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Saltar sobre la nada

El escritor italiano entrega su lectura de “La niña del salto”, la nueva novela del escritor venezolano Edgar Borges, que en 2018 ha sido muy bien acogida por la crítica y los lectores en España. Pecchinenda equipara la invención del lugar que hace el autor con la que en su momento lograra Juan Carlos Onetti
Redacción Siglo XXI
@DiarioSigloXXI
martes, 17 de julio de 2018, 07:07 h (CET)

A todos nos gusta volver con la mente a lugares ya visitados en el pasado, perdernos imaginando lugares jamás visitados, pero que vimos quizás en alguna fotografía de amigos o en una de las tantas pantallas digitales que nos rodean. Algunos artistas, sin embargo, pueden llegar, con la fuerza de su creatividad, a lugares completamente inventados, totalmente imaginados, sin ninguna correspondencia con ciudades o países "realmente" existentes. Es este el caso de Juan Carlos Onetti, que ha colocado muchas de sus historias en Santa Rosa, un lugar imaginado y tan bien descrito que parece "real". Cuando alguien le preguntó si había alguna referencia a su Montevideo "real" en la Santa Rosa de sus cuentos, el gran escritor uruguayo contestó que no. Pero luego agregó que probablemente en Santa Rosa vivía un escritor que ambientaba sus novelas en una ciudad imaginaria llamada Montevideo.


Cuando nos desplazamos a través de las primeras páginas de la última novela del escritor venezolano Edgar Borges - La niña del salto (Ediciones Carena, Barcelona, 2018) – nos sentimos inmediatamente atraídos por una ciudad que parece una especie de representación de una abstracción; un lugar interno que existe solo en la imaginación de su autor, pero que pronto se volverá real también para el lector.


Santolaya (Santa Eulalia) es una ciudad tal vez no "real" desde la perspectiva del sentido común, pero en la que es posible explorar los verdaderos sentimientos sobre la idea que tenemos de nosotros mismos: algo quizás inmaterial, pero no menos auténtico que la realidad, ni más auténtico que una ilusión. Las emociones, al final, habitan el mismo espacio virtual, el mismo lugar donde se desarrollan los eventos relacionados con la historia de una niña, de su madre, de su padre y de la multiplicidad de otros personajes.

Pero, ¿será realmente un lugar inventado Santolaya, o no será la representación de un lugar que realmente existe, que el autor habrá visitado en el transcurso de su existencia? Como el gran Juan Carlos Onetti habría respondido, Santolaya es una ciudad inventada en la que personas inventadas y personajes “reales” viven e interactúan. Sin embargo, entre estos, de vez en cuando se encuentran unos cuantos (en efecto, Santa Eulalia existe en los mapas que representan la realidad de un lugar geográfico ubicado en Asturias, España) que viven escribiendo cuentos, poemas y novelas. En el caso de la novela de Edgar Borges, por ejemplo, la persona que ejerce en este rol (no imaginario, esta vez) es el famoso escritor argentino César Aira. Y cuando el lector toma conciencia de esta presencia, surge la esperanza de poder tener, quizás, la oportunidad de leer una historia dentro de la historia que él mismo está leyendo, en la que el escritor en cuestión decide colocar la novela que está escribiendo en una ciudad inventada. Y que esta ciudad inventada pueda ser Montevideo - como en el caso de Juan Carlos Onetti - Buenos Aires - en el caso de César Aira - Nápoles - en el caso de Ricardo Montero. O bien, y finalmente, una Caracas imaginaria escrita por Edgar Borges.


Nunca como en estos últimos años (en los que nos hemos vistos obligados a observar impotentes y frustrados, la destrucción real de una de las ciudades más fascinantes de América Latina, y de un pueblo extraordinario como el que habita la capital venezolana) la ficción literaria y el papel del arte requerirían seguir la sugerencia de Edgar Borges de prestar menos fe a la estricta realidad política y social en la que vivimos, para permitirnos ser arrastrados con mayor confianza por las inspiraciones de la imaginación. Nos podríamos así imaginar a un escritor con el nombre de Edgar Borges que nos hable de una posible ciudad imaginaria llamada de Caracas, donde un día aparece un personaje horrible, un estúpido dictador disfrazado de benefactor, sentado al lado de César Aira, en la barra de un bar de Santolaya. La historia de ese personaje podría ser la de una “patria igualmente imaginaria”, en la que un pueblo se vuelve esclavo de sí mismo y de sus ideas extrañas acerca de su historia revolucionaria. Nos podría sugerir mágicamente, ese escritor-personaje Borges, usando las habilidades de su oficio, cómo finalmente librar su tierra natal de la absurda locura de su dictador, restableciendo una nueva esperanza a sus compatriotas, a través de una mayor confianza en sus sueños.

¿Qué tan útil sería releer la realidad en estos términos? Es una pregunta a la que es difícil responder (no hay contra-pruebas). Sin embargo Edgar Borges nos sugiere “como” hacerlo: con un toque de genialidad. La verdad es que necesitamos novelas filosóficas de este tipo, que nos puedan revelar, describiendo acontecimientos de la cotidianidad, toda la precariedad de los seres humanos, heridos por las circunstancias, impotentes contra el abuso de poder de sus padres y de los autoproclamados líderes de las instituciones políticas y económicas en las que se encuentran viviendo. Novelas que nos muestren la lenta desaparición de las fronteras de la realidad, el sentimiento de derrota frente a la evidencia de nuestra insignificante existencia. Son tareas que solo el arte literario puede asumir, en la esperanza de poder de alguna manera afectar la transformación de los arreglos institucionales existentes.


Hay un bar, en el lugar llamado Santolaya, donde se celebran torneos de póker que representan un desafío contra la duración del tiempo; el juego por excelencia, metafóricamente, es el juego de la duración. Es un lugar donde las tardes pasan lentas, como si en ellas se repitiera la eternidad. ¿Y quién será el más adecuado para sobrevivir en esta metáfora darwiniana del mundo? ¿Quién será el favorito para ganar un juego de poker que comienza, fiel a la cotidianidad de cada rutina, todos los días a las tres de la tarde? Estas son preguntas existenciales que flotan en la novela de Borges, proponiendo respuestas tímidas pero sintomáticas: ¿ganan siempre los rapaces? ¿ganan siempre los indiferentes? Nuestra niña del salto encarna las respuestas volando con su ligereza, desinteresada en el aprisionamiento de su cuerpo, elevándose por encima de los lugares que observa en su existencia cotidiana; ella ha encontrado una estrategia excepcional: rebota de salto en salto, como en un eterno juego de Rayuela. Confiando en la ilusión, en la imaginación, en una creatividad gracias a la cual logra no ser asfixiada por las certezas hipócritas dictadas por la triste rutina de su vida.


Es una capacidad que Edgar Borges comparte con otras grandes figuras de la literatura: la de saber ver una realidad que puede contrarrestar un tipo de sociedad que considera una virtud el control de los impulsos, recurriendo siempre a la misma lógica, a la misma racionalidad angustiante. Vivir de esa forma, por supuesto, hace que a veces ella se sienta extraña, solitaria. La irrealidad de lo cotidiano en la que está envuelta la vuelve al principio indiferente; sin embargo, más adelante, saltando y saltando, en su Rayuela imaginaria, pero cada vez menos autorreferencial, alguien aprenderá a compartir con ella esos momentos de escape que anticipan su caída en la nada. Aprenderá, y al mismo tiempo enseñará, nuestra niña, que mientras esté colgado en su pared en el bar, el reloj continuará golpeando incesantemente sus golpes regulares, haciendo que los personajes sigan tales latidos, jugando mecánicamente su papel como fantasmas. Si lo quitamos de su lugar, otra regularidad podrá aparecernos: Santolaya se hará cada vez más real, para el lector, porque representará una suspensión del tiempo. Su función artística será la misma que la del salto para la niña: crear un tiempo, un momento a través del cual distraerse del pensamiento de la inevitabilidad y de la linealidad precisa y regular del curso de las cosas. Aprenderá, y al mismo tiempo enseñará, nuestra niña, que los seres humanos no viven más que en unos momentos: el breve momento de un salto dentro de su Rayuela.


*Escritor y sociólogo italiano.

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