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La noche gilipolla

Herme Cerezo
Herme Cerezo
lunes, 2 de enero de 2006, 03:35 h (CET)
Si la del día veinticuatro era la noche canalla, la del treinta y uno de diciembre de cada año es la noche gilipolla. Si la Nochebuena, al menos, ofrece el aliciente de que, agnósticos o creyentes, la gente se reúne en familia y se reencuentra con seres queridos a los que no se ve a lo largo del año, la del treinta y uno es la noche de los desconocidos. De repente, uno se ve inmerso en un marasmo donde tiene que compartir unas cuantas horas – horas viejas, las del año que se fue, horas nuevas, las del año que llega - con un montón de personas que conoce y que no conoce, que le presentan y se convierten de facto en sus mejores amigos durante un rato. Y siempre con buen gesto, sonrisa Profiden permanente, prohibido bostezar, porque sino eres un aguafiestas.

Y, a todo esto, ¿qué celebramos? ¿Que se marchó un año duro, en el que trabajamos – perdonen la expresión – como negros, en el que todos los finales de mes anduvimos cortos de pasta o que empieza otro año que, en el mejor de los casos, será igual que el anterior y en el peor ...?

Es la noche apropiada para hacer idioteces. La cosa comienza con ese rito de las doce uvas que, a más de uno, le cuesta un disgusto por atragantamiento, engullidas sin gana al son del reloj de la Puerta del Sol de Madrid, ese mismo reloj que repica sus campanas igual que los otros trescientos sesenta y cuatro días del año, mientras una manada, una horda incontrolada prorrumpe en un clamor de serpentinas y matasuegras (sufridas suegras), de trompetillas y confetti, de taponazos de champán (así se le ha llamado toda la vida, eso del cava es una vaina), de petardos y cohetes, de gritos y saludos histéricos.

Y luego al cotillón. Cada uno se lo monta como puede: en su casa, que a la mañana hay que fregar con un mocho ojeroso; en un chalet, que suele estar desangelado porque desde el último verano no se usó; o en una sala de fiestas que te cuesta un ojo de la cara. En esto, el nivel económico es importante. No todos pueden pagarse los 90 ó 100 euros que vale la ¿juerga? en un local mediano. Aparte vestidos y smokings de alquiler, que también cuestan lo suyo. Y ojito con el coche porque esa noche, el que más, el que menos, lleva el depósito, el suyo no el del coche, a tope de buenos caldos, espumosos o no, y un descuido etílico, tuyo o de otro, te puede mandar a criar malvas el resto de tus días o a pasar una temporada en el hospital con una pierna, un brazo o ambas extremidades a la moda egipcia (momias).

Y ahora viene lo de la noche gilipollas. Si uno se lo pasa bien, tira que te va, pero si no, es el ser mas desgraciado del universo por unas horas o, tal vez, por varios días. En este último caso, la cara de gilipollas que se te queda es descomunal. Y todo porque tenemos metido en el coco que la última noche del año, la primera del año entrante, hay que divertirse porque todo el mundo (¿?) lo hace. Y quien no lo consigue se convierte en un marginado social, casi un delincuente, un aguafiestas, un paria del destino, un estrafalario al que todos miran de reojo y señalan de un modo peculiar.

Así que, a la mañana siguiente, cuando te preguntan ¿qué tal anoche?, lo mejor es responder “de puta madre, tío” porque sino nos transformamos en rara avis. Poco importa que el champán estuviese pasado, que las uvas supiesen rancias, que los cubatas fuesen de garrafón, que la orquesta o el play-back sonasen a mil demonios, que dos colegas engancharon una pítima de pronóstico y nos aguaron la noche, que a las dos ya teníamos ganas de irnos a casa, que el programa musical de la televisión fuese horrible y estuviese enlatado... En fin, ¿para qué seguir?

Miren, móntenselo como quieran, como puedan o como les dejen, pero transiten por esa noche de forma que les resulte lo más leve posible. Yo, si puedo, si me dejan, trasegaré un par de películas de mi agrado (tal vez Casablanca, tal vez Nueve reinas, tal vez Amadeus), regadas con un brut nature catalán, gabacho, valenciano, de la Ribera del Duero o de donde sea – manden el dichoso boicot a la mierda - y aderezadas con un poco de turrón. El caso es que, en los días siguientes, uno de enero y sucesivos, ante la consabida pregunta (¿qué tal la Nochevieja?), al responder ninguno pongamos cara de gilipollas. Ninguno.

Y eso sí, en la mañana del uno de enero no se pierdan el concierto de los valses, polkas y galopes de la familia Strauss, interpretados por la Wiener Philarmoniker en la Golden Hall de la Musikverein de Viena. No importa que los palcos estén atestados de japoneses armados con ofensivas cámaras digitales, ni quién sea el director (los profesores de la Philarmoniker tocan solos), ni que a ustedes, amables lectores, les tachen de burgueses demodés. Es el mejor analgésico que conozco contra la resaca, eufórica o depresiva, de la noche anterior, de la noche gilipolla. El mejor. Sin duda.

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