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Etiquetas:   Momento de reflexión   -   Sección:   Opinión

Gratitud

Octavi Pereña i Cortina
Octavi Pereña
jueves, 5 de enero de 2006, 03:13 h (CET)
En Lucas 17:11-19 el evangelista relata la historia de diez leprosos que se presentaron ante Jesús clamando que en su misericordia les curase de tan terrible enfermedad que los mantenía apartados de todo contacto social porque quienes padecían la tan temida dolencia eran considerados "inmundos", unos parias. Jesús atiende a su petición. Sin mediar palabra les dice. "Id y presentaos a los sacerdotes". Esta orden debían cumplirla todos los leprosos que en el antiguo Israel se curasen de su enfermedad. Los sacerdotes que previamente habían declarado leprosa a la persona que se presentaba ante ellos para que examinasen las manchas que se presentaban en su piel, también tenían que certificar su curación cuando ésta se produjese para que el tal pudiese integrarse de nuevo en la sociedad.

Los diez leprosos del relato no discuten con Jesús. Se limitan a obedecerle. Le dan la espalda y emprenden el recorrido que les conduciría hasta el templo para que el sacerdote de turno certificase su curación. Dice el texto: "Y aconteció que mientras iban fueron limpiados. Entonces uno de ellos, viendo que se había curado, volvió glorificando a Dios a gran voz, y se postró en tierra a sus pies, dándole gracias". Jesús se preguntó: "¿No eran diez los que fueron limpiados? Y los nueve, ¿dónde están?"

Este texto desempolva el tema del agradecimiento que permanece guardado en el cuarto de los trastos viejos en nuestro corazón. Nuestra época se caracteriza por el desagradecimiento. La palabra "GRACIAS" ha desaparecido de nuestros labios. Se la considera un vocablo antiguo caído en desuso. Este arrinconamiento tiene funestas consecuencias para la salud emocional, aísla al desagradecido de Dios y de los hombres y lo condena a un aislamiento enfermizo. Endurece el corazón recubriéndolo de una capa impermeable que impide que nada entre ni salga del alma. Entorpece la comunicación dejando al desagradecido solo con sus pensamientos que le consumen.

El alma que se encuentre en esta situación tiene que reaccionar. Debe salir del ostracismo en que se ha metido y mover los labios a pronunciar: GRACIAS. La gratitud tiene dos vertientes: la divina y la humana. Ésta es consecuencia de la primera. Debemos tomar ejemplo del leproso curado y volvernos hacia Dios para darle gracias. ¿Gracias de qué? Se dan infinidad de circunstancias que deben impulsarnos a ser agradecidos. Muchas de las cosas que nos suceden, por rutinarias e intrascendentes que puedan parecernos son de un valor incalculable. Fijémonos en el agua que brota de nuestros grifos y contrastémola con la que disponen los países subdesarrollados. El agua, en estas naciones tienen que ir a buscarla lejos porque no llega hasta sus hogares. Se la tiene que acarrear, operación pesada que generalmente realizan las mujeres. La escasa agua disponible no es potable en muchas ocasiones y su consumo una fuente de enfermedades. A pesar de que en nuestro país no hemos llegado a alcanzar la perfección, comparemos nuestro nivel conseguido en todo aquello que hoy es un derecho básico, con el que disfrutan las personas que viven en los países subdesarrollados. Fijémonos entre otras cosas en las deficiencias de vivienda, la pobreza de los medios de comunicación y de transporte, la precariedad de los centros educativos, la escasez de centros médicos y la carencia de medicamentos...

Con sólo abrir los ojos por la mañana ya tenemos motivos para agradecer a Dios por la infinidad de cosas que tenemos a nuestra disposición y que hacen más llevadera la vida. Apreciar esta dádivas por las que no hemos hecho nada para disfrutarlas, ya es un motivo más que suficiente para decir GRACIAS a Dios. De ahí nacen las expresiones de gratitud por los pequeños servicios que nos prestan las personas con las que convivimos. Parece extraño, a un GRACIAS sincero siempre le acompaña una sonrisa saludable porque es la evidencia de que la rutina de cada día tiene otro color. Algo tan simple como agradecer a Dios por los pequeños favores que nos concede y que hacen más llevadera la existencia produce una mejor calidad de vida en quienes saben repetir GRACIAS cada vez que sea necesario. El 2006 nos obsequiará con infinitas oportunidades par cultivar el arte de ser agradecidos a Dios.

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