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Etiquetas:   El arte de la guerra   -   Sección:   Opinión

Feliz Navidad

Santi Benítez
Santi Benítez
lunes, 26 de diciembre de 2005, 01:12 h (CET)
Cuando somos más pequeños estas fiestas encierran una gran cantidad de emociones; se nos achucha más, comemos golosinas que sólo vemos durante estos días, en la calle todo es una explosión de color, luz y sonido, la gente siempre parece sonreír y tratarse bien, y lo más importante de todo, nos regalan juguetes – Aunque siempre hay algún familiar desgraciado que se tiene el trabajo de meter en un paquete un pullover, un pijama o unos calcetines. Tienen hasta los huevos de preguntarte eso de “¿Te gusta?” cuando lo abres. De lo que no te enteras cuando eres niño es que por cada dos infantes que reciben atenciones, comen golosinas y ponen mala cara ante el regalo textil de la tía Engracia, hay ocho que no reciben nada, y de esos ocho, cuatro tendrán suerte si logran comer algo.

En estas fechas, un amigo de mi padre que siempre celebraba la Navidad con nosotros y al que llamábamos tío Ramiro, nos leía un cuento en Nochebuena. Recuerdo con mucha claridad dos de ellos: “La niña de las cerillas” de Hans Christian Andersen, y el de Mr. Scrooge, de Dickens. El primero puso a mi madre de muy mala leche y a nosotros nos dejó bastante tristes. El segundo dejó muy pensativo a mi padre ya de natural de por si taciturno. Quizás pensara en su propia niñez y se acordara de mis abuelos y la postguerra. No llegué a preguntárselo nunca.

En mi familia la costumbre siempre ha sido regalar la noche víspera de Navidad, aunque el día fuerte es el de reyes por la mañana. Esa noche todo consiste en algún detalle que nos permitía a los niños jugar hasta las doce de la noche y a los mayores descansar hasta tarde al día siguiente.

La víspera de la Navidad de 1978, yo contaba con nueve años, el tío Ramiro me regaló un tremendo paquete aún envuelto en el papel marrón de correos con sus correspondientes sellos. Lo había mandado a pedir a España. Nunca he sido de abrir los regalos cuidando de que el papel no se rompa, pero en aquel caso, incluso con nueve años, no creía poder romper aquel papel marrón que venía del mismo sitio al que yo sentía pertenecer sin haber estado allí jamás. Al final fue mi hermano el que le dio un tirón ante las risas de los mayores dejando al descubierto – “Ah, es un libro” – Dijo mi hermano, - “Joder, Ramiro” – Dijo mi padre, al que disgustaba mucho que mientras mi hermano jugaba a la guerra den la calle, yo me escondiera tras la mesa de su despacho a leerme los libros que empapelaban las paredes de aquella habitación. Lo que son las cosas, tiempo después mi hermano se dedicó a leer y yo me fui a ver guerras.

El libro era, y es, que aún lo conservo, una edición en piel azul de Romerman Ediciones cuyo título en letras dorads, Andersen Cuentos, en su lomo iba acompañado de un soldadito de plomo cojo y la firma del escritor. La traducción es de Astrid Biering y Luis Diego Cuscoy, e ilustrado por Eugen Dragutescu.

Mucho tiempo después yo seguí con la tradición. Estuviera donde estuviera siempre he leído un cuento a los niños que hubiera cerca la Nochebuena de un libro despeluzado, que también conservo. A lo largo de estos años me he dado cuenta de que los niños, ya sean serbios, bosnios, chechenos, palestinos o congoleños, el cuento que más les gusta es el de “El traje nuevo del emperador”. El que los deja muy pensativos es el de “El patito feo”. Y los dos que menos les gustan son “La niña de las cerillas” y el de “Historia de una madre”.

Para estos niños y en las circunstancias en que los conocía no hubo regalos de Navidad, muchos de ellos ni siquiera sabían lo que era, así que sentarse en medio de una guerra a escuchar un cuento es algo lo suficientemente surrealista como para que lo recuerden durante mucho tiempo.

Zaheb Liev escribió en un artículo que uno de los recuerdos más vividos que tenía de su periplo hasta Georgia, fue un cuento de Navidad que leyó alguien mientras otro traducía. Tengo la sospecha de haber sido yo. Aunque no puedo saberlo con seguridad. Sé que Zaheb viene a Barcelona a finales de marzo y espero poder preguntárselo allí.

El tío Ramiro murió en un accidente de coche en Italia. Seguía soltero y entre sus pertenencias, que mi padre tuvo que ir a recoger a la embajada, había una cartera de cuero crudo marrón que ahora uso yo, un reloj de bolsillo con la inscripción “Tous pour un, et un pour tous” que hizo llorar a mi padre y que usó hasta el día de su muerte, y dos libros de bolsillo; “Historias sobre todo inverosímiles” de Alasdair Gray y un librito de relatos cortos de Silverio Lanza.

Ese tío adoptado, en un brindis navideño, dijo algo que aún está grabado en una cinta de cassette de sesenta minutos.

“Siempre que se brinda en Navidad decimos eso de ‘Paz y felicidad en la tierra a los hombres... y mujeres, y mujeres (Risas) de buena voluntad’. Lo decimos porque sabemos que hay demasiada mala voluntad que ya se encarga de que la paz y la felicidad sean bienes tan caros y escasos.
Hoy, esta noche, quiero brindar por los que ya no están, por los que deberían estar y no pueden, y por todos y cada uno de los que ahora mismo no encuentran su camino... Porque lo encuentren. Salud (Ruido de entrechocar de copas y aplausos).”

Paz y felicidad en la tierra a los hombres (y mujeres) de buena voluntad.

Suena de fondo “Somewhere over the rainbow”, de Kamakawiwoole...

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