Quantcast
Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto. Noticias y opinión
Viajes y Lugares Display Tienda Diseño Grupo Versión móvil
Etiquetas:   El arte de la guerra   -   Sección:   Opinión

Askatasuna oinarrizko eskubidea da

Santi Benítez
Santi Benítez
jueves, 29 de diciembre de 2005, 00:31 h (CET)
Hace poco leía un relato de Eugenio Noel, “La cola de los anémicos en el matadero municipal de Madrid en 1900”. Este escritor, gran amigo de Zuloaga, articulista impenitente de aguafuertes de una España negra que cien años después sigue arrastrando los mismos males escondidos tras otros nombres, murió enfermo a los cincuenta y un años en la Barcelona de 1936, donde desembarcó desde Méjico. Escapando así a un paredón franquista que se había ganado a pulso diciendo verdades como puños sobre los males de un país que, como él mismo, necesitaba y necesita huir a su propio pellejo para avanzar.

Dice mucho de este articulista que mientras otros abandonaban España, él volviera. Dice mucho de él porque hasta el último momento le llevó la contraria a este extraño culto al toro, a su sangre, a su piel, que en sus propias palabras “no es una pantomima más, es la manifestación de un alma nacional enferma, ignorante, pobre y gaznápira”. El españolismo recalcitrante de capirote, pandereta y faralay.

Ha pasado el tiempo y aunque ese españolismo de muñeca Nancy vestida de militar que si se le pone la corneta en la boca toca el himno de la legión pervive, no deja de ser verdad que es minoritario. El síndrome de la cola de los anémicos ha dejado de ser el síndrome de todo un país. Ha pasado a ser el síndrome de las minorías.

Y es un síndrome extraño, trasplantable, que pasa de las loas al imperio español al enardecimiento de chapelas y aborregamiento esuskaldún. En la cola de los anémicos ahora se habla en vasco, aunque, por suerte, sigue siendo cada vez más minoritario.

En esa nueva cola de los anémicos, que es tan vieja, se le llama “patriotas” a los asesinos. Reivindican en foros y en periódicos que financian bombas, extorsiones y tiros en la nuca, el derecho a la anemia. Hablan de niebla cuando quieren decir sangre. Porque al igual que la cola de los anémicos de Eugenio Noel, la cola de los anémicos euskaldún se alimenta de sangre, de la sangre de novecientos treinta y cuatro (934) asesinados, de mentiras como que la ciudadanía vasca no aprobó la Constitución cuando sólo el 22% votó en su contra, del miedo a levantarse una mañana, poner en marcha el coche y entrar en la lista del matadero. Y avivan ese miedo a los anémicos con mochilas de niño que hacen ¡Bum!, con amenazas y vómitos de ese regüeldo de matadero que beben después de recogerlo del aljibe en donde se abrieron los abomasos, las bolsas de los vientres, las tripas; en donde se limpiaron las asaduras, las cabezas despellejadas, las pezuñas y los sacos de los orines.

Esos anémicos son, como mal, el síntoma de otro mal más grande, y si se observa, paciente, sin zaherir su miseria mental y humana, pensando a que extremos tan lejanos y oscuros puede llegar la idolatría a su propia enfermedad, no sospechados, ciertamente, por los mismos hijos de perra que la cultivan, llega uno a la conclusión de que beber ese purgante es lo que los hace vomitar esos espantajos de chapela, pasamontañas y metralleta, es la que los hace pensar en forma diarreica.

Y si un niño no quiere tragar el brebaje, ese regüeldo de matadero, y el berrinche es homérico; patalea, llora y se defiende con valor. Los anémicos, tomando el papel de buena madre, le sacuden una tunda, una zurra de repertorio con soplamocos y ‘manguzás’. Y si, aún así, el niño la esputa, la rechaza, no hay más solución para los anémicos que entregarlo al matarife, como hicieron con Miguel.

El problema es que cada vez hay más niños y menos anémicos hijos de perra. Esos mínimos minoritarios de intelecto reducido por la anemia, por la sed de sangre, esos pobres diablos que se distinguen con el pomposo título de defensores de la ikurriña que piden niebla, no se diferencian en nada de otros que se arrogan el título de defensores de la piel de toro. Es la misma enfermedad, la misma anemia. Sólo que en el caso euskaldún llevan una nueve milímetros parabellum en la mano y gritan “Gora ETA”, para matar de asco al resto.

Ya digo, por suerte cada vez hay más vascos y menos anémicos, al igual que cada vez hay más ciudadanos y menos anémicos españolistas. Los vascos, los ciudadanos nos hemos dado cuenta de que la anemia se cura con un reconstituyente, un específico, un tratamiento. Mientras, esos anémicos se van difuminando en la cola del matadero, van desapareciendo ahogados en su propio vómito, balbuceando “quiero niebla, quiero niebla”. Porque ya no tienen dinero para comprar balas, para comprar cacharros que llenar en el aljibe del regüeldo imbebible. Se extinguen como vampiros en un día de sol de veinticuatro horas, sin nieblas, viéndonos todos las caras, sin tiros en la nuca, sin bombas. Se mueren, por fin se mueren. Y lo saben.

Ahora ya no defienden su ancestral derecho étnico a beber sangre, ahora se retratan como los pobres que mendigan un mendrugo, que llevan harapos raídos enseñando la carne amarillenta por los agujeros de las ropas, que tienen un solo vestido para el día y la noche, el verano y el invierno, es tan triste, tan injusto... Ahora resulta que son ellos los torturados, los perseguidos injustamente, aquellos a los que no se les deja expresar que quieren seguir bebiendo el regüeldo. Pues que se jodan, porque no engañan a nadie. No engañan a los jueces, no engañan a los ciudadanos, no engañan a los vascos, y, lo más importante, no engañan a los niños.

Esos niños serán los que verán anémicos sólo en el zoológico, pobres alimañas extintas de mirada triste. Y, más tarde, sólo disecados en los museos, como el Dodo. Aunque en esta comparación hay un diferencia fundamental: El Dodo era un animal que tenía derecho a existir.

Esto va dedicado a los vascos, a mis iguales, a esos ciudadanos que quieren vivir en paz en Euskadi, y que tanto han tenido que sufrir, primero perseguidos por los anémicos españolistas, y después por los anémicos con pasamontañas euskaldún. A esa mayoría de personas que quieren acaban con las colas de los anémicos ante el matadero.

askatasuna oinarrizko eskubidea da, hiltzailearen E.T.A.

Suena de fondo “Puto”, de Molotov...

Noticias relacionadas

Los patinetes de nuestra niñez hoy artefactos motrices de mayores

Un inesperado giro del medio de transporte urbano, que ha cogido con el pie cambiado a los ayuntamientos de las grandes ciudades

Mohamed VI. Liderazgo positivo en el Magreb

Un liderazgo positivo pone a Marruecos al frente de la modernidad, la tolerancia religiosa y el pluralismo en su región

Octogenaria Paca y nonagenaria Ida

La Aguirre octogenaria lee con calma en el escenario. La Vitale vitalista, todavía se queda hasta altas horas de la noche escribiendo

Enrarecido ambiente

Estoy convencido de que es precisa la salida de "cum fraude" del Gobierno para empezar a ver la luz

Política idealista y realista

G. Seisdedos, Valladolid
 
Quiénes somos  |   Sobre nosotros  |   Contacto  |   Aviso legal  |   Suscríbete a nuestra RSS Síguenos en Linkedin Síguenos en Facebook Síguenos en Twitter Síguenos en Google Plus    |  
© Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto | Director: Guillermo Peris Peris