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Etiquetas:   Momento de reflexión   -   Sección:   Opinión

Futuro esperanzador

Octavi Pereña i Cortina
Octavi Pereña
jueves, 29 de diciembre de 2005, 00:31 h (CET)
El año 2005 se ha destacado por catástrofes de gran magnitud. Incendios forestales que han arrasado miles de hectáreas. Inundaciones que han sembrado de dolor en algunos países europeos. Huracanes que han devastado vastas zonas del Caribe. Terremotos que han sacudido a países asiáticos. Guerras que siembran la muerte allí en donde se combate. Persistentes sequías que esparcen la miseria en amplias regiones africanas.

¿Qué nos deparará el 2006? Tal vez los españoles no seremos asolados por eventos naturales. Lo cierto es que nos enfrentamos a un delicado problema político de convivencia. Es muy posible que las fuerzas políticas inmovilistas sigan introduciendo en nuestros oídos amenazas de fracturas sociales que ocasionaran graves males de seguir avanzando el proyecto de Estatut catalán. Estos discursos inflamatorios que hoy han abandonado La Moncloa y, es de desear que no se vuelvan a repetir nunca más, se siguen difundiendo a través de determinados medios de comunicación y por los labios de los representantes de la oposición. De tanto repetir sandeces uno llega a creer que son verdad.

No anticipemos acontecimientos. Nadie sabe con certeza lo que nos deparará el 2006. Ni tan siquiera sabemos el próximo día. Tampoco podemos atrevernos a pronosticar lo que nos sucederá en los inmediatos minutos y segundos. El futuro desconocido aunque sea muy cercano siempre es amenazador, intranquilizador, agobiante. Sería bueno seguir el consejo que Jesús da al final de su discurso sobre las preocupaciones del mañana: "Así que, no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal" (Mateo,6:34). Algunos verán en estas palabras una expresión de la filosofía del pensamiento positivo. Es cierto que exponen esta filosofía pero con una profundidad de la que carece el humanismo positivista. Examinado su contexto, uno se advierte con presteza que la confianza que Jesús quiere inocular en sus oyentes no está basada en el azar ciego, sino en la existencia de un Padre celestial que si se preocupa de las aves y de las flores, ¿no va a cuidar de nosotros creados a su imagen?

Para acceder a las bendiciones de Dios es preciso convencerse de que existe. Para dirigirse a Dios como Padre es necesario creer que es el Padre de nuestro Señor Jesucristo y que por la fe en el nombre de Jesús es nuestro Padre celestial. Llegado a este punto es cuando Dios se convierte en nuestro Padre celestial a quien le podemos pedir el pan de cada día con la certeza de que atiende a las peticiones que sus hijos le hacen. La palabra "pan" contiene todas las necesidades humanas, sean físicas o espirituales. Es pues muy amplio el temario de nuestras súplicas.

Pedir al Padre celestial por las necesidades diarias y poner en sus manos el futuro incierto no significa que la vida carecerá de problemas y necesidades. Pone en el corazón del creyente que su vida no está en manos de fuerzas impersonales movidas por el ciego azar que buscan "aguarle la fiesta", sino que descansa en el regazo de un Dios bueno que hace que todas las cosas ayudan a bien de quienes le aman. La providencia de Dios, al permitir situaciones aflictivas, no lo hace con el propósito de hacernos la puñeta, sino con el deseo de que lleguemos a ser lo que Dios quiere de nosotros, es decir, perfectos como lo es el Padre celestial. Lo que llamamos desgracias o inconvenientes no son nada más que abrasivos que pulen nuestras imperfecciones para que estemos en condiciones de entrar en el reino celestial en el que no tiene cabida ninguna fealdad.

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