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Etiquetas:   Novela por entregas   -   Sección:   Libros

Soberano don Nadie (XXIII)

Juan Pablo Mañueco
Redacción
sábado, 21 de enero de 2006, 00:10 h (CET)






Soberano don Nadie en el país de
los poderes políticos verticales

Don Quijote y Pero Grullo en acción


Resumen de lo publicado


En la Magna Asamblea de ciudadanos libres, Representante Independiente y Soberano don Nadie han manifestado su desacuerdo con el transfuguismo sistemático de la clase política respecto al pueblo, que les faculta a todos ellos para incumplir sus promesas electorales. Carente de cualquier potestad después de la urna, el pueblo queda desposeído inmediatamente de las competencias que, en realidad, nunca tuvo, generándose así el absurdo pleno de una “democracia demófuga”, la cual sin embargo se presenta como “democracia” y, además, “ya muy profunda”. Por su parte, Votante Desencantado y Abstencionista Convencido han formulado también sus críticas al sistema. Este último se encuentra en el uso de la palabra... Pero Grullo, mientras tanto, anota mentalmente todo lo que oye y va sacando sus propias conclusiones.


Capítulo XVII (continuación)


Hasta que finalmente desistí... Ciertamente podía hallar alguna pequeña candidatura que no hubiera probado hasta ese momento su aprovechamiento desleal de las ventajas que otorga el poder. Pero si lo alcanzaba, se parapetaría de inmediato tras las mismas prebendas que ya podía repartirse con los otros... Preferir el propio provecho particular antes que el benéfico abstracto de todos es una ley tan humana que se cumpliría inexorablemente, y más aún dentro de una arquitectura política que fomenta y estimula que esa ley del beneficio particular del electo prospere.

Desde entonces, me abstengo deliberadamente. No quiero participar en una farsa en la que se puede apreciar tamaña alevosía para que triunfe siempre el fraude, sea quien sea el candidato que se apodere del escaño y “tome posesión” de él.

¿Cómo se puede “tomar posesión” por parte de uno de lo que a todos pertenece en común? El método electoral vigente no es sino la justificación formal de un expropiación de lo público para que lo apropie uno. A los diseñadores del sistema no se les oculta que, sentadas esas premisas, importa poco quién resulte el vencedor: gobernará una nomenclatura de privilegiados en beneficio de la minoría.

Yo no quiero intervenir como comparsa en una comedia en la que, inevitablemente, el pueblo es el perdedor.

Quedó en suspenso la asamblea al escuchar las últimas palabras de Abstencionista Convencido, hasta el extremo de que aún se demoró un poco el siguiente congresista en levantarse de su escaño para realizar su exposición. Finalmente, Votante en Blanco se dirigió al Consejo de ciudadanos de este modo:

–Comprendo y comparto las principales tesis de los tres oradores que me han precedido en esta tribuna, y a la vez discrepo de ellos y por eso actúo de otro modo.

¿Cómo no ver que vivimos bajo una democracia demófuga, donde el pueblo no puede decidir ningún acto de gobierno; en una democracia no democrática, por tanto? ¿O que el único que tiene restringidas sus potestades es el elector, y no los dirigentes, que siguen compartiendo un poder absoluto? ¿O cómo admitir un modelo político que, efectivamente, fomenta que os delegados “tomen posesión” de lo que sólo puede corresponder a los legadores, salvo que deliberadamente quiera despojárselos... para constituir una casta superior y compactiva frente a los despojados?

El deslumbramiento ante la posesión del dinero público por una pequeña aristocracia absoluta garantiza que legislarán y se compactarán para satisfacer su codicia y la de los suyos, y que seguirán usando ese poder para crear a su alrededor un formidable círculo de intereses. Y que obrarán mediante la más estricta apariencia de legalidad, porque las leyes que justifiquen ese saqueo de lo público se habrán escrito por su mano.

(Tomarse la ley, la justicia, el presupuesto público y la acción de gobierno por mano del estamento minoritario, ¿acaso no fue esto el Antiguo Régimen? –razonaba Pero Grullo–. Y también el recambio queda adscrito a la minoría: gobierno y oposición enajenados permanentemente al pueblo, concebido como inerte e inoperante en todos los supuestos.
¿Dónde está la modificación de estructuras del poder entre el Antiguo y este Nuevo Antiguo Régimen?).

Nadie tiene que convencerme de estas cuestiones, tan obvias como descalificadoras del entramado político que padecemos. La apropiación de lo público por esa nomenclatura de personas particulares y la creación inmediata de una tupida red de traficantes de influencias pervertirán siempre no sólo las decisiones de quienes ya están en el poder, sino también los de cualquier persona o formación futura, vengan previamente de los ideales o ideologías desde donde provengan, aunque honestamente hayan querido servir alguna vez al pueblo.

Así que, tras ser al principio un elector ilusionado que acabó votando con pinzas en la nariz, para salvaguardarme del hedor que desprendían las candidaturas, aumenté luego las filas del abstencionismo. Cualquier voto me parecía inútil: siempre ganaban ellos... De manera que desistí incluso de ser Votante con Pinzas.

Pero el abstencionismo tampoco conduce a nada. Se ha dicho en esta asamblea que quien vota dimite; pero a quien no acude al colegio electoral ya le dan por dimisionario, previamente. La mejor opción no podía ser esa... Desde entonces soy dimisionario activo: con la armadura de Votante en Blanco sí expreso mi voluntad de participar y al mismo tiempo mi imposibilidad de hacerlo en estas condiciones.

Por otra parte, debo hacer notar a esta honorable Asamblea algo esencial: todos los votos que se emiten en estos momentos son cheques en blanco al estamento representativo, ya que después pueden hacer con ellos lo que quieran... ¡Todos somos Votantes en Blanco, aunque sólo algunos hemos tomado conciencia de ello!

No obstante, debo confesar a esta asamblea que tampoco me permito grandes ilusiones acerca de que este sea el camino idóneo para llenar de contenido democrático a un sistema que hoy no lo tiene. Los planificadores del modelo saben que tanto en nosotros, los activistas del voto en blanco, como en los abstencionistas convencidos está el riesgo para el voto dimisionario.

Por eso, nos anulan... previamente, desde la propia teoría, sin traducir nuestros votos en escaños, igual que anularán después, ya en la práctica, a quienes dimitieron en alguien. ¡La futilidad del sufragio deponente debe prevalecer ante todo!

Si el voto en blanco se tradujese en escaños vacíos, pues ésta es la opción que estamos escogiendo, en poco tiempo nuestras filas se engrosarían hasta desenmascarar con ese mensaje tan claro las corruptelas de la clase política. Críticos, desencantados y abstencionistas daríamos el castigo mayoritario que nos merecen las actuales componendas de las oligarquías dirigentes... De manera que la ficticios gobiernos democráticos que padecemos, jamás darán validez a nuestro nítido mensaje, o serían desalojados del poder en pocas convocatorias, porque todos sabemos en el fondo que tales fraudulentos gobernantes no tienen rastro de respeto a la voluntad del pueblo.

Nuestra batalla podrá parecer romántica, porque combatimos contra la propaganda oficial con las armas del silencio al que nos condenamos, pero aun así constituimos la única esperanza de cambio verdadero.
(Un voto crítico al modelo electoral, pero que carece de modelo alternativo –meditó Pero Grullo–. Dice “no”, y hasta “cómo”, pero no aporta otro modo.)


Capítulo XVII


En el cual prosigue la asamblea decisoria y se señalan otros vicios aun más graves

La sesión vespertina del congreso de los ciudadanos se inició con la intervención de Mandado por sus Servidores, el cual comenzó su discurso agradeciendo a Representante Independiente la ocasión que les ofrecía para expresar su criterio sobre la situación política, hecho inaudito si se considera que el ciudadano “no sólo nada puede mandar en la arquitectura pública vigente, sino que ni siquiera puede participar en la gestión de lo que a todos nos corresponde, salvo por el camino cegado que esta asamblea ha llamado voto abdicatorio y deponente”. Manifestó más tarde que, en su opinión, los juicios expresados por la asamblea estaban siendo excesivamente suaves:

–Os habéis referido hasta ahora a ese fraude tan notorio de la representación que no tiene en cuenta al representado, sino sólo la voluntad libérrima del representante. Algo tan burdo que destruye cualquier idea de representación lícita y de soberanía popular, para reducir la política a una comedia donde los soberanos son unos cuantos, con el sólo coste de fingir en la fábula nominal que ese puro teatro busca el beneficio de los mandantes teóricos y no de los autónomos mandatarios, sin otro mandato tolerado que el suyo propio.

La cuestión es tan infantil y la broma tan grosera que no seré yo quien malgaste su tiempo debatiendo este puro engaño. Sólo diré que se trata de la versión actual del despotismo ilustrado: todo para el pueblo, en teoría y en palabras, pero sin que el pueblo cuente ni pueda decidir por sí mismo ningún asunto de gobierno... La no-democracia, con los adornos sonoros que tuvo que introducir el siglo XIX, para que los gobiernos siguieran representando los intereses de los poderosos, como han hecho siempre, aunque en los últimos siglos con algo más de halago nominal a la gente.

Por el contrario, en mi intervención aludiré a otro asunto más evidente aún para mostrarnos que vivimos bajo los esquemas de poder antiguos, aunque haya que levantar algunas cortezas que nos los ocultan.

¿Se estructuran ya todos los poderes de los Estados actuales de abajo arriba, eso es, democráticamente? ¿O bien los poderes públicos siguen fluyendo piramidalmente, mediante órdenes verticales que descienden desde la cúspide?

¿Mandamos a quienes cobran un sueldo de nosotros para servirnos, es decir, a las Administraciones y a cada uno de nuestros empleados en las Administraciones? ¿O, a la inversa y para sorpresa y ruptura de todos los postulados de la Lógica, somos todos nosotros Mandados por nuestros Servidores?

¿A quién sirven los servidores públicos?, ¿al pueblo que costea sus despachos y les retribuye mensualmente sus emolumentos o a las minorías endogámicas que controlan el Estado, por encima de una población impotente ante todos ellos?

¿Gozan de mejores, peores o iguales condiciones de trabajo los servidores del pueblo que el pueblo servido por tan inexplicables servidores, que más bien parecen conservar todas las características de los viejos empleos nobiliarios, incluido el carácter vitalicio que siempre constituyó el sueño de todas las superestructuras de poder forjadas sobre la sumisión del pueblo?

He aquí la pregunta que yo quiero formular a esta asamblea, de cuya respuesta dependerán las siguientes cuestiones:

¿Ha variado en algo la estructura del poder y el funcionamiento de las administraciones desde el viejo verticalismo de siempre...? Porque si la estructura real del poder no cambia internamente, aunque cambien los rostros de una pequeña porción de dirigentes políticos tan absolutos como antaño, nada real cambia entre las señorías políticas, pero desde luego todo sigue igual en la vieja maquinaria de las administraciones.
(Cambiar algunas facies periódicamente, para que nada cambie en las relaciones entre el poder y los sometidos a él, salvo esos rostros y los mitos declarados –traducía Pero Grullo–. Hipnóticos movimientos en superficie, cuyo fondo está inmóvil. Puras alucinaciones.)

Fijar los sueldos de nuestros empleados públicos, desde el primero de nuestros representantes hasta el último de nuestros funcionarios, ¿no sería la primera competencia de quien les emplea, sin necesidad de que debamos esperar a una democracia sumamente avanzada, sino solamente a una democracia donde el pueblo mande algo?

La selección del personal que debe servir a los ciudadanos, ¿no debería correr a cargo de los propios ciudadanos que van a ser servidos por ellos? ¿O es que tiene algo de democrático que la Administración pública sea en realidad el reino privado de la clientela de los partidos o el cortijo particular de quienes ya disfrutan de la condición de funcionarios...?

Los baremos de productividad, eficacia y buena gestión que debe cumplir el presunto soberano del sistema, ¿no deberían ser exigidos también, en idénticas condiciones de equidad, a quienes les prestan los servicios públicos?

Y la propia inspección de la eficiencia y productividad de los servicios públicos, ¿no debería corresponder a los ciudadanos, que los costean, en lugar de a los políticos, elegidos ellos mismos para cumplir una función que debería exigírseles, no para apoderarse de la Administración, ennoblecer en ella a sus amigos y labrarse un porvenir entre sus escalafones, a menudo?

Hoy, además de producirse la incongruencia suma de que todos nosotros, que pasamos por ser los soberanos del sistema, seamos en realidad Mandados por quienes nos Adeudan Servicios, hemos de contemplar la ineficacia y el derroche de quienes desempeñan unas funciones que no se les inspeccionan desde fuera de ellos mismos.

¿Podrá existir una ficción mayor que la de unos cuerpos inspectores de la Administración que presuntamente inspeccionan a sus compañeros de trabajo...? Más bien defenderán en común sus privilegios estamentales frente a la ciudadanos corrientes. Pero ocurre además que esos cuerpos inelectos de inspectores de lo público habrían de ser también inspeccionables por la sociedad.

Por todo ello, creo que hasta el momento esta asamblea se está limitando a criticar la espuma exterior del problema, el incumplimiento de sus promesas por los candidatos, cuando la cuestión de fondo es mayor: la insumisión general del Estado a los ciudadanos que lo sostienen.

Vivimos bajo un Estado rebelde a quienes lo sufragan, ¿qué otro análisis se necesita para comprender que soportamos una situación inadmisible?
La democracia no puede consistir en que el pueblo sea Mandado por sus Servidores, sino en que todo empleado público sea Obediente a las Obligaciones que se le Imponen y por las que se le Retribuye, o de lo contrario, que opte por no ser empleado público.

Ciertamente, la mitología fraudulenta en que se basa la presunta igualdad de los regímenes modernos salta hecha añicos en cuanto se percibe la desigualdad entre las condiciones de trabajo del pueblo, que paga sus impuestos, y las que disfrutan sus empleados, que viven de ellos... Equiparar esas condiciones de trabajo, para que los mismos criterios de productividad, de eficacia, de horarios y de despido, en idénticos supuestos, sean comunes al pueblo y a sus empleados, es la primera característica de un progreso igualitario.

(Lo cual, amén de progresista e igualitario, aportaría millones de votos al partido que lo propugnara –sonreía Pero Grullo–: acaso diez votos nuevos por cada uno que se perdiera, y eso en el caso de que algunos empleados públicos decidieran aferrarse a la defensa de sus privilegios, porque a muchos otros les parecería normal desempeñar su labor en idénticas condiciones a las del pueblo.

La cuestión estriba más bien en preguntarse por qué no lo recoge en su programa ninguno de los partidos políticos, si además de contribuir a la igualdad social eso les haría ganar las elecciones... Y la única respuesta que se me ocurre es que todos los partidos quieren mantener intacto el cortijo privado de las administraciones, para su propio medro y el de los suyos).

Por otra parte, quiero hacer notar a esta asamblea que la aparición en la escena política del concepto al que aludo, el pueblo empleador de sus empleados públicos, sería la única solución que puede poner fin a la proverbial ineficacia de los funcionarios del Estado. Sólo comparable a la no menos multisecular negligencia de los cuerpos inspectores del Estado encargados teóricamente de verificarlos...

Ni los funcionarios funcionan eficazmente, puesto que trabajan para alguien despojado de toda potestad, el pueblo, ni los inspectores que deberían supervisar ese funcionamiento supervisan nada en realidad, porque también son funcionarios y defienden ventajas corporativas con ellos. Simplemente, ambos grupos viven de la ficción de declararse servidores del pueblo, pero sin sujetarse a él, porque en unión de los políticos, tampoco sujetos al pueblo, componen el Estado antiguo de siempre: los que viven mejor que aquellos a quienes extraen los impuestos.

____________________

Próxima entrega de la novela: martes, 3 de enero.

'Soberano don Nadie'. de Juan Pablo Mañueco. Egartorre Libros. 190 páginas. Madrid, 2005. 14 euros.

Puede adquirir el libro en librerías o realizando un pedido online.

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