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Etiquetas:   Disyuntivas   -   Sección:   Opinión

El cervatillo preguntón

Rafael Pérez Ortolá
Rafael Pérez Ortolá
lunes, 2 de enero de 2006, 03:35 h (CET)
Los ambientes pueden sufrir modificaciones, no resulta necesario imponer uno de los elegidos, y todavía queda peor cerrar la puerta a futuros contextos.

Existe eso que suele llamarse ADAPTACIÓN. Eso sí, hay uno de ellos que fue el verdadero para la presente historia, siendo por eso mismo único; su sencillez nos invita a la participación, aunque sea sin grandes pretensiones.
Conviene desperezarse con presteza y con las primeras luces mañaneras, alcanzaremos las inmediaciones de la sierra. Son aires y visiones de riguroso estreno, un espléndido comienzo del día; aquí en el norte se asoma tímido el sol, el relente resulta estupidillo a esa hora, pero llevamos dentro una genial alborada capaz de lanzarnos a nuevos descubrimientos vitales.

Como aquel famoso gato, llevamos recias botas de muchas leguas y riscos. En lontananza el horizonte de peñascos y vaguadas como introducción a la magia del Toloño como punto culminante; se ofrece sin excesos, retador y a la vez enemigo de alardes. Podemos indicar que se trata de un reto amable. Dígamos que apropiado para montañeros modestos, salados y dispuestos, como los que acuden a esos vericuetos. Es fácil hacerse amigo de ese Toloño.

Iniciemos la andadura por el angosto sendero, todavía sin grandes sobresaltos, ribeteado con algunas explanadas de sembrados. Son planicies que han logrado establecerse entre los quejigos belloteros, pinos y hayas.
En esa tranquilidad iniciática crujen mis propios pasos, se escucha el zurrido con las alas de alguna codorniz y esos ruidos característicos e inexplicables del campo y de las zonas boscosas. Una liberación mañanera en forma de andurriales y pasos irregulares.

¡Ah! No crean, los sobresaltos surgen donde menos falta hacen, un tropezón en clara discusión con mi equilibrio, la rama que pone a prueba la rapidez de cierre de mis párpados y peripecias de variado jaez. Mas en esta ocasión todo discurría plácidamente cuando miraba extasiado el paisaje, oía el leve susurro del viento y aspiraba a fondo los aromas colindantes. No se puede desaprovechar semejante acompañamiento.

En eso, bajo la mirada y entre el ramaje, a unos metros, distingo unos ojazos dulces, acariciantes, inquisitivos..., bellos y cercanos, de un tamaño colosal. Absorto y anonadado, fijé mi posición, quizá dormido aún, somnoliento o por fortuna ya despierto. Algo parecido debió sucederle al cervatillo. ¿Qué hace este por aquí? ¡A esta hora! ¡Con estas botazas! Es increíble que a un cervatillo inexperto puedan sucederle estos encuentros.
Esta vez no nos dió por correr ni a él, ni a mí, quizá por venir arrastrando ganas de palique. Se puede entender ante tantos desvaríos como nos toca presenciar.

Cuando le oí su peculiar voz: -"¿Te has caído de la cama? Presuroso te veo por estos andurriales". Con el consiguiente pasmo por mi parte, boquiabierto y algo esclofriado, he de reconocerlo. No acertaba a una respuesta, cuando
insistió: -" A los de dos patas no os creía con reservas para el asombro, cometéis tantas locuras..".

- ¡Hola preciosidad! Mis recursos no incluían el habla por parte de los ciervos. Me tienes anonadado.

Se permitió unos gráciles pasos, con una armonía y estética inigualables.
¿Para acomplejarme? Mi aturdimiento no facilitaba las cosas. La iniciativa se limitaba a las intenciones de mi majestuoso interlocutor. Me señaló con la mirada las tierras cercanas y me indicaba: - "No puedo entender como maltratáis todas estas tierras, es donde hemos de vivir, dependemos de sus productos y llama la atención como los bípedos las descuidáis totalmente. Se acumulan latas, cartuchos y plásticos en las zonas de caza; otras gentes
dejan recuerdos desconcertantes, colchones viejos, electrodomésticos,
cochecitos desvencijados, por ahora sin el niño... Además, cada vez tenemos menos arbolados".

-Tú también te has fijado en esas inmundicias. Es un verdadero dolor para los amantes de estos territorios, origen, sustento y fin de nuestras vidas.
Es una consideración importante la tuya. Mis respuestas no alcanzan a una explicación convincente.

Trás revolverse sobre su punto de partida, se aleja unos pasos e intuyo que pretende iniciar el regreso a sus guaridas. Me atrevo a sugerirle:

- Es una delicia haber podido estar en tu cercanía. ¿Tienes prisa por acudir a tu cueva?

Me espetó: -"¿Qué sabes tú de las cuevas? Me extraña tu alusión a las cuevas, cuando vosotros soléis hablar más de cavernas, tenebrosas residencias de las que siempre comentáis que no permiten ver la realidad de fuera. Yo sólo conozco cuevas con amplias entradas, muy apropiadas para observar lo de fuera. No tenemos más que salir y observar las cosas por nosotros mismos. De tanto hablar de cavernas, llegáis a creeros todas esas dificultades, mientras os dejáis embaucar a cada paso".

No consigo salir de mi asombro, la estética de sus movimientos y lo sesudo de sus comentarios me provocan inquietud y un reconcomio que no hubiese esperado. Quizá por eso debí adoptar una actitud muy seria, reflexiva, que le indujo a manifestarme:

-"No consigo explicarme ese gesto tan adusto y serio, muy frecuente también entre vosotros. Debe ser tremendo soportar esa tensión. ¿Se trata de ignorancia?¿De maldad? ¿De simple mal talante? Da la impresión de que no conozcan los humanos eso de la sonrisa. ¡Es tan difícil verles sonrientes cuando estan conversando!"

- Hoy me vas a dar la mañana, está visto. Cuanto más cerca me veo de tus indicaciones, más tristeza me viene al detectar la desfachatez con que desdeñamos esas actitudes tan estupendas de la vida. Procura no atacarme mucho, porque no soy de piedra y la melancolía abruma.

Se quedaba rezongando, pensaría en la tontuna de este especímen humano que no daba mucho de sí. Probablemente por eso, al tiempo que daba algún paso alejándose, me decía: "Se te ve como aturdido. Nosotros somos muy animales, claro; nunca seremos tan instruídos como los humanos, pero entre nosotros nos tratamos muy bien, tenemos unas cosas estupendas que son los sentimientos. Apreciamos la camaradería de nuestros hermanos, cuando atacamos pocas veces sobrepasamos el juego, apreciamos la Naturaleza. Aunque veamos bichos de lo más raro, perros, jabalíes, humanos, eso no impide mantener la tranquilidad de comportamiento. ¿Un poco presumidos? Quizá sí, pero sin llegar a la estupidez".

Desapareció sin otras explicaciones, dejándome perplejo al pie del sendero.
Apabullado por sus consideraciones certeras, pero brotando dentro de mí una especie de brasero entusiasta que me hizo caminar más rápido, abrir más los ojos, tratando de imitar sus movimientos gráciles, y hasta pisando con más cuidado.

Ya estoy calibrando eso de ir al monte con algún diccionario para principiantes, por si me vienen con más preguntas. Por lo acontecido, las certeras invectivas del agudo cervatillo transmiten una especial alegría.

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