|
'Siete espadas': Wu Xia a la vieja usanza
Gonzalo G. Velasco
Entre las hordas de cinéfilos aficionados al Wu Xia o cine épico oriental de espadas y artes marciales, se han formado en los últimos años dos bandos rivales: por un lado el de aquellos que descubrieron el género con Tigre y Dragón de Ang Lee y sus derivados (muy especialmente Hero y La Casa de las Dagas Voladoras, ambas películas dirigidas por Zhang Yimou), adalides de una forma estilizada, manierista y casi poética de entender el cine de mamporros a la asiática; y por otro, el de los que ya mamaban patadas y puñetazos antes de que Ang Lee y compañía dignificaran (por no decir pseudointelecutalizaran) el género.
Los del segundo bando abogan por un cine de artes marciales más áspero, rudo y apegado a la realidad, pero eso sí, sin renunciar en ningún momento a sus apentencias legendarias y/o espectaculares. En el fondo, ocurre un poco lo mismo que con el cine de acción norteamericano, atrapado entre los directores deslumbrados por la estética Matrix y aquellos que prefieren recuperar historias más físicas a lo Steven Seagal o Jean Claude Van Damme. Buena prueba de lo que digo la ofrece el hecho de que el máximo renovador del Wu Xia, Tsui Hark, productor de The Killer, Dragon Inn o Una Historia China de Fantasmas y realizador de Zu Warriors y Érase una Vez en China, haya trabajado en Estados Unidos con el decadente actor belga en productos como Double Team o En el Ojo del Huracán.
Así las cosas, el único que falta por tomar partido en la batalla del Wu Xia es el que estas líneas escribe, y dado que uno prefiere mil veces el virtuosismo melancólico de Lee y Yimou a los dilatados Road Trip manga de Hark, donde la trama se dispersa por todos lados como un reloj de Dalí y el sentido del ritmo acusa una atrofia superlativa, no ha de resultar extraño que Siete Espadas, aún con su cuidado diseño de producción y la exquisitez coreográfica de sus escenas de acción, se me antoje tan sólo una película correcta.
A medio camino entre Los Siete Samuráis (o magníficos, como prefieran) y el Hero de Zhang Yimou, su trama es innecesariamente alambicada, confusa y a ratos soporífera. La única escena realmente destacable sucede pasadas las dos horas de metraje, con un duelo entre el bueno y el malo en un angosto callejón de los que dejan con la boca abierta. Por lo demás, el film se desnorta en redundantes meandros narrativos que dificultan la comprensión o bien se refocila en el preciosismo pictorialista de sus paisajes, de tal modo que la propuesta gustará, y mucho, a los miembros del bando clásico en tanto que hará bostezar en más de una ocasión a los del posmoderno.
Las discusiones a la salida del cine están aseguradas a nada que uno tenga un mínimo espíritu crítico y algún que otro amigo respondón. En una época donde únicamente se debate acerca del enfrentamiento entre Ana Obregón y Victoria Beckham, algo así es motivo de celebración orgiástica. Vayan a verla, tomen partido, y ejerciten su capacidad de respuesta dialéctica. Los Goya están a la vuelta de la esquina y la necesitarán en buena forma para contradecir a la Academia en caso de que premien Princesas (o algún que otro engendro análogo) como mejor película.
|