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Etiquetas:   Novela por entregas   -   Sección:   Libros

Soberano don Nadie (XXV)

Juan Pablo Mañueco
Redacción
domingo, 22 de enero de 2006, 03:18 h (CET)






Soberano don Nadie en el país de
los poderes políticos verticales

Don Quijote y Pero Grullo en acción


Resumen de lo publicado:


Las deliberaciones del Congreso de los ciudadanos han ido profundizando en algunos de los vicios más evidentes del sistema político demófugo o no–democrático. Mandado por sus Servidores ha esbozado la posibilidad de crear un Poder Propio de la Gente, precisamente para supervisar a los tres poderes clásicos del Estado, hasta convertirlos a los tres y a todos los servidores públicos, verdaderamente en dependientes efectivos de quienes costean sus salarios: los ciudadanos. Menestral con Ministros y AdMinistradores, Pueblo sin Poder y doña Soberanía Ninguneada han coincidido en la conveniencia de estudiar este asunto, para superar el viejo modelo del Estado que desobedece a quienes lo sostienen, propio del Antiguo Régimen, pero no de nuestra época. Maese Grullo, mientras tanto, reflexiona sobre todo lo que escucha.


Capítulo XVIII


Donde el Congreso de los ciudadanos progresa hacia el meollo de la cuestión y atisba algunas soluciones

Quedó en silencio el Congreso de los ciudadanos tras las palabras de Menestral con Ministros, que conturbaron el espíritu hasta de los más proclives al animoso optimismo. Resignado por Tanto Abuso y Harto de Patrañas Políticas fueron de la opinión de que nada podía hacerse, frente a una estructura de dominio vertical, perfectamente engrasada a la largo de la Historia para cerrar todo resquicio a la participación efectiva del pueblo en los asuntos de gobierno.

Por su parte, Vecino en Trance de Estallar consideró que las vías de solución aportadas a la Asamblea hasta ese momento constituían simples resistencias pasivas, como la abstención o el voto en blanco, pero que no podía tenérselas por alternativas válidas, tanto por no venir acompañadas de un modelo participativo concreto cuanto por su débil organización actual, que siempre sería inferior a los recursos legales y económicos que los poderosos del sistema pondrían en juego para atraerse propagandísticamente masas de votantes gregarios hacia su redil.

Aprendiza de Política, por el contrario, valoró muy positivamente el símil que había propuesto Menestral con Ministros de entender la “res pública” como una comunidad de propietarios de lo público, argumentando que en el modelo natural de las comunidades de propietarios podrían hallarse las competencias lógicas inalienables a éstos, así como las vinculaciones dependientes que han de adquirir los electos que deban cumplir los mandatos de todos desde la junta representativa, como administradores subordinados al conjunto de los vecinos.

Coincidía de este modo con el juicio mental que efectuaba Pero Grullo al respecto y aunque éste, debido a su natural timidez, no se atrevía a expresarlo, Aprendiza de Política le evitó en realidad la urgencia por hacerlo, ya que en algunas cuestiones planteadas fue más lejos que él en sus conclusiones:

–Es un organización natural que todos practicamos –opinó Aprendiza–, y con unas competencias y potestades inherentes a los copropietarios a las que nunca renunciaríamos en nuestros domicilios. Entre otras cosas, porque si renunciáramos o nos forzaran a renunciar por sistema, todos comprendemos que en poco tiempo la “res pública” de nuestra propiedades comunes se transformaría en una “Cosa Nostra”, pero sólo de los administradores, donde anidarían de inmediato todos los abusos y los vicios.

Por tanto, apuesto por el modelo comunitario, única forma de acceder a nuestro objetivo, que ha de ser una democracia participativa.
Discrepó de ella Pueblo sin Poder, por considerar que Aprendiza de Política se quedaba muy corta en sus expectativas, aunque la suya fue más bien una objeción formal que una discrepancia de fondo:

–La democracia no consiste en que el pueblo participe en el gobierno de lo que le pertenece... sino en que lo gobierne, por entero –dijo–. ¿O no acaba de admitirse que el pueblo es el propietario de lo público...?

¿Qué sentido tiene que lo gobiernen los servidores subordinados aunque sea otorgando alguna participación a la verdadera propiedad en los asuntos de gobierno...? En todo caso, serían los gestores quienes habrían de contar con alguna participación en las prerrogativas de la propiedad, o con ninguna, para limitarse a ser ejecutores diligentes de lo que los copropietarios les hayan ordenado.

La “democracia participativa”, en consecuencia, aun siendo un avance con respecto a la “democracia” que se declara abiertamente “sin participación”, no pasa de ser un fraude más, que deja al Pueblo tan Sin Poder como antes estaba, aunque le conceda ciertos papeles consultivos o decisorios menores que, por otro lado, serán manipulados por quienes se reservan los poderes eficaces... Porque, en definitiva, ¿quién y para qué puede intervenir en esa participación, que últimamente se está poniendo de moda, quizá por no entrañar riesgos para los administradores, pero que sin embargo les dota de una pátina de avanzados “demócratas”?

¿Quién? Los paniaguados que la misma Administración designa, desde arriba. O jefecillos de las organizaciones afines, subvencionadas a golpe de talonario, con los mismos impuestos que los administradores extraen de los reales propietarios. Otra forma de medrar o de hacer méritos hasta que se dé el salto al estamento de los pseudoadministradores y veraces apoderados de los bienes públicos.

¿Para qué? Para tener “voz”, pero no “voto” en las decisiones para las que se les convoque; porque el voto decisorio nunca lo tuvieron los propietarios de lo público, y el voto deponente ya lo perdieron en la urna, a la vez que entronizaron a los administradores para que se adueñaran de todo el poder.

¡Curiosa "participación", que pasa por ser tan progresista! Desde luego, yo no tendría ningún inconveniente en mostrarme también muy generoso y participativo con mis servidores dependientes, siempre que dispusiera del mando de lo público: también les daría “voz” no vinculante... Y luego, tras tenerla en cuenta o no, les enviaría prestamente a cumplir mis mandatos y sus obligaciones serviciales, de acuerdo con las retribuciones que perciben...

Meditó Pueblo sin Poder unos instantes aún y añadió:

–Es más, a fin de que la relación mutua entre servidos y servidores tuviera algo de progresista y aceptable por estos últimos, dejaría que ellos mismos eligiesen a sus representantes para esas “juntas de participación”, y no se me ocurriría nombrar directamente a mis paniaguados para que sólo ellos tuviesen voz entre mis servidores públicos...

¡Ni yo podría pretender tamaño dislate, por puro sonrojo, ni ellos mismos aceptarían ese verticalismo tan rancio, si yo intentase aplicárselo a ellos...!

Y, sin embargo, pregunto solemnemente a este Congreso de ciudadanos: ¿Es otra cosa la “progresista” democracia participativa que nos ofrecen que este puro engaño, mal remedo de un sindicato verticalista? ¡Sólo que mucho más conservador: las autoridades nombran digitalmente a los portavoces de la propiedad entre sus adláteres y subvencionan a las organizaciones de adeptos!

Nuevamente, estaríamos recorriendo el camino equivocado. Asumiendo que nuestros servidores nos manden y aceptando la subordinación y la pasividad eterna del pueblo, impotente ante quienes dicen representarle, como ha señalado Menestral con Ministros a este auditorio.

(Elegir directamente comisiones de la propiedad encargadas de controlar el cumplimiento de sus obligaciones por parte de todos aquellos que viven del presupuesto público y, por consiguiente, adeudan a los propietarios unos servicios –reflexionaba Pero Grullo–.)

Nada puede esperarse de la democracia participativa, porque sigue sin ser democracia, ya que mantiene al Pueblo sin Poder, y además incurre en una nueva contradicción: tampoco permite la participación del pueblo propietario de lo público. Es el viejo arquetipo de un Estado de los dirigentes y una Sociedad de los dirigidos: conducirá, a lo sumo, para aumentar la nómina de quienes dicen servir al pueblo, pero sin que el pueblo pueda decidir ni en qué quiere ser servido, ni en qué grado ni por quiénes, y desde luego sin que pueda verificar la calidad de los servicios.

(Potestades inherentes que correspondería a cualquier propietario respecto a lo que le pertenece, pero que le siguen negadas al pueblo en un sistema que presume de tenerlo por soberano y de haber construido ya una democracia avanzada. Tanto que el pueblo sigue absolutamente pasivo en sus atribuciones, exactamente como el primer día –ironizaba para sí Pero Grullo, el cual, más osado para preguntar que para expresarse, se atrevió a dirigirse a Pueblo sin Poder, aprovechando una de las pausas de su discurso, para inquirirle del siguiente modo–:)

–Lo que dice voacé parece bastante sensato y aún barrunto que se calla más de lo que dice; por eso, quisiera preguntarle si ha meditado acerca de las soluciones y cuáles podrían ser éstas para la situación de impotencia de los propietarios del hecho público que expone.

–Maese Pero Grullo –replicó el aludido–; pasar de una situación en la que el pueblo carece de todo poder a otro estado en que el pueblo gobierne no me parece fácil, desde luego... Y aún lo veo más difícil desde el punto y hora en que el sistema nos ha persuadido de que ya gobernamos nosotros, siendo así que ninguno de esta Asamblea creemos mandar nada, en el fondo.

No me atrevería a dar las soluciones, pero sí creo importante la reflexión de que vivimos en un mundo pasivo enteramente para el pueblo y totalmente activo para los dirigentes. Cualquier acción política propia que pudiera retener el pueblo, negándosela a los dirigentes, comenzaría a revolucionar el Estado antiguo, en el que yo también creo que nos mantienen, pese a que nos lo presentan como nuevo.

Una acción oficial y válida en poder del pueblo, de la que desde ese momento carezcan los dirigentes, ése comenzaría a ser el instante en que la minoría dirigente comenzaría a ser dirigida, y la dirección habría comenzado a variar de sentido. La democracia advendría plenamente cuando todo el poder activo proviniese del conjunto social y los administradores fuesen los dirigidos, también por entero. Hasta entonces queda un muy largo camino, pero yo me conformaría con que el pueblo empezara a ser, en algo, el agente que encarga una gestión a sus menestrales públicos, que deben cumplirla según las órdenes recibidas.

–Permitidme que intervenga en esta cuestión –intervino Público sin Presupuesto– porque creo que os estáis refiriendo a algo en estos momentos imposible... Si una cosa se encarga y alguien debe cumplirla, quien la encargó debe exigirla e inspeccionarla o nunca se producirá su debido cumplimiento...

La primera variación en el camino de la democracia real habrá de ser que el Pueblo disponga de Presupuesto para realizar acciones por sí mismo. Si el Presupuesto Público sólo tiene de tal su origen, pero inmediatamente se privatiza en el criterio de los administradores, no sólo se habrá producido una de esas contradicciones de conceptos que se han citado en esta Asamblea, es que el poder del pueblo habrá desaparecido hasta como posibilidad...

–Ciertamente –concedió Pueblo sin Poder–, desde ese momento los administradores serán invulnerables.

–Peor aún –repuso Público sin Presupuesto–, desde ese instante se habrá consolidado una consorcio de administradores que defenderán sus ventajas frente al pueblo, aunque aparenten provenir de distintos partidos, y la sociedad será controlada desde arriba, porque el poder se mostrará generoso y subvencionador de quien le adule y castigará a quien se le enfrente.

–El Estado viejo –musitó Representante Independiente–, tan vertical que extrae el dinero de todos y lo reparte a sus amigos, para consolidar adhesiones y quebrar a los adversarios.

–Y para tener sometida de esa manera a la Sociedad, que ha de girar en torno a la minoría que disfruta y posee ese Estatus y el control del dinero de todos –añadió Pueblo sin Poder–.

(La imposibilidad, a partir de dicho instante, de que gobierne el demos –reflexionaba Pero Grullo–, que se plegará a los aristos que controlan el dinero privado y “público”, pero también privatizado en la decisión y voluntad de unos pocos.)

–En consecuencia, proclamo solemnemente ante este Congreso de ciudadanos la necesidad de que el pueblo conserve parte del presupuesto para realizar funciones que le corresponden, como propietario del hecho público. Sin que ello tenga carácter de subvención por parte de los dirigentes, sino que han de ser los propios contribuyentes quienes decidan qué cantidad de sus cuotas desean reservarse para nutrir los instrumentos de inspección de los servicios que aquéllos, sus servidores públicos, les adeudan –concluyó Público sin Presupuesto–.

A lo que Pero Grullo replicó:
–¿Ha observado voacé, y no es que quiera contradecirle, sino confirmar el sentido de lo que dice, que acaba de romper el concepto del Estado como ente totalizador de lo público?

–Perfectamente, maese Pero Grullo. Ése es el Estado viejo, el que concede todo el poder y todo el presupuesto a una pequeña minoría de dirigentes, tan autárquicos como aquí se ha dicho...

(Y que, encima, miente, porque a esa decisión de los pocos llama poder "público" –reflexionaba Pero Grullo–. Sin duda, la palabra "público" constituye el principal fraude de lenguaje de todos los tiempos, porque casi nunca significa realmente "del pueblo", salvo que se hable del instante de pagar los impuestos.

¡Cuánta higiene mental se adquiriría traduciendo el fraude sonoro "público", por lo que realmente se está diciendo en cada caso! Pero ahora quiero cerciorarme de la magnitud revolucionaria del discurso que pronuncia Público sin Presupuesto. Le preguntaré:)

–¿De manera que es partidario vuesa merced de considerar a los vecinos condueños de lo público y a los gestores públicos simples delegados dependientes de los mandatos de quienes les pagan? –dijo Pero Grullo–.

–Alguna lógica veo yo en ese planteamiento, maese Pero Grullo –confirmó Público sin Presupuesto–.

–¿Y de que la democracia sea el poder del pueblo, literalmente... siendo los servidores públicos, también de manera literal, quienes le sirvan auxiliarmente, sin otro poder que el de cumplir sus obligaciones, ejercer y defender los derechos que se les concedan y, claro está, decidir libremente si quieren ser servidores del pueblo o no, según las condiciones laborales y salariales que se les ofrezcan?

–Bueno, en realidad... –titubeó Público sin Presupuesto, por lo que Pero Grullo decidió proseguir por sí mismo el razonamiento–.

–En realidad... así habríamos invertido el modelo estructural del Estado viejo y habríamos arribado a una estructura propia de un Régimen nuevo. Tan revolucionaria frente a aquel que el pueblo sería copropietario director del poder público, mientras que sus delegados, servidores obedientes, quedarían sujetos a derechos y a deberes –ratificó Pero Grullo–.

–No he querido yo llegar tan lejos –dijo Público sin Presupuesto–.

–Perdóneme vuesa merced por haberle malinterpretado –replicó Pero Grullo–: la confusión solamente debe ser achacada a mi torpeza... Entonces, ¿voacé no es partidario del gobierno del pueblo, sino únicamente de que retenga una parte del presupuesto para cumplir ciertas funciones propias?

–Digo que al menos me conformaría con eso, por ahora –precisó Público sin Presupuesto–. Probablemente, la democracia consistiría en que todos los administradores fueran dependientes de la sociedad, dada la condición de asalariados del pueblo que esta Asamblea les imputa. Sin que ninguno de sus servidores pudiera situarse, ni en ningún cargo ni en ningún instante, fuera del control del pueblo.

Pero, para comenzar ese camino, que la sociedad de los condueños de lo público retenga una parte del presupuesto para supervisar el cumplimiento de las obligaciones que les adeudan sus servidores, sería una forma de comenzar a romper el monopolio económico de los administradores.

En tanto el Público siga sin ninguna partida del Presupuesto, para satisfacer las funciones de supervisión que le corresponden, la democracia será inviable. Sólo asistiremos a la gran hipocresía de comprobar que el Viejo Régimen gobierna desde arriba los destinos de todos, a gusto y en provecho de los estamentos rectores minoritarios, tal y como ha sucedido siempre.

–¿Le entiendo ahora bien si digo que voacé es favorable a que existan comisiones oficiales de investigación de lo público, formadas directamente por el pueblo, y que tales comisiones de investigación deben contar con financiación establecida por el propio pueblo y no repartida arbitrariamente por la Administración? –inquirió Pero Grullo–.

–Sin duda ninguna –confirmó Público sin Presupuesto–. Sin comisiones de investigación compuestas por el propio pueblo, el Estado nunca será relativo. Y su financiación debe ser autónoma, no subvencionado ni designada por aquellos a quien debe investigar. Verdaderamente afirmo que sería la parte de los impuestos más rentable para el pueblo, porque verificaría la correcta inversión y funcionamiento de los servicios que se prestaran con la restante.

Comisiones Independientes de Investigación –compuestas por no-políticos–, para investigar a los políticos. Comisiones Independientes de Investigación –compuestas por no-administradores–, para investigar a las Administraciones. Comisiones Independientes de Investigación –compuestas por no-profesionales de la Justicia–, para investigar a los profesionales de la Justicia, etc.

Y también me doy cuenta, maese Pero Grullo, de que estoy rompiendo al viejo Estado totalizador de lo público, porque hablo de un Poder Público y oficial, pero que no sea del Estado, sino de la Sociedad, encargado de supervisar a los administradores para que cumplan con sus obligaciones efectiva y verazmente, en la práctica.

El Poder de la Sociedad por excelencia frente a sus servidores dependientes, es decir, los restantes poderes de un Estado relativo, y el más rentable de todos, porque su función sería agilizar a los demás poderes para que cumplan diligentemente con sus obligaciones de servicio.

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Próxima entrega de la novela: martes, 10 de enero.

'Soberano don Nadie'. de Juan Pablo Mañueco. Egartorre Libros. 190 páginas. Madrid, 2005. 14 euros.

Puede adquirir el libro en librerías o realizando un pedido online.

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