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Opinión
Etiquetas:   Filosofía   Justicia  

Límites de la justicia

​Discrepamos del enfoque del abogado Carles Mundó, político adscrito a ERC, respecto a las consecuencias del 155 en el cambio de orientación de las perspectivas
José Manuel López García
viernes, 20 de julio de 2018, 04:03 h (CET)

Y también pone de relieve las complejidades de las cuestiones morales en relación con la justicia y los individuos.


No cabe duda que con el comunitarismo o el liberalismo lo más apropiado incluso desde una consideración pragmática es la aplicación real de unos principios de justicia.


Independientemente de lo que cada persona entienda, de forma particular, como una buena vida. La naturaleza humana no sufre variación a lo largo de los siglos o milenios, ya que las necesidades básicas son las mismas. De lo que se trata, a mi juicio, es de combinar adecuadamente las creencias morales con nuestra condición humana.


La ética deontológica o del deber por el deber elaborada por Kant puede ser remodelada para adecuarla a las circunstancias sociales y políticas del siglo XXI. Según Sandel «Como Kant, Rawls es un liberal deontológico. Su libro adopta la tesis principal de la ética deontológica como postulado central». En los capítulos de su libro este filósofo político y profesor de la Universidad de Harvard analiza, de forma minuciosa, numerosos aspectos de teoría moral y política.


Es evidente nuestra libertad para decidir, aunque las circunstancias en las que los seres humanos están inmersos pueden ser difíciles y complejas. Somos, por tanto, agentes libres y activos en la vida. Esto lo plantea de modo muy claro Sandel y es cierto. El mismo Rawls, autor de Teoría de la Justicia, insiste en que «La unidad del “yo” es facilitada ya por la concepción de la justicia». En este sentido, la posición original y el velo de ignorancia son claves para la comprensión de que todos los individuos se merecen unos mínimos vitales indeclinables desde la perspectiva ética de la justicia. El deseo de ciertos bienes básicos está de forma explícita en el planteamiento ético o filosófico de la denominada posición original de Rawls.


Se entiende que Sandel escriba que «Aunque puedan darse circunstancias en las cuales la condiciones son formidables y las elecciones pocas, la acción soberana del hombre como tal no depende de ninguna condición particular de existencia, sino que está garantizada por adelantado». La forma de entender el liberalismo deontológico por Sandel se asemeja, a mi juicio, a una interpretación que tiene en cuenta el bienestar particular de los sujetos o ciudadanos y a la vez impulsa sus propósitos y proyectos vitales. Es una significación más amplia y que se puede calificar de omnicomprensiva. El liberalismo puede ser reformado o reconstituido para darle una mayor apertura de tal manera que potencie una mayor capacidad de elección de propósitos y fines. Siempre que sean compatibles con la justicia social. Para Sandel está claro que «cuando la política funciona bien, podemos conocer un bien en común que no podríamos conocer en soledad». En efecto, de lo que se trata es de tomar conciencia de que se puede avanzar mucho en la elaboración o construcción de políticas concretas que posibiliten la creación de más bienestar para todos, no solo para unos pocos dejando en el olvido a una parte de la población.


En este orden de cosas coinciden las posturas de Rawls y Sandel, porque buscan la desaparición de los graves problemas del hambre, la pobreza, las enormes desigualdades económicas y otros problemas sociales de una gran envergadura.


A lo largo del libro de Michael Sandel se trata la cuestión de las condiciones empíricas de la existencia, ya que son elementos condicionantes de las conductas de los sujetos en determinados grados o niveles. El utilitarismo de Hume, por ejemplo, apoya la benevolencia universal y la simpatía como mejor remedio desde una perspectiva social, pero creo que es insuficiente. Es preciso que los gobiernos de los Estados actuales se tome en serio los principios de la justicia para que dejen de ser simples frases retóricas de tipo ideal y que son una simple aspiración teórica sin más.


Si el emotivismo moral de David Hume afirma que los sentimientos de agrado o desagrado son la clave para entender los actos y conductas humanas y no la razón, parece que se está reforzando la sensación de que la justicia es exigible en las relaciones de convivencia social y en la distribución de cargas y beneficios. El mérito y la proporcionalidad deben ser principios rectores que forman parte de lo que se entiende por justo. Y la dicotomía entre sentimientos y razón en el plano moral afirmada por Hume puede ser innecesaria desde una perspectiva social.


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