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Etiquetas:   relato corto   -   Sección:   Libros

Jurisdicción

Herme Cerezo
Herme Cerezo
lunes, 8 de mayo de 2006, 05:11 h (CET)
Con su barriga prominente, apoyada sobre un grueso cinturón negro, vestido de rojo de la cabeza a los pies, arrastraba su obesidad paso a paso. El saco enorme que soportaban sus espaldas incrementaba la fatiga. Tras apoyar el fardo en el suelo, detuvo su camino para tomarse un respiro. Consultó la hora. Las dos, leyó en el reloj y pensó que todavía le quedaba un buen rato hasta el amanecer. Faltaba poco para que nevase y, a pesar del frío, el hombre se sentía agostado. Restregó un brazo contra su frente para ahuyentar las gotas de sudor que se alineaban, horizontales, sobre las cejas. Levemente recuperado, levantó el saco con ambas manos -la derecha siempre se esforzaba un poco más que la izquierda, algo perezosa-, lo acopló sobre sus lomos y reanudó el paseo. Ahora más lento, más cansino que antes. Inseguro, introdujo su mano perezosa, la izquierda, ya se ha dicho, en el bolsillo del pantalón abombado y extrajo lo que buscaba: una tarjeta pequeña, rectangular y blanca. Bajo el óvalo amarillo que trazaba la farola, releyó la inscripción: Ezequiel Zomeño Parra, calle Pedregal número sesenta y cinco. El hombre de la barba, esto no se ha dicho aún, buscó con la mirada los números de los portales.

- El veintidós, aún falta un poco, exclamó.

Volvió la tarjeta al bolsillo, ajustó su gorro, respiró hondo y prosiguió su viaje.

Otro sujeto, bastante delgado, también con barba, coronado y embozado en una capa amarilla, avanzaba por la misma calle, azuzando al camello que se resistía a seguirle. A fuerza de tirones el rumiante reanudó su marcha articulada y dudosa. ¡Menuda nochecita me estás dando, viejo amigo!, masculló mientras retocaba la corona que bailoteaba insegura sobre su cabeza. ¡Qué paliza estás este año!, protestó el animal, en silencio, claro. El hombre de la capa amarilla escrutó el firmamento.

- Las dos, dijo con voz queda.

La calle fría, adornada con los automóviles aparcados a ambos lados de la calzada, permanecía en calma. Aproximadamente cada veinte metros alguna farola con luz ambarina y un remate picudo iluminaba el recorrido. Súbitamente, giró hacia su montura y leyó la nota pegada sobre uno de los paquetes atados a la giba del camello.

- Ezequiel Zomeño Parra, calle Pedregal número sesenta y cinco.

Inspeccionó el número en que se encontraba.

- El ochenta y siete, vaya, comencé por el final.

Discutió otro poco con el camello antes de reanudar su recorrido. El animal, resignado, obedeció las órdenes y movió sus patas de alambre.

- Lo mismo nieva, observó el monarca.

El sesenta y cinco de la calle del Pedregal era una casa sencilla de una sola altura. Al aproximarse, Melchor descubrió que la puerta permanecía firmemente anclada, igual que los postigos de las ventanas. Afortunadamente no iba a precisar la escalera plegable. Los años no pasaban en balde. Dichosa artritis. Sin embargo, las ventanas cerradas eran un obstáculo con el que no contaba. Aunque era mago, la magia no puede con todo. Tendría que utilizar la ganzúa real para abrirla. Caviló unos instantes para ver cómo lo hacía sin que se notase, sin causar daño, sin que el niño, al que suponía plácida y nerviosamente dormido en el interior de la vivienda, se despertase y rompiese el misterio del seis de enero de todos los años.

Papá Noël no esperaba encontrar compañía a semejantes horas. Tampoco imaginaba el efecto que surtieron sus palabras amistosas.

- ¡Buenas noches!

Sobresaltado por el saludo, Melchor levantó la vista y vio al hombre de rojo. Hombre, lo que faltaba, Papá Noël, la competencia, pensó. Receloso, lo examinó detenidamente antes de responder por pura cortesía.

- ¡Buenas noches!

- ¿Qué, descansando?

No, todo lo contrario, trabajando. Voy a entregar un paquete al niño Ezequiel Zomeño.

- ¡Qué casualidad! Yo también llevo un regalo para el pequeño.

- ¡Ah...!

- Es un tren eléctrico que me pidió en su carta.

- ¡Ah...!

Melchor tenía la perplejidad escrita en el gesto. Algo no cuadraba.

- Debe de tratarse de un error porque yo también le traigo uno.

- Tal vez haya pedido dos.

- No, eso no es posible, los correos reales jamás se equivocan.

- No querrá usted que a estas alturas ponga en duda la eficiencia de mis enanos. Mire, mire, lo pone bien claro en la relación que me han entregado para efectuar el reparto: Ezequiel Zomeño Parra, un tren eléctrico, dijo el hombre rojo mientras le mostraba al rey el albarán de entrega.

Melchor examinó el documento. Efectivamente allí constaba claramente la dirección y el regalo del niño. En los dos mil años que llevaba en el oficio era la primera ocasión que se le presentaba un dilema semejante: dos obsequios iguales para la misma casa. Con toda la dignidad que fue capaz de aparentar para disimular el enojo, Su Majestad alzó su rostro venerable.

- Ah, pues yo pienso entregar el mío, repuso.

- Y yo también, dijo Papá Noël, no vamos a discutir por esto, ¿verdad?

El rey, que había advertido el talante resuelto del barbudo rojo, decidió adoptar una postura un poco más transigente.

- Creo que deberíamos alcanzar un acuerdo satisfactorio.

Ahora, sin embargo, era Papá Noël quien parecía más altivo.

- Se me antoja difícil.

- Pero vamos a ver, hombre de Dios, ¿a qué estamos hoy?, replicó Melchor ligeramente encolerizado.

- A cinco de enero, respondió Papá Noël.

- Entonces huelga toda discusión. Ésta es mi noche. La suya ya pasó. El veinticuatro de diciembre quedó atrás.

- Ah, eso era antes.

- ¿Antes?

- Sí, antes. Actualmente con la superpoblación que hay, lo repartimos en dos veces, sino resultaría imposible llegar a todos los hogares en una sola noche.

- Pues nosotros sí que podemos hacerlo de una sola vez.

- Claro, se cree muy listo. Le recuerdo que ustedes son tres y yo voy solo. Además tienen a los pajes, que también trabajan lo suyo.

- Puede decir lo que quiera, pero ésta es MI noche, está usted en MI jurisdicción. Yo no me entrometo jamás en SU Nochebuena.

- No voy a discutir de jurisdicciones. En este mundo cabemos todos: usted, sus dos colegas, sus pajes y yo. Su Majestad puede hacer lo que le venga en su real gana, pero yo entregaré mi regalo al chaval.

- Desde luego que es usted terco. Americano tenía que ser. Se creen los reyes del mundo, del mambo.

- No nos lo creemos, lo somos.

Hubo un breve silencio. Durante unos instantes los dos personajes recapitularon cómo habían llegado a aquella situación. De nuevo, Melchor optó por una postura dialogante, conciliadora.

- Dado que usted parece decidido a no dar su brazo a torcer, ¿qué tal si lo echamos a suertes.

- ¿A suertes?

- Sí, es muy sencillo. Cogemos una moneda, uno elige cara y el otro cruz y al que la suerte le sonría, cumple con su misión.

- Hombre, la verdad es que no sería mala solución. ¿Y quién elegiría primero?

- Evidentemente, yo.

- Ah, claro, Su Majestad primero.

- No es cuestión de majestad ni de realeza, únicamente de antigüedad en el escalafón.

- Ya.

- Mire, a usted lo inventó la Coca-Cola a mitad del siglo pasado. En esto no hay duda. Yo llevo veinte siglos y pico en el gremio. Usted apenas unas décadas.

- Tampoco es para ponerse tantos moños, a fin de cuentas usted y los otros dos no son más que el pasaje de un libro.

- Sí, pero QUÉ LIBRO.

Súbitamente, a Papá Noël le sobrevino un ataque de risa, risa silenciosa para no despertar al vecindario, pero risa al fin. Melchor, desconcertado, quizá enfadado por segunda vez, preguntó:

- ¿De qué se ríe?

- De su debut. No pudieron hacerlo peor. Vaya metedura de pata y eso que en el LIBRO no pone nada, pero al final todo se sabe.

- No entiendo a qué se refiere.

- Sí, hombre, sí. Me refiero a lo del otro niño. Menuda prisa se dieron ustedes cuando descubrieron su error. Y qué modales.

- ¿Qué otro niño?

- ¿Cuál va a ser?

- Sí, eso, ¿cuál?

- Brian, el de la película.

- Eso es un infundio, una historia que alguien se inventó para desprestigiarnos.

- Ya, ya.

Papá Noël tiró de su cinturón hacia arriba con ambas manos, con energía. Los pantalones se le habían aflojado con las carcajadas.

- Bien, aceptemos que Su Majestad elige primero. ¿Lleva alguna moneda?

- Por supuesto, yo siempre llevo denarios encima.

- ¿Denarios?

Papá Noël dejó escapar una breve rechifla entre dientes.

- Sí, ¿acaso conoce el señor Noël alguna moneda mejor?

- Naturalmente, y más moderna, y con una fuerte cotización en bolsa, la mejor moneda del mundo: el dólar.

- Acabáramos, ya salió otra vez la prepotencia americana.

- Mire, Su Majestad, el denario ya no es moneda de curso legal. No circula. Lo que priva es el dólar y el dinero de plástico: la Visa. Su Majestad no se entera.

- Eso es, el dólar, la VISA. ¡Qué bien! Y luego querrá que nos tomemos una hamburguesa para festejarlo. Seguro que, por aquí cerca, hay algún McDonald’s abierto a estas horas.

- Oiga, esta cuestión es demasiado seria para tanto pitorreo. Además estamos perdiendo un tiempo precioso. Todavía tengo muchos otros paquetes que repartir.

- No me hable de tiempo. No vea lo que nos ha costado llegar este año.

- No me extraña, con ese camello tan famélico que lleva. Si los otros son iguales...

- No, no ha sido por eso. Ha sido por el muro.

- ¿Qué muro?

- Ese que han levantado los israelíes para aislar a los palestinos.

- Bueno, puesto que parece que Su Majestad tiene prisa ahora, progresemos. Aquí va mi dólar.

- He aquí mi denario.

- Siguiendo su teoría, supongo que también tendré que aceptar su moneda porque, aunque ya no se usa, es más antigua que el dólar.

- Amigo Noël, está usted volviéndose razonable, va respetando las canas.

- Dejemos lo de las canas porque mis barbas no son precisamente negras. Supongamos que acepto su dichoso denario ¿cómo piensa entrar Su Majestad en la casa?

- ¿Y usted? Por lo que veo, la vivienda carece de chimenea.

El orondo barbudo repasó el tejado del número sesenta y cinco de la calle Pedregal. No encontró ni rastro de una chimenea. No le iba a quedar otro remedio que entrar por la ventana, solución habitual, o por la puerta, solución de emergencia y mucho menos romántica, casi delictiva.

- Siempre me he preguntado cómo se las apaña para meter sus magras carnes por un conducto tan estrecho y salir siempre limpio al final. ¿Qué hace con el hollín? Además tampoco se quema nunca.

- No le voy a explicar a Su Majestad a estas alturas cómo se hacen los trucos. Acaso ¿no es usted mago? Bueno, acabemos ya. Tire su denario de una vez.

- Yo elijo cruz.

- Como no quiero que piense que mi denario está trucado, le voy a permitir que lo lance usted.

- ¡Qué detalle!

- ¡Faltaría más!

Papá Noël tiró la moneda, que describió una especie de círculo en el aire. Al caer rebotó con el canto de la acera. Desde allí rodó, ante la mirada expectante de los dos personajes, hasta introducirse por la reja de una alcantarilla. El camello, que rumiaba algún resto de comida, fue testigo del sorteo. Testigo mudo, claro está. Y risueño.

- Ni cara, ni cruz, nuestro gozo en un pozo, dijo Melchor.

Luego añadió con resignación:

- Bien, supongo que ahora le toca a usted. Saque su famoso dólar y láncelo.

- Por favor, me ofende su real persona. Poco cortés sería yo si no le permitiese lanzar mi moneda a Su Majestad.

Melchor dejó caer el dólar. El camello, que ya no rumiaba, asistió impasible a la escena por segunda vez. En esta ocasión la fortuna les sonrió y la moneda, tras rebotar un par de veces en el asfalto, bailoteó levemente hasta quedar con su reverso a la vista.

- ¡Cruz!, gritó victorioso el rey, gané yo.

- Sí... ganó usted, reconoció su rival.

Su Majestad se dispuso a entrar en la casa del niño Ezequiel. Entonces comenzó a manotear ansiosadamente entre sus ropajes.

- ¿Necesita algo?

El rey permanecía en silencio mientras hurgaba en sus bolsillos. Sus mejillas se sonrojaron. Fuese cual fuese el objeto de su búsqueda, no lo encontraba. Papá Noël reparó en el apuro del monarca.

- Espere, le prestaré la mía.

- Ah, pero usted ¿también lleva?

- Por supuesto, los americanos, como usted nos llama, siempre estamos preparados para todo.

- Ya veo.

Provisto de la herramienta que le tendía su contrincante, Melchor se encaró con la ventana. La decepción fue enorme al comprobar que no servía.

- Estamos en Europa, amigo Noël, su ganzúa no es europea, no sirve para estas cerraduras.

- No fastidie.

- Compruébelo usted mismo.

El rojo americano observó que el gancho no penetraba por la exigua rendija de la ventana.

- Su Majestad tiene razón, es imposible. ¿Y ahora qué hacemos?

- ¿Qué le parecería si llamásemos a un sereno?

- ¿A un sereno? Su Majestad se ha hecho viejo. Los serenos hace años que no existen. Como resultaban muy útiles, los suprimieron.

- Menuda nochecita llevamos.

Fue entonces cuando Papá Noël se acercó a la ventana, inspeccionándola con detenimiento. Comenzó a carcajearse por segunda vez.

- No creo que sea cosa de reírse, le atajó Melchor cariacontecido.

- Es que usted y yo parecemos dos tontos. Venga, venga y observe. La ventana está abierta.

- No joda... Perdone, esta palabra no debería pronunciarla yo.

- No se preocupe, yo también lo hago a veces. No sirve para nada, pero desahoga mucho.

Rivalidades aparte, resultaba evidente que un profundo sentimiento de camaradería estaba surgiendo entre ambos hombres. A lo lejos, el camello los miraba sorprendido. Aburrido, plegó sus patas y se sentó en la calzada, junto a una farola.

- Bueno, parece que la cosa está clara, dijo Papá Noël mientras introducía su juguete en el saco. Yo aquí ya no hago falta, más bien sobro. Me marcho. Tengo un par de encargos que entregar todavía en esta misma calle.

Melchor se acercó al camello y descolgó la caja del tren eléctrico. Luego abrió suavemente una de las hojas de la ventana e introdujo su pierna derecha, calzada con una babucha real, en el interior de la vivienda hasta desvanecerse completamente en la oscuridad. Papá Noël cargó de nuevo su saco al hombro y ya emprendía la retirada cuando un grito angustiado le sobresaltó.

- ¡Auxilio!

El americano depositó apresuradamente el bulto en el suelo y se aproximó a la ventana abierta. Por allí asomó el rostro del monarca completamente desencajado, pálido, derrotado. Respiraba dificultosamente, como si le faltase el aire. Tenía la piel erizada, de gallina, con los pelos de punta. Sudaba profusamente. Los ojos amenazaban con abandonar sus órbitas. El corazón le latía acelerado.

- ¿Qué le ocurre?

- Arf, arf, por favor, coja el paquete, arf, arf, ... y ayúdeme a salir.

- Se ha puesto usted blanco, ¿se encuentra mal?

- Es que no se puede imaginar lo que he visto.

- ¿Y …?

- Junto al Belén hay un árbol de Navidad y entre los dos hay un trozo de tela clavado en la pared.

- Perdone, Su Majestad, pero no le comprendo ¿Es usted alérgico a los trapos?

- Ni mucho menos, dijo el monarca mientras ganaba la calle y trataba de regular la respiración, pero esto es superior a mis fuerzas. Es una bandera.

- ¿Y qué?

- Es que es una bandera … republicana.

- ¡Ah!, dijo el hombre rojo sin comprender.

- Sí, hombre sí, cómo van a entregar los Reyes Magos un regalo en una casa republicana. Esto no se hace. Esto es un atentado, terrorismo puro, integrismo. Usted no lo puede entender, a fin de cuentas es estadounidense y tienen presidente. Por cierto, sin pecar de indiscreto, ¿vota usted demócratas o republicanos?

- Déjese de chismes, para ser un personaje histórico, Su Majestad tiene muchos prejuicios. Por esa nimiedad va a privar a un niño de la ilusión de los regalos. Es como si yo, porque hubiese un belén, me fuese sin dejar mi obsequio al pie del árbol.

- Lo del árbol aún tiene un pase, pero mire yo soy un hombre de tradiciones y principios. Esa bandera atenta contra la esencia de mi propio ser, de la institución que represento. Usted haga lo que quiera, pero yo no entro más en esta casa.

- Bueno, bueno, pienso que Su Majestad comete un error… en fin, si usted no quiere lo haré yo. Quite, quite.

Mientras Melchor se hacía a un lado, Papá Noël, cargado con su tren eléctrico, introdujo su roja humanidad por la ventana y llegó al interior. Vio el belén y el árbol de Navidad y en medio de ambos la bandera republicana, roja, amarilla y morada. Avanzó de puntillas y depositó el paquete delante del abeto, junto a unos zapatos rellenos con mondaduras de naranjas, debajo de unos calcetines suspendidos en las ramas. Luego regresó a la ventana. Apoyó las manos en el alféizar y llamó a Melchor.

- ¡Su Majestad!

- Ya se ha salido con la suya. Ha ganado ¿No tiene bastante? ¿Qué leches quiere ahora? Disculpe, otra vez los tacos. No sé qué me ocurre esta noche.

- Es que he pensado que ya que hemos llegado hasta aquí, ¿por qué no me da su tren eléctrico y le dejamos los dos paquetes?

- ¿A usted le parece procedente?

- La verdad es que no veo ningún impedimento. Nihil obstat, ¿no se dice así?

Melchor reflexionó durante unos instantes. El amigo americano parecía juicioso en sus palabras. Levantó el tren eléctrico y se lo pasó a través de la ventana abierta.

- Tome, puede que en el fondo tenga usted razón.

Apenas un minuto más tarde, Papá Noël regresó del interior de la vivienda y con inexplicable agilidad ganó la calle de nuevo. El camello, advertido por su amo, ya estaba en pie, listo para continuar con el trabajo.

- Me alegro de que haya cambiado de opinión, dijo.

- Ya veremos cómo se lo explico a Gaspar y Baltasar. En fin, ya me las apañaré.

Chocaron sus manos y cada uno siguió su camino.

Pocos minutos después cayeron los primeros copos.

El siete de enero, un hombre y una mujer estacionaban su vehículo en el aparcamiento subterráneo de unos grandes almacenes. El hombre, delgado, moreno, con gafas de gruesos cristales y expresión miope, abrió el maletero del que extrajo una caja rectangular de medianas dimensiones. La mujer más bajita que él, regordeta, con el pelo recién de peluquería, gesticulaba poderosamente con los brazos y la lengua.

- Desde luego que eres inútil, Mariano.

- Mira, Graciela, no discutamos más. Acabemos de una vez por todas.

- Es que te lo dije, te lo dije por lo menos diez veces. Pero como nunca me escuchas.

- La que no me escuchas eres tú.

- Mira que te lo repetí.

- Diez veces, ya lo has dicho. Oye, peor hubiese sido que no me hubiese acordado. En el fondo la culpa es tuya porque no te fías de mí. Por eso tú también lo compraste.

- Es que con esa memoria que tienes.

- Más que mala memoria, lo que tengo es mala fama, sobre todo en tu cabeza.

- Sí, sí, pero ya no te acuerdas de la cara de Ezequiel cuando vio que había dos regalos idénticos, dos trenes eléctricos repetidos.

- Más vale que haya tenido dos que ninguno.

- Sí, pero casi nos pilla.

Aún discutieron por espacio de varios minutos más, hasta que se perdieron entre la multitud, que se dirigía al tumulto de las rebajas, y alcanzaron la sección de DEVOLUCIONES Y CAMBIOS.

Entonces ella preguntó:

- Llevas el ticket de compra, ¿no?

Y él palideció en silencio.
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