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Opinión
Etiquetas:   Carta al director  

Mi confesión

Pepe López
Redacción
viernes, 30 de diciembre de 2005, 00:01 h (CET)
Esta mañana he ido a confesarme. En cuanto siento un aldabonazo en la conciencia, acudo presuroso a ponerme de rodillas ante el Confesor, en busca de perdón y de consejo.

Hoy tenía la conciencia atormentada y no lo dudé. Entré en el templo, busqué la penumbra de la capilla Sacramental y en cuanto llegó mi turno, metí mi cabeza en el confesionario y, aproximadamente, este fue el diálogo que tuve con el Confesor:

- Ave María Purísima.

- Sin pecado concebida.

- Padre, no me he confesado desde hace un mes.

- ¿Y qué te trae por aquí?

- Un pecado muy grave.

- Abre tu alma a Dios y cuéntame tus cuitas.

Eso me dijo, al mismo tiempo que ponía una mano sobre mi hombro, no sé si para inspirarme confianza o tal vez porque, ante la gravedad de mi pecado, me considerara un hombre peligroso y preferiría sujetarme para prevenirse de algún riesgo.

- Padre, odio a un hombre. Aunque no sé si es verdadero odio, animadversión, malquerencia, inquina o repulsa.

- Mala cosa es, hijo, porque Dios nos mandó que amáramos también incluso a nuestros enemigos.

- No lo puedo remediar, Padre.

- Pero si la cosa no ha trascendido...

- Es que tengo la mala costumbre de escribir.

- Bueno ¿Y qué?

- Pues que mis epítetos los he divulgado

- Pero, ¿qué has dicho de ese hombre?

- Que es memo, inepto, mentecato, falso, soberbio, tarado.

- ¿Y qué más?

- Que es imbécil, trastornado, disminuído, ambiguo.

- ¿Y qué más?

- Que es estúpido, incapaz, engreído, y majadero.

- ¿Y qué más?

- Padre, ¿es que no le parece bastante grave lo que le he dicho?

- Desde luego, pero si no le has identificado, no hay difamación.

- Es que ayer escribí unos versos que titule “El Bobo de la Moncloa”.

- ¿Y ese quién es?

- El Presidente del Gobierno, Zapatero.

- ¡Acabáramos, hijo, acabáramos!

Me quedé preplejo creyendo que me negaría la absolución. Tras darme unos consejos, me bendijo al mismo tiempo que decía. “Ego te absolvo a pecatis tuis...”

Antes de levantarme le dije:

- Padre, que no me ha puesto Vd. la Penitencia.

- Es verdad, hijo mío, pero ¿es que tú no crees que es poca penitencia tener que sufrir con paciencia las flaquezas de nuestro prójimo? y, por lo que veo –y que Dios me perdone a mí también- te has quedado corto. Vete en paz, pide por él y por España y que Dios se apiade de nosotros.

Me levanté reconfortado del confesionario, busque un banco próximo, cerré los ojos y con la cara inclinada sobre mis manos pedí a Dios que Zapatero dejara de ser, lo antes posible, la fuente de mi inspiración, aunque tuviera que seguir sufriendo sus flaquezas.

¡Qué penitencia, Dios mío!
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