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Etiquetas:   Disyuntiva   -   Sección:   Opinión

Reclusiones perniciosas

Meterse excesivamente en un sólo sector de funcionmiento, no conduce a nada bueno.
Rafael Pérez Ortolá
viernes, 13 de julio de 2018, 07:14 h (CET)

La vorágine acelerada caracteriza la época actual, apenas permite alguna breve parada para los mínimos aprovisionamientos; el movimiento y la inquietud rigen con su despotismo los destinos que no llegamos a precisar. Las conexiones son incesantes, continuas o intermitentes, esporádicas, novedosas o de viejo cuño. Habría que redefinir el concepto de aislamiento, porque las INFLUENCIAS rozan a cualquier elemento, siendo en su mayor parte independientes de las voluntades. El entrelazamiento cósmico, la genética, los ambientes sociales y las personas, dan mucho que pensar, un quehacer notable, luces y sombras, en el ejercicio vital.


El apartamiento de un sujeto con respecto a la sociedad, adopta unas características complejas, no siempre bien conocidas ni comprendidas sus consecuencias. En el Japón, pero también en otros lugares, cobra interés el fenómeno de los HIKIKOMORI. Personas que deciden evitar todo contacto con la sociedad, al menos durante un tiempo prolongado. Por disconformidad, frustración o sensación de impotencia, se encierran en su domicilio, libres allí de las intemperancias. Evitan así sus colaboraciones, en una mezcla de parasitismo, al servirse de las rentas, asistencias familiares u otros servicios, aunque sean mínimos; con el pasotismo de cara a la comunidad, no aportan nada; y la ausencia de proyectos personales.


Sin llegar a esos extremos, las maneras evasivas ofrecen variadas alternativas. También muy ligado al ámbito japonés, surgió el movimiento OTAKU, de aquellas personas centradas en la lectura del cómic bajo el estilo manga. En estos grupos no se trata del encierro domiciliario. Representan un estilo de vida al completo. Comienzan con sus lecturas temáticas en torno al manga, pero extienden sus hábitos a los lugares de esparcimiento, vestimentas, tiendas y asociaciones. Los rasgos peculiares de otras regiones introducen alguna señal, aunque subsiste la principal actitud del apartamiento social, desinteresados por el conjunto, dedicados en exclusiva a las proyecciones de su sector.


El carácter absorbente de las aficciones desarrolladas, favorece el desdén dedicado al resto de las tendencias comunitarias; abocan a la dedicación exclusiva, sin ganas ni tiempo para salirse de la actividad asumida. El desequilibrio les confina en las exageradas preferencias. Entre estas aficciones ADICTIVAS puede estar cualquiera, puesto que esa característica depende de la actitud obsesiva del sujeto practicante. Con frecuencia conocemos de personas enfrascadas en el juego, videojuegos incluidos; peores son los coleccionistas compulsivos de armas. El deporte puede ser en ocasiones el detonante para la conducta obsesiva. El desequilibrio marca la pauta del carácter nocivo, desde los casos leves a los extremosos.


Sobre todo los niños y las relaciones familiares en general, suelen verse afectados por una forma subrepticia de estos enclaustramientos separadores con respecto a los diferentes contactos con la sociedad. Aquí sitúo a la que ha venido en denominarse adicción al TRABAJO, haciendo hincapié en la dedicación abusiva al mismo; a la que hoy en día se añade la invasión cibernética sobre el tiempo que debiera ser libre y por lo tanto no sujeto al contrato laboral, el destape de ejemplos en este sentido es notorio. En estas exageraciones, el trabajador, su tiempo e inquietudes pasan a la dependencia total, con la consiguiente repercusión sobre otras actividades sociales, familia y las propias cualidades de la persona implicada.


Con un cariz que circula en dirección opuesta a la hiperactividad de aficciones y trabajo, detectamos a quienes están encubiertos por el caparazón de la pasividad, de ahí no les saca nadie. Son ABSTENCIONISTAS radicales, sin la conciencia activada, y menos aún, ligados a las decisiones trascendentes. Son como entes gaseosos, desaparecidos en las gestiones involucradas en la vida diaria, su pasividad es asombrosa, sus respuestas ausentes; no colaboran , dejan el campo libre a las opciones activadas por otras personas. Aunque al fin, están ahí, ocupan su espacio; por lo que significan una rémora compleja, dado el desconocimiento de sus condicionantes por parte del resto de la gente.


El elenco de grupos de personas atrincherados en sus apartados, blindando sus ideas, comportamientos y propiedades; incluye a los activistas ACÉRRIMOS, que de tanto arrimarse a sus peculiaridades, encerrados en su cuenco, desdeñan los contactos con otros posicionamientos. Las actitudes que en principio pudieron contemplarse como uniciativas creadoras dentro de la comunidad, de tanto erigir muros separadores, al fin sólo pueden relacionarse entre ellos, rebobinan las existencias de su archivo. El sentido dialógico de los intercambios no forma parte de sus proposiciones; si llegan a mentarse en la teoría, están fuera de sus prácticas. Tienden a una homologación de sus miembros y normativas, apartados del sentido natural de la diversidad.


El engaño sólo se descuida de primeras, las miradas atentas detectan pronto sus ínfulas exclusivistas. De la actitud sectaria al FANATISMO, poco trecho encontramos. En las tramas políticas se pasa con gran facilidad de lo identitario al mangoneo de los archiveros y a los comportamientos desmedidos; a costa de quien sea, con notable desvirtuación de los argumentos. Aplicados a las tergiversaciones culturales son terribles, tenaces y cotidianos; adoctrinan a los pequeños, reiteran las mentiras, acaparan los medios de comunicación, silenciando al menor asomo discordante. Recluidos en su cubículo, ni miran, ni toleran, ni respetan a lo foráneo.


Entre el yo y sus predicados, sus atributos, sus acciones, existen abundantes circunstancias influyentes; convertirlos a cada uno en elementos aislados es una tarea que no abarcan las capacidades humanas. Por encima de esas características, existen personas empeñadas en la consideración de su yo apartado del exterior, aplicados en la INTROSPECCIÓN extremada, adoptan variantes de timidez, efoísmo, desprecio y prepotencia enajenada próxima a los delirios de grandeza. Inciden sobre el resto de la sociedad abarcando una amplia gama de efectos. Los peores ejemplares radican en quienes pretenden transferir a los demás lo que son sus vivencias, de ahí su peligrosidad cuando recurren a forzamientos intempestivos.


Ya no es cuestión de un único laberinto, existen en gran número, los fabricamos a menudo, insólitos e intrincados; sin olvidar la anécdota del relato borgiano, el peor laberinto quizá sea el desierto, sin obstáculos a la vista, pero con dificultades extremas. Lo que es por falta de tabiques y VELAMIENTOS no va a ser nuestro problema. La franqueza debe estar huida, quién sabe en qué recovecos.


El papel de la soberbia y la vanidad, junto con las demás “virtudes” con ese talante, enmarañan las posibles soluciones a tantos entuertos como soportamos. Reflejan la terquedad con la cual empeoramos las relaciones. El misterio de las sombras lo llevamos por los adentros y los demonios en las afueras, bien notorios. La reclusión suele ahondar ese pozo de inconveniencias; lo sabemos, lo experimentamos, y descuidamos las respuestas correctoras. Quizá estemos ante la fuerza del destino, ese gran desconocido.

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