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Etiquetas:   El arte de la guerra   -   Sección:   Opinión

Feliz año nuevo

Santi Benítez
Santi Benítez
lunes, 2 de enero de 2006, 03:35 h (CET)
Desde que tengo doce años, imitando una tradición budista del otro lado del globo, cuando va a ser año nuevo compro una estilográfica, que sólo me sirve para ese momento, porque tiendo a destrozar el plumín si me dedico a escribir asiduamente con ellas, y escribo en un papelito un deseo para el nuevo año. Luego, limpio a conciencia la pluma y la guardo para no volver a usarla.

El papelito termina escondido en algún hueco de una pared, bajo una piedra en lo alto de un monte o dentro de la oquedad de un árbol. Si alguien ha visto o ve la película “Deseado amar”, de Wong Kar-Wai, lo entenderá. Esta tradición es tan vieja como viejo es el budismo tao, y tiene que ver con el padre de Buda, el elefante que se introdujo en el costado de Maya fecundándola para que diera a luz al Buda Gautama.

Es normal empezar el año con el anhelo de que será mil veces mejor que el que se marcha. Pero pasa lo mismo con otros periodos temporales más pequeños, que el mes siguiente será mejor que el anterior, que la semana siguiente todo mejorará, que mañana será un gran día. Y normalmente es así.

Pasa el tiempo que fijamos en una regla haciendo una comparación a partir de aquel año hirríbilis, aquel mes horríbilis, aquella semana horríbilis, aquel día horríbilis.

La mayoría de la gente lo que hace es marcarse objetivos para el nuevo año: Dejar de fumar, sentar la cabeza, encontrar a alguien con quien compartir la vida, escribir un libro, tener un hijo, plantar un árbol, comprarse una casa. En mi caso sólo me he marcado uno. Es de última hora, pero no por ello menos importante. En este año que viene no dejaré que mi nombre esté, ni de lejos, asociado al de cualquier hipócrita. Sí, hipócritas, sí. Ya saben, esos que cuando somos más jóvenes nos hacen creer que no es que naden y guarden la ropa, no es que les rían las gracias a los miserables, es que “comprenden”, “empatizan”.

Bajo mi punto de vista la mayoría de los males de este mundo ocurren por culpa de los hipócritas. Alguien decía hace poco –parafraseando a Mario Vargas Llosa, démosle la originalidad que tiene– que lo que más miedo le daba eran los “creyentes”. Yo discrepo. Los hipócritas son aquellos que miran desde la puerta con una sonrisa en la cara como los miserables van a por los demás, sin darse cuenta de que cuando los miserables ya no tengan a más nadie a por quien ir, les tocará también a ellos y se les borrará la sonrisa del rostro. Ya lo dijo Job, “La alegría del hipócrita sólo dura un segundo”.

El hipócrita es un animal de cuotas. A su alrededor todo son cuotas, hasta de miserables que justifican, amparan y defienden miserables comportamientos.

Un ejemplo de ello podría ser que una miserable dijera hace poco que había que darle las gracias a ETA porque está dialogando en un proceso de paz. Por supuesto los hipócritas le dieron la razón, ya se sabe eso de que quien calla otorga. Cuando la realidad es que el Estado de Derecho ha asfixiado de tal manera al aparato de financiación terrorista que no les queda otro remedio que sentarse en la mesa porque son tres gatos y porque no tienen un duro. Claro que sentarse en la mesa no les impide robar en Francia el suficiente polvo de aluminio como para fabricar unos cuantos kilos de amonal. Los hipócritas dirán que seguramente es para hacer papel Albal.

El problema que se me plantea en este objetivo que me he marcado para el año nuevo es que los miserables son fácilmente reconocibles, los hipócritas no tanto. Como bien dijera Don Joseba Edorta, abertxale de verdad, no abrechalé, como él los llama, “Mientras que un orden zoológico al miserable se le reconoce rápidamente porque va a cuatro patas, al hipócrita es más difícil pillarlo por su capacidad de mimetismo. Quizás, y sólo quizás, sea posible porque al ser un cruce de hiena y camaleón, su risa estridente y corta suene siempre, incluso cuando no viene a cuento”.

Alguien dirá que valiente mala sangre para comenzar el año. Pero no es cierto. A mi sólo me produce mala sangre la desgracia provocada por los miserables. El haberme dado cuenta de que los hipócritas entran en el paquete no es una cuestión de mala sangre, es un paso más en un proceso evolutivo, a mi ver, necesario. Vamos, otra cosa buena que agradecer al año que ha pasado, aunque haya sido de última hora.

También tengo que agradecer a este año que se marcha el haberme dado cuenta de que tengo más en común con cualquiera que defienda el Estado de Derecho y la democracia, aunque ideológicamente nos llevemos como perros, que con cualquier hipócrita y, por ende, con cualquier miserable. Y es de agradecer porque por mucho que rían la hienas y por mucho que aúllen los miserables, siempre habrá la suficiente gente consecuente como para hacer frente común ante ellos.

No quiero terminar esto sin desear un feliz año nuevo a todos los demócratas, sean de la tinta que sean, nacionalistas catalanes, nacionalistas vascos, peperianos, de Izquierda Unida, socialistas, a todos los hombres sinceros que defienden lo que piensan desde el estado de derecho y la democracia.

A los miserables que las uvas les sepan a hiel, que el año que viene les traiga cárcel y el doble del sufrimiento que provoquen. Y a los hipócritas... bueno, a los hipócritas que se les caiga la careta con la última campanada de este año que termina.

Feliz año nuevo a todos los hombres y mujeres de buena voluntad.

Suena de fondo “Birth”, de The Residents...

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