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Opinión
Etiquetas:   Ni éstos ni aquéllos  

El sueldo de los políticos

Juan Pablo Mañueco
Juan Pablo Mañueco
lunes, 2 de enero de 2006, 03:35 h (CET)
SIEMPRE ha habido dos Españas: la España que cobra y la España que paga... Esto es una verdad tan histórica que trasciende épocas y regímenes para demostrarnos que vivimos de continuo bajo el mismo Régimen: un sistema tan contradictorio y subversor de la Lógica que los que cobran, mandan; y los que pagan, obedecen.

¿Ustedes entienden algo en este sindiós permanente?, ¿o tal vez nunca habían reparado en una contradicción tan palmaria?

Pues a mí tal opugnación contra lo coherente me basta para comprender dos
cosas: una, que no existe realmente democracia (el gobierno de los de abajo, los cuales, a falta de otras ´soberanías´ meramente teóricas, habrían de ser reconocidos en la práctica... al menos como quienes abonan los salarios), sino que padecemos el imperio de las aristocracias verticales, que perciben unos estipendios pero no obedecen a sus pagadores.

Y dos: que los políticos se apropian y deciden unilateralmente sobre dineros que no son suyos, sin permitir la determinación ni la partipación en el asunto de los verdaderos propietarios.

El defecto de fondo, no bien resuelto hasta la fecha, es éste: ¿Quién debe fijar las retribuciones, los sueldos, las dietas y los gastos de representación de la clase política...? ¿Los propios políticos que los perciben, o el pueblo soberano, que aunque no le dejen ser en modo alguno soberano, sí es al menos el dueño de esos peculios...?

Ninguna empresa del mundo, ni pública ni privada, podría funcionar con el método que impera en política, en donde los asalariados (que son ellos, los
políticos) se fijan sus propios salarios, sin negociar ni consultar con sus empleadores, el pueblo presuntamente soberano... Lo cual prueba de nuevo que el Estado actual es una entidad subversiva de la Lógica y, por supuesto, de la democracia real.

En países civilizados, como Suiza, han dado con una fórmula correcta: los políticos perciben exactamente los mismos estipendios que pueden demostrar que ingresaron el año anterior a su participación en política, a través de su declaración de Hacienda.

Hay otra posibilidad: que el votante decidiera de alguna forma la retribución que quiere ofertar a los políticos, y los aumentos salariales que desea proponerles cada año, lo cual serviría para pulsar el grado de satisfacción por los servicios que le prestan sus representantes.

Puede llevarse a la práctica fácilmente, de múltiples maneras, incluso de un modo tan sencillo como establecer la casilla correspondiente en el impreso oficial de Declaración de la Renta.

Sería lo democrático, sí, aunque peligroso para la clase política... Sobre todo, para aquellos que no sirven a nadie, sino que a lo sumo se sirven privadamente a sí mismos con el rico manjar y abundante botín de "lo público".

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