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Rusia-Occidente: año fructífero de cooperación

Vladímir Símonov
Redacción
sábado, 31 de diciembre de 2005, 02:14 h (CET)
Quienes consideran el fortalecimiento de la cooperación entre Rusia y Occidente como factor importante de la estabilidad internacional, pueden con plena razón referirse en buenos términos al año saliente 2005. Al comenzar en un ambiente de críticas recíprocas, incomprensión y tensiones, concluyó en provecho de esa cooperación.

Hace varios meses, cuando Moscú y Occidente chocaron de frente al evaluar los procesos que se desarrollan en los territorios de la ex URSS, era difícil pronosticar un resultado tan halagüeño.

Estados Unidos y la Unión Europea estaban propensos a considerar la ola de revoluciones “de color” que se extendió por estos países en 2005, como triunfo de la democracia de corte occidental sobre los regímenes corruptos caídos en desuso. Al contrario, Moscú vio en estos acontecimientos los síntomas evidentes de la conquista anticonstitucional del poder con el fin de efectuar el reparto de la propiedad. Rusia miraba perpleja las multitudes humanas volcadas a la calle, cuyos guías buscaban aprobación de las capitales extranjeras y no del pueblo propio. La dirección de Rusia reprobó los intentos de introducir por violencia la democracia desde fuera en Ucrania, Georgia, Kirguizia y Moldavia. Moscú advertía que esto podría afectar la calidad de la vida, tanto como la estabilidad en esos países.

Al principio, Occidente interpretó estas evaluaciones como celo de Rusia que estaba perdiendo cierto monopolio imperial sobre el espacio postsoviético. Los rusófobos que abundan en Washington y en Bruselas, se aprovecharon del momento para reanimar la crítica a “la apostasía de Moscú de la democracia”-. El espasmo de la tensión que afectó las relaciones de Rusia con Occidente en el primer semestre de 2005, amenazó incluso con hacerlo, a juicio de los pesimistas, año de retorno a la “guerra fría”.

Por suerte, no se produjo nada semejante. Un gran mérito de los líderes de Rusia, Estados Unidos y la Unión Europea consiste en que ellos se pusieron por encima de esta ola de ánimos rutinarios, de “halcones”, y supieron separar los intereses fundamentales comunes – la lucha contra el terrorismo y contra la proliferación de los arsenales nucleares, por la cooperación económica- de las dificultades pasajeras relacionadas con la competencia lógica y simplemente con la diferencia de las culturas democráticas.

En parte, a ello contribuyó la desvalorización - que no se hizo esperar mucho - de los ideales “color naranja” en el espacio postsoviético. Los últimos meses las fuerzas que se hicieron con el poder habiendo utilizado la ola de las revoluciones “de color”, ponen de manifiesto su autoritarismo, persiguen a la oposición, mientras que los medios
de comunicación masiva de tendencias críticas desaparecen sin dejar huellas . Por consiguiente, no sólo la población de estos países, sino también Occidente pierden ilusiones respecto al carácter desinteresado y democrático de los golpes “color naranja”.

Por su parte, Rusia intentó formular algunas reglas del juego en el área de la CEI habiendo esperado convertirlo, primero en campo de cooperación de buena vecindad, y más tarde, si Dios quiera, en zona de la cooperación previsible basada en el respeto mutuo. Moscú dio a entender que en modo alguno rechaza el derecho de los demás Estados y centros de fuerza de ayudar a los países de la CEI a fortalecer su seguridad, integrarse en la economía mundial y, en general, hacerse eco de la globalización. La competencia honesta y la lucha de las ideas gozan de aprobación. Pero en modo alguno Rusia admitirá ser desplazada de la tradicional esfera de sus intereses. Tanto como es inadmisible recurrir a la presión para obligar a los jóvenes Estados a elegir su camino obedeciendo a la voluntad de cierta razón suprema foránea.

Según todas las evidencias, Washington y Bruselas apreciaron el carácter equilibrado de esta postura rusa. Sea como fuere, pero el año saliente no reportó el descenso, como vaticinaban los rusófobos, sino aquello que puede ser calificado de progreso en las relaciones de Rusia con Occidente, ante todo, con la Unión Europea.

Estos días, Serguei Lavrov, ministro ruso del Exterior, comparó las agendas de tres encuentros Cumbre Rusia-UE: de febrero de 1999 y de dos encuentros Cumbre realizados en 2005. La diferencia produce asombro. Si tan sólo hace varios años Rusia se presentaba como objeto indigente, carente de iniciativa de la política comunitaria, este año Bruselas y Moscú discutían de igual a igual un amplísimo abanico de temas bilaterales e internacionales que nunca antes figuraban en este diálogo.

Ahora el 55% de exportaciones de Rusia corresponden a la UE, siendo de notar que esta última actúa como consumidora insaciable de recursos energéticos rusos. El acuerdo firmado hace poco entre Alemania y Rusia respecto al grandioso proyecto del gasoducto Noreuropeo es una nueva confirmación de lo dicho. Pero los vínculos económicos y comerciales no son más que uno de los cuatro “espacios comunes” que unen a Moscú y Bruselas. El año pasado se realizó un verdadero avance por el itinerario de otras tres “hojas de ruta”: en la seguridad interior, la seguridad exterior y la cultura. Se podía enumerar largamente los importantísimos acuerdos entrados en vigor en 2005; se podía asimismo mencionar una lista apreciable de nuevos institutos y comisiones conjuntas. Pero, naturalmente, esto no es lo principal.

En el año saliente se produjo un cambio de principio en el carácter de las relaciones Rusia-UE. La fórmula “guía-guiado” cedió lugar al formato, con arreglo al cual Moscú es capaz de defender resueltamente, en pie de igualdad, sus intereses.

Particularmente, esto se manifestó en el reciente encuentro ministerial de la Organización de la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE), celebrado en Ljubljana, en el que Rusia demandó enérgicamente reformar de inmediato este foro. Moscú muestra descontento con motivo de la tergiversación temática de su actividad: de los tres “cestos” solamente el humanitario sigue siendo en el campo visual de los funcionarios de la OSCE, mientras que otros dos: económico y político-militar incluyendo la lucha contra el terrorismo, se encuentran en el estado de estancamiento. La Organización se convierte cada vez más en instrumento al servicio de los intereses de un reducido grupo de sus participantes y, a veces, de algunos Estados.

Tal estado de cosas no conviene a Rusia. El nuevo elemento consiste en que la Unión Europea ya no puede permitirse el lujo de menoscabar la opinión de Moscú.

Este cambio de postura respecto a Rusia se produce en el momento, en que la Europa Unida parece meterse en su concha bajo el embate de descalabros y querellas intestinas. El fracaso de los plebiscitos constitucionales en Francia y Países Bajos llamó a la vida toda una escuela del pensamiento politológico ruso afirmando ésta que Europa ya es incapaz de desempeñar el papel estabilizador en el mundo y que, por consiguiente, Rusia se portaría sabiamente si supiera reorientarse con rapidez a otros centros de fuerza.

El Moscú oficial rechaza rotundamente esta lógica. “Creo que es una opinión errónea y estoy convencido de que los contactos mutuos entre Rusia y la Unión Europea en el ámbito de la política exterior tienen enormes posibilidades”, dijo Serguei Lavrov, jefe de la diplomacia rusa, al intervenir hace poco en la Duma de Estado.

Los escépticos podrían objetar lo dicho por el titular. A su juicio, últimamente Rusia da preferencia obvia a la integración con Asia en detrimento de las relaciones con Occidente. Para confirmarlo se aducen menciones sobre la participación del presidente Vladímir Putin en el reciente encuentro Cumbre de la ASEAN en Malasia y el nuevo estatus adquirido por la Organización de la Cooperación de Shanghai que agrupa a Rusia, China, Kazajstán, Kirguizia, Tayikistán y Uzbekistán.

Entretanto, no se trata de la traición del Kremlin- a favor de Asia- a Europa o Norteamérica, sino de un importante rasgo de la moderna política exterior rusa: su carácter polivalente y orientado a “todos los azimut”. En la época de la globalización es imposible meter los intereses del país en un espacio artificialmente limitado de una sola región. El año saliente corroboró que a este respecto Moscú no queda en la soledad. Semejante política exterior que se aplica “en muchas dimensiones”, goza de la creciente popularidad a escala mundial.

Los críticos de la supuesta actitud de Rusia, según la cual da la espalda a Occidente y la cara a Oriente, difícilmente podrían explicar el desarrollo del partenariado estratégico entre Rusia y Estados Unidos que prosiguió en 2005. El huracán “Katrina” derrubió notablemente el fundamento ideológico en que se basa la presunción de Norteamérica. El Estado que se considera la única superpotencia, se mostró incapaz en grado sumo frente a las fuerzas de la Naturaleza y la Providencia. Es posible que estos acontecimientos infundieran a la Administración norteamericana la disposición, antes impropia de ella, de prestar oído más atento a la voluntad colectiva de la comunidad mundial y mostrar mayor tolerancia hacia los intereses tradicionales de otros países, incluida Rusia.

El diálogo entre Rusia y Occidente ayuda a aproximar también sus conceptos filosóficos. Ejemplo de la concepción global conjuntamente elaborada lo es uno de los hitos más importantes de 2005: la iniciativa adelantada por el “Grupo de los Ocho” de propiciar las reformas en los países del Próximo Oriente y Africa. Por primera vez, el año que viene Rusia ocupará el sillón de presidente de los “Ocho Grandes”, y es de esperar que a los derroteros principales de la actividad de este club se agregarán la seguridad energética y la ayuda a las ex repúblicas soviéticas.

Naturalmente, la cooperación Rusia-Occidente no tiene una unidad de medición. No obstante, el estudio de la prestigiosa compañía internacional de consalting AT Kearny, publicado en vísperas de las fiestas navideñas, brinda la posibilidad de evaluar el dinamismo de estos vínculos prácticos: Rusia se integró en el sexteto de los países más atractivos para las inversiones extranjeras directas. Con el volumen del capital extranjero atraído que asciende a 90,6 mil millones de dólares, el país dio cinco pasos hacia adelante en comparación con los principios de 2005, cuando en el mismo rating se clasificaba en el onceno lugar.

Los partidarios sinceros del fortallecimiento del partenariado Rusia-
Occidente darán en el clavo si celebren el Año Nuevo al son de la inmortal melodía de Frank Sinatra: ”Ha sido un año excelente...”.

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Vladímir Símonov es comentarista de RIA Nóvosti.

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