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La política de Oriente Próximo

Mariana Belenkaya
Redacción
jueves, 29 de diciembre de 2005, 00:31 h (CET)
Al hacer el resumen de la política exterior de Rusia, mención aparte merece el componente cercanoooriental de la diplomacia rusa, sea por la mera razón de que, en general, el año 2005 ha marcado un hito importante en las relaciones de Moscú con esa región, ya que el presidente de la Federación de Rusia realizó su primera visita al Próximo Oriente (Egipto, Israel, la Administración Nacional Palestina). El año saliente Rusia recibió el estatus de observadora en la Organización de la Conferencia Islámica (OCI) y en 2006 Rusia asumirá la presidencia en el “G-8” que concentra sus esfuerzos en realizar el plan “Asociación en aras del Progreso y Futuro conjunto en el Próximo Oriente y Africa del Norte” aprobado por la Cumbre celebrada en Estados Unidos en 2004.

Rusia organizará varias actividades en el marco del este programa lo que, probablemente, le permitirá formular con más precisión sus objetivos y, lo que es principal, sus posibilidades en el área. La política de Rusia en la dirección cercanooriental tendrá que ser, simplemente, más convincente, para que ni en Occidente, ni en Oriente surjan preguntas respecto a los objetivos de Moscú en esta parte del mundo.

Es de lamentar que a lo largo del saliente, en repetidas ocasiones, Rusia ha tenido que dar explicaciones nada fáciles respecto a su política regional. Todo el año pasado los diplomáticos rusos han tenido que demostrar qué partida toman: la de Occidente u Oriente, de Israel o del mundo árabe (islámico).

Rusia se niega categóricamente a optar en favor de una parte concreta y no ve sentido en ello. Rusia intenta mantener cooperación con todos, pero, al parecer, buscan imponerle la necesidad de optar. Por lo visto, ciertas fuerzas del extranjero no quieren comprender que Rusia no es la URSS y los tiempos de la amistad “en pro” o “en contra” pasaron para no volver. Hoy es la época del pragmatismo práctico, cuando todo está supeditado a los intereses económicos del país y a los intereses de su seguridad.

A esto precisamente obedeció la aspiración de Rusia a establecer contactos más estrechos con la OCI. Lo dijo también el primer mandatario ruso Vladímir Putin en diciembre en la ceremonia de apertura de la primera sesión del parlamento checheno: “Rusia ha sido y sigue siendo el mejor socio de los Estados islámicos”.

La elección del lugar para hacer estas manifestaciones no fue casual, puesto que en muchos aspectos la política de Rusia hacia el Próximo Oriente y el mundo islámico en general, el papel que ésta desempeña en el arreglo de los conflictos regionales, su postura sopesada que a veces parece en exceso prudente con respecto a varios problemas, se deben precisamente al afán de garantizar su seguridad interna. Chechenia no es más que parte del problema. Además de ella, existen focos regionales de otros conflictos que se encuentran en proximidad inmediata de las fronteras de Rusia. En vista de ello, la crítica dirigida a Moscú por parte de Occidente de que esta capital apoya los países calificados como “eje del mal” - entre los que Estados Unidos cataloga a Irán y Siria, en particular- es tan sólo parte de la campaña propagandística.

Entre las altisonantes acciones publicitarias del saliente, relativas a Rusia, descuellan los escándalos en torno a la venta de los sistemas coheteriles antiaéreos portátiles “Iglá” a Siria y, en general, respecto a la cooperación ruso-iraní en materia de la energía atómica.

El tema iraní está presente tradicionalmente en los diálogos Rusia-Israel-EE UU, pero en el contexto de la llegada al poder del nuevo presidente iraní adquirió rasgos distintos. Rusia se esforzó al máximo por conservar el nivel de cooperación últimamente alcanzado en las relaciones con Irán, ante todo las económicas, y al mismo tiempo no estropear sus relaciones con Occidente. Según todos los indicios, Rusia encontró digna salida a la situación, aunque no fue fácil, en primer lugar, debido a la postura actual de Teherán y a las conocidas manifestaciones del presidente iraní dirigidas contra Israel. No obstante, la principal batalla en torno a Irán está por delante; en marzo del 2006 habrá de ser tomada la solución definitiva de someter el “dossier nuclear iraní” a la consideración del Consejo de Seguridad de la ONU. Rusia tendrá que optar de nuevo: votar “en pro” , “en contra” o abstenerse.

La situación en torno a Siria tampoco será fácil. El saliente ha devenido un año crucial para las relaciones ruso-sirias. A últimos de enero se realizó la visita del presidente de Siria Bashar Assad a Moscú. Se dio solución al problema de la deuda siria a Rusia, lo que impulsó en grado sumo la cooperación económica de los dos países. Y, en general, esta visita y el hecho de que ambos presidentes hallaran un lenguaje común, determinó la política de Rusia hacia la región para todo el año.

Quien sabe qué cariz habría tomado la situación, si la visita hubiera sido programada para un plazo más tardío. Al cabo de tres semanas, literalmente después de la visita de Assad a Moscú, Damasco se vio involucrado en el escándalo internacional relacionado con el asesinato del ex primer ministro de Líbano Rafiq Hariri. De hecho, si la diplomacia rusa no hubiera adoptado una postura firme, habría sido poco probable que Siria esquivara las sanciones internacionales ya en el presente año. Aunque, lo mismo que en el caso de Teherán, la diplomacia rusa no es omnipotente y para Moscú no resulta fácil defender a Damasco.

Las perspectivas de la aparición de nuevos focos conflictivos en la región: Irán, Siria ( por el momento, no son más que focos de tensión) suscita alarma en Moscú; los diplomáticos observan preocupados el desarrollo de la situación en Líbano. Este triángulo: Irán-Siria-Líbano, será el más candente el próximo año, teniendo además en cuenta que no se observan los puntos de referencia en el arreglo de la situación en la zona del conflicto palestino-israelí ni en Iraq.

El año comenzó por las elecciones del jefe de la Administración Nacional Palestina y las elecciones parlamentarias en Iraq, las primeras después de derrocado el régimen de Saddam Husein. Según evaluaciones de la diplomacia norteamericana, los procesos democráticos arraigan cada vez más en el Próximo Oriente. Las evaluaciones de Moscú de los éxitos democráticos fueron mucho más prudentes. Ante todo, en lo que respecta a Iraq. Y en general, pese a todo el respeto de los procesos democráticos, la política exterior rusa da prioridad no a las manifestaciones externas de democracia, sino a la real estabilidad regional. Pero ella precisamente brilló por ausencia. Y no se sabe qué cariz tomará la situación el año que viene.

No obstante, el tema de las transformaciones democráticas en la región sigue siendo actual, y Rusia, como presidenta del “G-8”, le prestará la más detenida atención.

Es posible que un tema más para Rusia en el Próximo Oriente sea el fortalecimiento de la relación “política-economía”, cuando las iniciativas políticas han de tener un evidente aspecto material. Es posible que las compañías rusas que trabajan en esta área tengan que prestar atención a este factor. Por el momento, se desarrolla con buen éxito la cooperación económica con Egipto, Siria, Turquía e Irán. Existen perspectivas de su desarrollo con Israel e Iraq. Sin embargo, en la política rusa no se observa el fuerte componente económico, por lo menos, no en todos sus aspectos como lo quisieran los diplomáticos. Pero esto es necesario a la luz de las transformaciones políticas que se producen en el Próximo Oriente.

Las relaciones entre Rusia y el Próximo Oriente reflejan la situación en toda la política de Moscú hacia el mundo en desarrollo en su conjunto; por ejemplo, en Africa. Aunque en un aspecto Rusia tiene la primacía indiscutible entre los países de Occidente. Entre los miembros del Club de París Rusia figura en el primer lugar en lo que respecta a las deudas canceladas y reestructuradas de los países del continente africano que también, en parte, pertenece al llamado Próximo Oriente Ampliado. Además, procede recordar las cancelaciones por Rusia de las deudas de Iraq y Siria, lo que constituye un aporte substancial al desarrollo de las economías de estos dos países. Los temas del concurso económico a los países de Africa y el Próximo Oriente también serán abordados en el marco de la presidencia de Rusia en el “G-8”, lo mismo que el arreglo de los conflictos militares en esos Estados. Pero tal política puede ser calificada solamente como fase inicial de otra política más clara y contundente en esa área.

En general, el entrante en el Próximo Oriente promete ser un año interesante y, probablemente, difícil. A propósito, señalan ironizando los diplomáticos, ellos no pueden recordar época alguna cuando en esta región reinara la paz y fuera sencillo trabajar allí. Cada año nuevo ofrece sus sorpresas con frecuencia desagradables. El 2005 no ha sido una excepción. Dudosamente el 2006 vaya a ser distinto.

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Mariana Béleñkaya es comentarista de RIA Nóvosti.

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