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Etiquetas:   Novela por entregas   -   Sección:   Libros

Soberano don Nadie (XXII)

Juan Pablo Mañueco
Redacción
sábado, 21 de enero de 2006, 00:10 h (CET)






Soberano don Nadie en el país de
los poderes políticos verticales

Don Quijote y Pero Grullo en acción


Resumen de lo publicado


Finalmente, llega la fecha marcada por Representante Independiente para exponer a sus amigos la decisión que piensa adoptar sobre su carrera política, presionado como está por las dos siglas imperantes en el país a fin de que se afilie a una de ellas o se atenga a las consecuencias, dentro de la gran crisis del transfuguismo que afecta al Gobierno de la Nación. También Soberano don Nadie ha prometido dar a conocer una determinación irrevocable a la que se ve compelido, en vista de que no logra alcanzar ninguno de los derechos teóricos que le pertenecen.


Capítulo XVI


Donde se celebra una gran justa decisoria sobre la situación política

El día de la reunión convocada por Representante Independiente para decidir sobre su futuro político se dieron cita en torno a su persona numerosos amigos, colaboradores y simpatizantes de nuestro personaje. Gentes que veían en él una forma distinta de entender la política y que, en ocasiones, habían prestado su apoyo durante las campañas electorales, para las infinitas tareas de intendencia que un candidato independiente debía proveerse por sí solo, sin las maquinarias oficiales que arropaban a los restantes candidatos.

Junto a Representante Independiente se encontraban Aprendiza de Política, Soberano don Nadie, doña Soberanía Ninguneada y otros amigos más que Pero Grullo no conocía y que fueron presentándole, según se iban incorporando a la reunión...

De esta forma entró en contacto con Votante Desencantado, Abstencionista Convencido, Votante en Blanco, Justiciable Indefenso, Mandado por sus Servidores, Juzgador de Jueces, Público sin Presupuesto, Menestral con Ministros y AdMinistradores, Pueblo sin Poder, Fiscalizador de Fiscales, Resignado por Tanto Abuso, Vecino en Trance de Estallar y Harto de Patrañas Políticas, entre otros ciudadanos diversos...

Se echó en falta la presencia, durante las palabras iniciales, de don Alonso Quijano, que en aquella misma fecha había sido invitado a un acto cultural para la conmemoración del Aniversario del Quijote, en el que había sido incluido a última hora, dado su conocimiento de la época, en calidad de colaborador espontáneo, no retribuido. Los gastos oficiales habían desbordado ampliamente el presupuesto, según le comentaron, por lo que no había posibilidad de atender sino las retribuciones y dietas de los expertos. No obstante, don Alonso pudo incorporarse a la Justa Decisoria en los momentos finales y, como podrá verse, los más jugosos y determinantes de la sesión.

Abrió el debate Representante Independiente, el cual dio cuenta a la Asamblea de los últimos acontecimientos acerca de la crisis de los diputados rebeldes –la crisis seguía desbocándose; de los insultos públicos se había pasado a las amenazas; los teléfonos de los encausados arrojaban continuos avisos de muerte; sus familiares eran zarandeados por la calle; vivían parapetados en sus domicilios; se hablaba de repetir las elecciones; la trama inmobiliaria continuaba siendo el fantoche agitado permanentemente, pero sin aportar pruebas que perjudicarían a todos los partidos–. Advirtió luego que su nombre había comenzado a aparecer en la prensa, relacionándole espúreamente con la supuesta conspiración política, y que la estrategia del engranaje del poder ya estaba clara: anestesiar suficientemente a la opinión pública para que nadie comprendiera nada de lo sucedido y limpiar el escenario político de cuantos representantes no fueran simples secuaces de la jerarquía.

Añadió, por último, su deseo de tomar en los próximos días una decisión irrevocable sobre su futuro en política, para lo cual les rogaba que fueran lo más concretos posibles en sus valoraciones, indicándoles que escucharía con atención la opinión libre de quien quisiera hacer uso de la palabra, pero que se reservaba el turno final del debate, puesto que en definitiva era a él a quien dicha decisión más concernía.

Intervino en primer término Soberano don Nadie, para quien la posibilidad de que se repitieran las elecciones no podía conducir a ninguna solución válida, pues en su opinión:

–De esa forma, concluiría el problema de los rebeldes llamados tránsfugas porque no acatan la dictadura interna de su partido, pero sobrevendría un nuevo estamento de políticos tránsfugas a sus compromisos electorales, para continuar estableciendo, ya normalizadamente, la dictadura de sus intereses partidarios y personales.

El meollo de la cuestión está en el carácter prófugo del colectivo político, como acaba de señalar Representante Independiente... Además, persistiría la hipótesis amenazante que hoy llena con ríos de tinta los medios de comunicación: el fugitivo que huye de la disciplina de su grupo político, ya previamente huido en conjunto de la disciplina de la población...

(He aquí el verdadero quid de la cuestión –pensaba para sí Pero Grullo–: ¿a quién beneficia un sistema prófugo del pueblo que instaura señorías autosuficientes por sí mismas...? Obviamente, al pueblo no: se le condena a vivir bajo un régimen de aristocracia electiva, pero inevitable, consolidada y perpetua.)

La “democracia demófuga”, como también ha sido calificada ahora mismo por Representante Independiente, es una burla a la democracia y, desde luego, la negación del poder de todos nosotros.... ¿Para qué estamos facultados en estos momentos...? Simplemente, para dimitir ante la urna de todas nuestras atribuciones, quedando desde ese momento desprotegidos ante los delegados, que gobernarán a su gusto desde entonces...

Y constituye una falacia más el argumento de que a los cuatro años podemos cambiarlos: con eso, ya les habremos dado cuatro años de despotismo caprichoso, para legislar lo que hayan querido, para ocupar con los suyos los resortes del Estado y de las administraciones, para financiar a sus formaciones y excluir a las restantes, y para hacerse invulnerables, en definitiva.

De manera que a los cuatro años quienes vengan... serán de su familia política, privilegiada para que alarguen el patrimonio partidista de todos, o continuarán ellos mismos, por haberse adueñado de las covachas del poder, desde el cual enrocarse en sus ventajas... y hasta si vienen otras facies, harán lo mismo, porque la arbitrariedad que otorga convertir su voluntad en imposición forzosa es un pastel demasiado goloso para todos los que participen en él.

Toda la asamblea estuvo conforme en este punto. Era necesario limitar las atribuciones del representante, no las del pueblo, como ocurría en la democracia demófuga.

(Lo cual es la perversión primera de la democracia y la conservación exacta del esquema del absolutismo de Estado, que no ha sido relativizado en su dominio –anotaba mentalmente Pero Grullo–.)

–Los representantes actuales son absolutos, ante el pueblo –Soberano don Nadie continuaba su discurso tras ese inicial consenso–. Son autorrepresentantes de sí mismos.

Carece de sentido que nos publiciten una democracia representativa, cuando lo que nos venden después es una democracia autorrepresentadora de las señorías autárquicas, no vinculadas de ninguna forma a sus electores... La dictadura del electo, durante cuatro años, y a través de periodos cuatrienales, la dictadura permanente e inevitable... Y ni siquiera nos la “venden”, simplemente nos la “cobran”, porque nosotros pagamos los gastos de quienes dictan después todo, incluso lo que quieren cobrarnos.

(Limitar y relativizar a los representantes, dividir su poder, separándolos del señorío único, para que verdaderamente representen los mandatos vinculantes de los representados –traducía para sus adentros Pero Grullo, siguiendo atentamente las palabras de Soberano don Nadie–. Tal podía ser el comienzo de una democracia cuyos representantes reprodujeran los deseos del pueblo, y no dieran rienda suelta a sus abusos y beneficios personales, en los que inexorablemente cae y caerá siempre todo autorrepresentante absoluto.)

El defecto que todo lo envicia es esa “democracia demófuga”; esa no-democracia, donde gobiernan las élites, como antaño. ¿No demostró el XVIII y el XIX la perversión intrínseca del absolutismo? ¿En qué ha variado, si en el gobierno de las élites a los pueblos en nada nos dejan participar? Porque, no nos engañemos, ésta es la única potestad que se nos permite: anularnos, dimitir en unos o en otros ante las urnas, pero reducirnos a ser pueblo inerte y dimisionario a partir de ese momento.

La democracia prometida, conciudadanos, no era eso, no puede ser eso: un sistema donde el pueblo muere durante cuatro años, hasta que se le permite resucitar para que abdique inmediatamente en su próximo, siguiente y absoluto soberano suplantatorio.

No quiso seguir en el uso de la palabra por más tiempo Soberano don Nadie sino que se la cedió a Votante Desencantado, que había pedido intervenir, el cual se dirigió a la asamblea en los siguientes términos:

–Quiero expresar mi conformidad con lo expuesto por Soberano don Nadie, y aun ampliarlo y extenderlo a otras cuestiones más graves.

En realidad, ni siquiera deberíamos hablar de una democracia dimisionaria porque son muy escasas las esferas del poder público ante las que se nos permite dimitir. Básicamente un concejal y un diputado... y en ambos casos señoriales y autosuficientes para adoptar las decisiones que les apetezca, como bien han sido definidos por los dos dignos oradores que me han precedido en esta asamblea.

Pero, ¿cuántas son las autoridades públicas que tienen potestad después sobre cada uno de nosotros... las cuales, viviendo indiscutiblemente de nuestro dinero, ni siquiera nos conceden como mínimo la posibilidad de anularnos en el instante de su nombramiento?

¿Cuántos burócratas, cuántos jueces, cuántos funcionarios, cuántos covachuelistas administradores están facultados para decidir sobre los intereses de cada uno de nosotros, sin que a la inversa nosotros tengamos ninguna competencia sobre ellos...?

¿Y a unos órganos de poder concebidos de tal modo le llaman democracia...? De cualquier otra forma les podrían haber denominado y en ese bautismo distinto probablemente se hallara mayor fundamento.

La historia de este sistema que han dado en llamar democracia, pero que no toma en consideración al pueblo a la hora de establecer las medidas de gobierno, es más bien la historia de las obstáculos sistemáticos para que el pueblo no pueda gobernar, imponiendo todos los parapetos posibles entre la población y el ejercicio el gobierno, para que éste continúe en manos de unos pocos.

(El gobierno de los pocos sobre la mayoría se llamó siempre aristocracia, deberíamos darnos al menos cuenta de ello –meditaba Pero Grullo–, y probablemente todos entendiéramos mejor lo que sucede en estos momentos, otorgando al gobierno señorial de unos cuantos el nombre que merece.)

La población tuvo que sufrir limitaciones cuantitativas, a través del voto censitario del XIX, hasta acceder al sufragio universal. Una vez conseguido éste, sufre... ¡restricciones cualitativas! ¿Para qué faculta un voto?, debemos preguntarnos. Pues, hoy por hoy, básicamente para nada: como aquí se ha dicho, simplemente para abdicar cada cierto tiempo en el nombre de una señoría incontrolable por quien le votó... ¡Escasa soberanía nominal la que arrastramos desde el XIX, la soberanía forzosa de anularse ante los déspotas que conducirán al pueblo según su propio provecho!

Y tampoco han desaparecido las limitaciones numéricas: un único sufragio para todo, mera y cuatrienalmente... ¡Serán después los ungidos con el poder totalitario quienes generen por sí mismos las estructuras judiciales, quienes nombren los Tribunales de Cuentas públicas...!

¿Juzgarán imparcialmente esos jueces a quienes les otorgan el poder de juzgar? ¿Contabilizarán verdaderamente esos contables a quienes les promocionan a la tarea de contabilizar? ¡Conciudadanos! ¿No es más fácil creer que quienes se fijan sus propios sueldos y los de sus colaboradores malversarán los caudales públicos desde ese momento, y que continuarán malversándolos cuando se los fijen también a aquellos que van a contabilizárselos? No puede creerse que escogerán a los más independientes ni a los más idóneos para desempeñar dicho ejercicio, sino precisamente a los más cómplices con ellos en esa materia.

(Conquista insuficiente: un elector, un voto. Y además un voto deponente –razonaba Pero Grullo–. Con ello, tal vez no se haya avanzado ni un milímetro en el camino de la democracia verídica. Cabe la posibilidad de haber arribado sólo a la demoelección de sustitutos independientes del pueblo, tan aristocráticos en sus actos de gobierno como los antiguos absolutos.

La aristocracia sucesiva en sus nombres y permanente en su estructura presentada como democracia, más allá de la cual no se puede ir, se asegura una y otra vez, porque no existe otro modelo.)

Ese es el origen de mi desencanto: comprender y haber experimentado los vicios del sistema. Saber que todo es inútil, pero seguir votando, para que no nos priven también de la posibilidad de dimitir en las pocas esferas públicas en que nos permiten hacerlo.

Seguidamente, correspondió el turno de intervenir en el debate a Abstencionista Convencido, que observó con una expresión irónica, aunque benevolente y comprensiva, a su predecesor en la controversia. Dejó que éste terminara de acomodarse en su escaño, en al ángulo más próximo al ventanal del salón que les acogía, para ponerse en pie con lentitud, y tras agradecer a Representante Independiente la deferencia de haber abierto su casa para la celebración de aquella asamblea, inició su discurso del siguiente modo:

–Corporación deliberante y representativa de cada uno de nosotros mismos, señoras y señores componentes de este congreso:

También yo he atravesado la etapa de la decepción y la amargura por el “voto dimisionario”, tal y como lo han calificado los anteriores intervinientes. La fase en que, después de haber acudido a celebrar ilusionadamente la “fiesta de la democracia”, según se nos presenta el día de las elecciones, uno comprueba que más bien se trata de todo lo contrario: la muerte del poder del pueblo ante las urnas fúnebres que el poder nos consiente.

¿Para qué iba a seguir autorizándoles con mi dimisión para que efectuasen todo el saqueo subsiguiente? ¡No en mi nombre! Comprendo la angustia de mi predecesor en el uso de la palabra. ¿Cómo iba a renunciar también a lo único que me permiten? Pero finalmente, me decidí: no colaboraría en modo alguno con la continuidad del gobierno eterno de los siempre, a través de un mero baile de nombres intercambiables...Todos ellos, idénticos entre sí, promesas iguales y políticas iguales finalmente, salvo por adornos lingüísticos y algunos gestos de maquillaje tan grandilocuentes como hueros.

A la postre, los iguala el sistema, aunque provengan de distintos orígenes. Y ni siquiera difieren tanto al principio. Toda la clase representativa coincide en el mismo consenso: parapetarse mutuamente para que el poder del pueblo no pase de la urna, comenzando a partir de ese instante el gobierno exclusivo de ellos solos.

(La democracia comienza precisamente a partir de la urna o, en caso contrario, muere en ella –anotaba mentalmente Pero Grullo–. Este es el referente real del gobierno del pueblo, el contenido de obrante acción popular que existe verdaderamente en los actos reales de gobierno: todo, mucho, poco o nulo... Lo demás son usos fraudulentos del lenguaje, para bautizar con un nombre lo que corresponde a otro concepto.)

En mi caso, vino después la segunda fase del proceso de desilusión; en ese tiempo, decidí no votar a ninguno de los partidos grandes, persuadido de que ellos, como los mayores beneficiados del sistema, nunca introducirían variaciones en el mismo. Rebuscaba en el colegio electoral las papeletas de las formaciones menores, esas que jamás llegan al conocimiento del electorado, por intentar descubrir alguna que no estuviera comprometida con un modelo viciante y viciado.

____________________

Próxima entrega de la novela: sábado, 31 de diciembre.

'Soberano don Nadie'. de Juan Pablo Mañueco. Egartorre Libros. 190 páginas. Madrid, 2005. 14 euros.

Puede adquirir el libro en librerías o realizando un pedido online.

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