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Etiquetas:   Contar por no callar   -   Sección:   Opinión

Malos humos

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
lunes, 2 de enero de 2006, 03:35 h (CET)
Hoy entra en vigor la ley 28/05 cuyo largo nombre es “medidas sanitarias frente el tabaquismo y reguladora de la venta, el suministro, el consumo y la publicidad de los productos del tabaco” más conocida por todos como Ley Antitabaco. Aunque la Ley fue publicada hace pocos días en el BOE la ciudadanía viene hablando de ella desde que comenzó a discutirse su articulado en el Congreso de los Diputados. Tirios y troyanos han hablado de ella y han sido infinidad los artículos que se han escrito sobre ella y los monográficos televisivos que se le han dedicado. La imagen del profesor de instituto dando las clases con un cigarrillo en la boca o la del médico que te aconsejaba no fumar mientras en su cenicero humeaba un flamante habano desparecieron en 1995 cuando otra disposición legal prohibió inundar de humos de tabaco los centros sanitarios y de enseñanza así como obligó a establecer compartimientos para fumadores en los medios de transporte, práctica esta que se mantuvo hasta 1999 en que se estableció la prohibición total de fumar en trenes y aviones. Se iba preparando el camino para que los fumadores fueran tomando conciencia de lo que se les avecinaba.

La verdad es que es muy molesto ese olor a tabaco que desprenden las ropas después de una larga estancia en un lugar cerrado donde abunden los fumadores. Y, a mayor abundamiento, la OMS ha declarado que el humo que inhalan los fumadores pasivos también contiene substancias cancerigenas. El Gobierno visto que con las amenazas de muerte escritas en los paquetes de cigarrillos no conseguía disminuir esa irritante cifra de un 16 % de muertes entre los mayores de 35 años por culpa del tabaco ha optado por ejercer su potestad legislativa prohibiendo el que algunos denominan nefasto vicio del cigarrillo en todos los lugares públicos. A pesar de ello aún quedaran unos pocos oasis de humo para los empedernidos fumadores: los pequeños bares donde el propietario opte por dejar entrada libre a los amigos de continuar envenenando sus pulmones con esas substancias secretas del cigarrillo. Es una paradoja que mientras los alimentos llevan su composición para informar al consumidor los fabricantes de cigarrillos no nos avisan de cuales son las substancias, además del tabaco, que entran en su fabricación.

Dejar de fumar es fácil. Ya lo decía, no sé ahora si Mark Twain o Marx, Groucho no Carlos, que afirmaban haberlo hecho miles de veces. Ahora, al calor de la nueva Ley son muchos los fumadores que estos días afirman que la noche en que despidan al 2005 dirán, también, adiós al último pitillo. Me gustaría saber, en el próximo diciembre, cuantos han tenido la suficiente fuerza de voluntad para pasar todo un año sin recaer en su vieja costumbre.
No sé si la literatura se resentirá por las restricciones de humo. En general a los escritores se nos tacha de fumadores, bebedores y bohemios empedernidos, pero como, normalmente, nuestro lugar de trabajo es nuestra casa supongo que muchos seguirán con el cigarrillo o la pipa en la boca mientras se dedican a pensar que adjetivo será más idóneo para acompañar el sustantivo acabado de escribir. Josep Pla, maestro de periodistas, escribió en cierta ocasión que los adjetivos le llegaban mientras, con toda la tranquilidad del mundo, liaba un cigarrillo de picadura.

Sea bienvenida esta nueva Ley con la que Papa Estado quiere salvar nuestra salud mientras, hipócritamente, va llenando las arcas del Erario con los impuestos que gravan el tabaco. Y seamos tolerantes, es difícil serlo en este país llamado España, unos y otros mientras vamos acostumbrándonos a la misma. Los que quieran seguir maltratando su salud lo seguirán haciendo, unos harán puenting, otros se abrazaran a la botella y otros se inyectaran en vena alguno de esos programas que amenizan las tardes televisivas, mientras otros seguirán fumando. Propongo que también se establezcan normas para prohibir hablar fuerte en los locales públicos, o ese hilo musical que enerva nuestros nervios las más de las veces o el sonsonete musical que nos aburre en las largas esperas telefónicas cuando alguien alarga nuestra llamada. Todo esto también es perjudicial para la salud.

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