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Etiquetas:   Crítica literaria   -   Sección:   Libros

'La hora azul', de Alonso Cueto

Gabriel Ruiz-Ortega
Gabriel Ruiz-Ortega
lunes, 8 de mayo de 2006, 05:11 h (CET)
Hablar de Alonso Cueto hoy en día es referirse a uno de los narradores peruanos que ha sabido sacar varios cuerpos de ventajas a varios colegas de profesión. Sabiendo bien que su oficio sólo es escribir y pensar, ha logrado entregar a las imprentas una variedad de escritos que abarcan diversas parcelas como el teatro, la novela, el cuento, la crónica y el ensayo. Por lo general no estamos acostumbrados a relacionarlo a escándalos mediáticos y habladurías que con tanto facilismo y complejo solemos escuchar en esta parrillada de egos en el que se ha convertido, desde hace buen rato, el mundillo literario limeño.

Cueto pertenece a esa vertiente de escritores Pajareros como antaño lo fueron Gustave Flaubert y hoy en día lo es Mario Vargas Llosa, por citar un par de ejemplos referentes. Lector desbordado de Henry James y Juan Carlos Onetti, podemos encontrar en sus libros ese respiro estilístico y temático con el que aborda a sus personajes y tramas, metidos en una incapacidad para realizar ciertos actos y envueltos en una espesa nebulosa de hastío.

Se suele decir que la distancia es una herramienta válida para abordar ciertas tramas ubicadas en un periodo histórico específico. Lo cual es válido cuando los ríos de tinta se justifican con una propuesta honesta y visceral. Y como hoy en día se suele hablar de la inmediatez con mucho desdén entre los escritores, desconociendo de por sí todo el legado de la novela decimonónica, es menester dejar por sentado que la inmediatez en la novela tiene relevancia cuando esta carga consigo una genuina apuesta sin concesiones. Pues bien, en las dos últimas novelas de Alonso Cueto notamos ese par de opciones En primer lugar, tenemos la inmediatez histórica con la que abordó al coger por las astas a toda la bazofia fujimorista en Grandes Miradas, y en segundo, a la distancia histórica con la que se adentró en uno de los periodos más traumáticos que muchos peruanos, haciendo gala de su ya conocida desmemoria, prefieren no hablar, con la última novela ganadora del premio Herralde, La hora azul.

Hay que tener en cuenta que en su momento Cueto fue guionista de una conocida serie policial peruana, y varias de sus novelas exudan el influjo chandleriano, pues bien, La hora azul puede ligarse a un policial de pesquisas, pero lo que llama la atención a medida que vamos recorriendo esta novela es el viraje que esta experimenta sacándole, para bien, la vuelta al género. No sólo nos topamos con la solución de un enigma. Nos topamos con un descenso paulatino a los infiernos ni bien Adrián Ormache comienza a lucubrar la manera en la que pueda tapar las tropelías de su padre, oficial de La Marina en la lucha armada contra Sendero Luminoso, que iban desde las vejaciones, torturas y asesinatos, y quien no conforme con ello, tuvo a una indígena, Mirian, como prisionera, y de quien terminaría enamorándose. La vida ideal que lleva el protagonista se ve afectada por el “qué dirán” , expresión tan común en sociedades acostumbradas a las apariencias, pero en el caso de Ormache, este suceso lo impulsa a saber más, a entrar en un baño de carroña en el que su mundo no tardará en desplomarse.

Sabemos bien que la Literatura no tiene que cumplir una función. Todo es vanidad. Sin embargo, no puedo dejar de pensar en una declaración que hiciera Carlos Fuentes en Argentina al afirmar que si se tratara de endilgar cierta función a la Literatura, esta sería la de preservar la imaginación y la tradición verbal, componentes estos de la memoria colectiva. Puede decirse que este criterio sólo sirve para el proyecto narrativo de Fuentes, sin embargo, luego de leer La hora azul hasta soy capaz de darle la razón al mexicano puesto que esta novela es redonda, que no sólo te deja con la satisfacción de haber viajado en una desgarrada historia, sino que depara un “algo más” que el propio lector tiene que descubrir.

Al igual que en Grandes Miradas, son los héroes anónimos, los que no tienen voz, los verdaderos motores de lo mejor que ha escrito Alonso hasta la fecha.

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