vientos que la globalización económica sin control es inhumana, cosa que es cierta en los términos neoliberales que plantea el FMI y el BM. Sin embargo, el otro día en la última cumbre, se pedía la liberalización de los aranceles para los países pobres en los mercados occidentales a fin de que puedan competir en régimen de igualdad en el mercado internacional, cosa por completo lógica teniendo en cuenta que aquellos que predica tanto neoliberalidad como progreso uniforme son responsables de las políticas del FMI y el BM, apretando a los más pequeños para que liberalicen sus mercados sin hacer ellos lo propio con los suyos.

Esto ha sido aprovechado por los neoliberales para decir “¿Veis? Hasta el movimiento antiglobalización nos da la razón”. Nada más lejos de la realidad. Y por otro lado la izquierda rancia ha clamado diciendo que las reivindicaciones hechas en esta última cumbre demuestra la falta de organización del movimiento. Nada más lejos de la realidad. Porque de realidad se trata. No existe hoy día movimiento más realista y consecuente.

No existen hoy día razones para la extrema pobreza de los países más ricos de la tierra, que no son los occidentales, lo son aquellos que detentan las reservas de materias primas del orbe y, aún así, siguen siendo pobres. ¿Por qué? Porque sus materias primas son explotadas por terceros occidentales en régimen de expoliación. Pero es que aunque esos países consigan el control sobre la explotación de esas materias primas que, a todas luces, les pertenecen, no pueden acceder a los mercados internacionales porque las políticas arancelarias funcionan como filtros para el mantenimiento de dicha expoliación.

Justicia social, por supuesto, pero aceptando el mercado como una realidad. Porque la existencia del mercado no niega la primera máxima. Y quien diga lo contrario miente como un bellaco. Mercado sí, por supuesto, pero regulado, orientado a las personas, porque por mucho que digan los neoliberales, la riqueza de una multinacional no significa el bienestar de las personas. Y quien diga lo contrario miente como un bellaco.

Antes de que alguien me salte con reducciones a lo absurdo sobre lo expuesto, les pediría que reflexionaran sobre dos preguntas muy sencillas:

¿Es posible aunar justicia social con la realidad inapelable del mercado? Voy a dar por supuesto que todos, o una gran mayoría, contesta afirmativamente. Bien, entonces ¿Cómo hacerlo, de que manera?

A aquellos que han contestado a la primera pregunta “No”, o automáticamente les haya venido a la cabeza esa extraña asociación de ideas entre mercado y “capitalismo”, término este que murió a finales de los 70, o peor aún, aquellos que todavía piensen en “burguesía” y “proletariado”, evolucionen mis hijos, que estamos en el siglo XXI.

A los demás, espero sus respuestas. Mi mail es santi.benitez@gmail.com.

Suena de fondo “Nowhere to run”, de Martha & the Vandellas...

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