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Etiquetas:   Punto crítico   -   Sección:   Opinión

Aspiraciones 'geochistas'

Raúl Tristán

viernes, 30 de diciembre de 2005, 00:01 h (CET)
Una nueva margarita se encuentra deshojando nuestro Presidente.

Esta vez le ha tocado a la “margarita gorda”, la del G-8, esa flor que reúne entre sus pétalos a lo más granado del mundo. Según se mire, claro.

El G-8 es el grupo conformado en 1975 por el ex-presidente francés Giscard, con la finalidad de debatir cuestiones internacionales relacionadas con el petróleo, la macroeconomía y la inflación y que, con el paso del tiempo, se ha ido transformado en un gobierno mundial en la sombra, un lobby de estados, que impone decisiones económicas, políticas y militares relacionadas con la liberalización del comercio y la expansión de los mercados. Un grupúsculo selecto que reúne a los países más industrializados del mundo (Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón, Reino Unido ), más uno invitado, Rusia.

Ese temible G-8, sí. El mismo cuyas famosas cumbres itinerantes resultan siempre polémicas, no exentas de altercados y disturbios; foco de multitudinarias manifestaciones que congregan a miles de activistas antiglobalización; y que hace brotar tenebrosos interrogantes, que se aparecen como espectros errabundos, en el pensamiento del ciudadano medio.

Hoy en día, decir G-8, no inspira precisamente lo que se dice confianza.

El G-8 es como un equipo de fútbol de primera división que juega en una liga en la que él es el único federado. ¿Qué hay de los grandes emergentes?. ¿Qué hay de China, de la India, de Marruecos, de Arabia Saudita, de México, de Brasil, de Malasia y tantos otros?.
En alguna ocasión han sido invitados a asistir, a lo que podríamos denominar como cónclave, dado el secretismo que rodea a las anteriormente mencionadas cumbres.

Hoy, nuestro Presidente considera que es hora de que España ingrese por méritos propios en el G-8... ¿Qué pensarán de dicha aventurada propuesta los países ya miembros?. Y lo que es casi más importante, ¿qué pensarán “los otros”?.

La respuesta es evidente: el G-8, por más que se esfuercen en desmentirlo, es, al menos por el momento, un clasista Club que acoge, con preferencia, a países occidentales, del hemisferio norte, con un marcado carácter capitalista en lo económico, con un espíritu cargado de férreo liberalismo en lo mercantilista. El resto de países, por más que su desarrollo industrial pueda haber llegado a superar al de alguno de los ya miembros, quedan fuera de la partida.

El G-8 es una sociedad semimafiosa, dedicada a la conservación, a ultranza y a todo precio, de un sistema económico basado en la riqueza, creciente ad infinitum, de los ricos, a expensas de los no ricos. No pretende lograr una sociedad más justa e igualitaria, por más que algunas de sus decisiones y actuaciones puedan maquillarse para imprimir ese efecto. El corazón que late en el pecho del G-8 son las empresas y los bancos de cada país miembro. Y el latir sólo tiene sentido si, con cada latido, un torrente de beneficios económicos fluye irrigando siempre a los mismos miembros. A los elegidos.

Nuestro Presidente cree que, decir que ya estamos preparados para formar parte del G-8, debe de llenarnos de orgullo y satisfacción.

En primer lugar, es una apreciación pretenciosa. De sernos concedida nuestra petición, lo sería por ser un país de la “órbita” adecuada. En segundo lugar, pertenecer a ese grupo nos otorgará cierta inmunidad frente a los “compañeros”, pero siempre que respetemos sus reglas de juego, por lo que deberemos intentar pisar la cabeza, disimuladamente claro, al emergente hemisferio sur y a Asia. Eso significa dejar la solidaridad de lado y comenzar a hacer un uso indiscriminado de la neocolonización.

¿Estamos dispuestos a parecernos al Reino Unido o a imitar a los EEUU?. O bien, ¿ intentaremos imponer una nueva visión, más solidaria, menos mercantilista, en el orden mundial?.

La Fundación de Estudios Financieros (FEF) parece creer en el prometedor futuro de nuestro país como miembro activo del G-8. Aznar se quedó con ganas de ver ese momento. ¿Lo logrará Zapatero?.

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