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Etiquetas:   Al aire libre   -   Sección:   Opinión

Apuntillando el año

Pascual Falces
Pascual Falces
domingo, 1 de enero de 2006, 04:47 h (CET)
La puntilla, una hoja de tosco mango, afilada, corta y lanceolada, propia del cada vez más en entredicho arte taurino, es el equivalente de la “misericordia”; una fina daga que los caballeros medievales ocultaban entre su ropa para “terminar” piadosamente con el contrincante mal herido tras los sucesivos lances del duelo.

Quienes han visto cómo se sirve de ella el “puntillero”, un adiestrado miembro del coro de banderilleros-enterradores que rodean al matador en el momento final de la lidia, entienden bien el sentido que tiene apuntillar, o dar la puntilla; una sucia maniobra por la que se abrevia la agonía del animal acribillado con diversas estocadas e intentos de descabello que no han sido eficaces para que el animal reciba una muerte súbita, y digna, si es que esta palabra puede ser aplicada entre el conjunto de faenas que ha recibido el cornúpeta para espectáculo del “respetable”.

Parecida sensación han proporcionado los protagonistas de la política en España. El “maestro”, de vacaciones en Doñana, ahíto de langostinos y manzanilla de Sanlúcar, ¿abanderando el “patriotismo” social?... es decir, mirando para otro lado, buscando el aplauso y alejado de la sucia faena delegada a subalternos. Un lenguaje parlamentario incomprensible de enmiendas de la enmienda y contra-enmienda, y con la mini cuadrilla del Estatut reunida en una cumbre de “chicha y nabo”, pero con foto, en la Barcelona de Gaudí. Un ministro de Hacienda que todo lo justifica, en términos esotéricos, en cuanto a la subida de precios de productos de primera necesidad –antes era el pan, ahora es la botella de butano y la electricidad-. ¿Habrá alguna vez alguien, en este país, además de Luis Candelas, que defienda a los pobres?. Una bizarra fragata haciendo la guerra “por su cuenta”, mientras el resto del país creía no estar en guerra con nadie. Los socialistas, en traje de camuflaje, respaldando el presupuesto de Ibarreche. Y todo, ante un tendido en plena guerra del cava, pensando en que pueden faltar asientos en la plaza porque sobran inmigrantes, y cuyos jóvenes recurren al aborto para cubrir las consecuencias de la preconizada libertad de sexo.

Si alguien ha tenido ocasión de ver, entre tanto personal como rodea al animal caído, como se le “da la puntilla”, sabe que es un golpe seco en la nuca, entre el hueso occipital y la primera vértebra cervical, con el que se interrumpe, de un tajo, la función vital del bulbo raquídeo. No siempre es así, y con los nervios consecuencia de tanta chapuza anterior y de silbidos y almohadillas voladoras, el puntillero no lo asesta con precisión, reintenta hacerlo más veces, y hurga con la hoja introducida tras el testuz. Una carnicería. En fin, la suprema chapuza con la que termina el sufrimiento y la vida del animal. ¿Algún lector ha percibido sensación de que han “apuntillado” este año de 2005?

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