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Etiquetas:   Crítica de cine   -   Sección:   Cine

'Doom': cine con joystick

Gonzalo G. Velasco
Gonzalo G. Velasco
miércoles, 1 de marzo de 2006, 00:32 h (CET)
En 1993 un videojuego revolucionaba los ordenadores de todo el mundo al popularizar el género consolero de mayor éxito en los últimos años: los shooter hiperviolentos de acción en primera persona. Quake, Duke Nukem 3-D, Half-Life y la saga Medal of Honor fueron algunos de sus derivados más ilustres. En todos ellos, la perspectiva subjetiva ponía al jugador en la piel de algún camorrista de tres al cuarto con exceso de testosterona del cual sólo veíamos sus armas. Niveles de dificultad progresiva, mucha sangre y enemigos finales de estremecedor diseño completaban la receta.

Pues bien, la versión cinematográfica de Doom, protagonizada por el inexpresivo The Rock, bigardo hipermusculado que junto a Vin Diesel y Jason Statham encarna mejor que nadie en este nuevo siglo el espíritu destroyer de los Stallones, Schwarzeneggers, Seagals y Van Dammes ochenteros, despliega todo un espectáculo de truculencia, futurismo, y efectos especiales casposetes para llegar al mismo punto que el videojuego.

Y es que a lo largo de una secuencia de aproximadamente cinco minutos de duración, justo antes del típico y tópico clímax final, la película se convierte literalmente en el videojuego que adapta. El pistolón de Karl Urban (¡qué bajo ha caído este hombre desde su participación en El Señor de los Anillos!), recorre los pasillos de una estación espacial inspirada en la del Doom original arramplando con todo bicho viviente que se le pone por delante al compás de una música industrial crispante y la respiración cavernosa de un portador invisible. La emulación rezuma tanta fidelidad al videojuego que, por un momento, uno tiende a agarrar el vaso de coca-cola en plan joystick para tomar el control de la situación.

Pretendo resaltar con esto que, si bien se le pueden echar en cara muchas cosas al Doom de Andrzej Bartkowiak, su inesperada conversión en shooter de acción en primera persona, justifica que se le haga un pequeño hueco en la historia del cine como reconocimiento a su campechano sentido del riesgo y la experimentación. Nunca antes una adaptación cinematográfica de un videojuego había sido destilada con tan pocos filtros (ni tan siquiera Tomb Raider o Resident Evil), o en otras palabras, nunca antes los videojuegos y las películas se habían dado la mano con tanta fuerza.

Si algo así es bueno o malo, dependerá del grado de eclecticismo de cada uno. Lo que no deja de resultar sorprendente es que, mientras que los videojuegos cuentan cada vez con argumentos más elaborados (entendiendo por elaborados, cinematográficos), los films made in Hollywood se inclinan con progresiva vehemencia hacia las tramas mecánicas, simplotas y ramplonas, de las viejas maquinas recreativas. Vivir para ver.

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