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Etiquetas:   Novela por entregas   -   Sección:   Libros

Soberano don Nadie (XXI)

Juan Pablo Mañueco
Redacción
sábado, 21 de enero de 2006, 00:10 h (CET)






Soberano don Nadie en el país de
los poderes políticos verticales

Don Quijote y Pero Grullo en acción

Resumen de lo publicado

Don Quijote y Pero Grullo han acudido a la votación municipal que decidirá o no el nacimiento de la región autonómica de Castilla-La Mancha, a lo que ambos personajes se oponen, puesto que consideran que ellos pertenecen al acervo cultural común de toda Castilla, según quedó establecido por sus creadores. En el Salón de Plenos municipal, los concejales del equipo de Gobierno aún no saben qué deben votar, porque no les llegan las órdenes precisas desde su Ejecutiva Central, pero el alcalde acaba de recibirlas ya por teléfono.)



(Varios concejales del Gobierno indican por señas al señor alcalde la gravedad de lo que ocurre al fondo de la Sala. Otros le hacen gestos interrogativos para saber si ya hay una orientación concreta sobre el sentido del voto. Uno de ellos, de manera más ostensible, se lleva las manos al cuello y tira con fuerza hacia arriba; como el alcalde no comprende, señala al público, y luego se pasa el índice por la garganta, de izquierda a derecha.)

EL CONCEJAL OSTENSIBLE: (En vista de que el alcalde sigue sin entenderle, se dirige a su compañero de escaño.) Hoy, no lo sé; pero otro día esto puede costarnos más que las elecciones.

(Las gorras municipales, ante una indicación del alcalde, proceden a desalojar a los manifestantes. Se recrudece la algarabía y las tensiones, hasta que el último de los alborotadores es expulsado del Salón de Plenos. Sólo quedan en él los periodistas y algunos ciudadanos con expresiones de asombro, además de don Quijote y Pero Grullo.)

EL ALCALDE: Recuperada la normalidad que requiere nuestra democracia, vamos a proceder al trámite de la votación de la moción municipal presentada por nuestro grupo.

Ha concluido el periodo de reflexión que nos habíamos concedido los miembros del Pleno para evacuar consultas mutuas. Procedamos ahora a la votación, que se efectuará a mano alzada.

EL CONCEJAL IDIOTA: (A su jefe de grupo.) Pide votación secreta: es el único modo de que tengamos un voto en conciencia.

EL JEFE DE GRUPO: Mira, en eso puede que tengas razón. Voy a ver si me escuchan.

EL OTRO DE ESTE GRUPO. No te escucharán... Pero es que, además, esta vez tienen excusa. Recuerda que hay que llegar a una votación antes de las doce de la noche, o acabará el plazo para pronunciarse.

EL JEFE DE GRUPO. ¡No me vengas tú...! ¡Como si no supiéramos que los relojes se paran en el instante que se quiera, si conviene...! ¡a ver si la clase política no vamos a tener la potestad de imponer ni la hora que nos pete en el reloj! ¡Y no me salgas con lo de la UCD, que aquello fue otra historia!

PERO GRULLO: (A don Quijote, mientras el Pleno municipal se enzarza en nuevas disquisiciones sobre la conveniencia o no del voto secreto.). Cosas veredes que farán fablar a las piedras, como dijo el sabio. ¡Vaya tropel de atropellos, don Alonso! Esta Magna Asamblea no sé yo si será más excelentísima que aquella otra a la que acudimos hace unos días, o lo será menos; pero aquí tienen peor estudiado el papel representativo, porque aún no saben qué hacer.

DON QUIJOTE: ¡Ni yo tampoco! ¡Como que no van a dejar ni un milímetro de tierra con el nombre de “Castilla”...! Y entonces yo, a partir de ahora... ¿en qué lengua me expreso?

PERO GRULLO: Lo dicho, mi señor don Quijote, no llegan ni a Pero Grullo.

DON QUIJOTE: Ciertamente, maese Grullo, que me encuentro ante un descomunal dilema. O permanecer mudo desde este punto y hora, porque me proscriben el idioma, o intervenir en este desaforado entuerto, para defender la evidencia.

PERO GRULLO: Imposible, don Alonso: no dejan intervenir al pueblo.

DON QUIJOTE: ¿Y será más posible que no vean unas razones tan averiguadas?
PERO GRULLO: Les ciega la codicia de los cargos.

DON QUIJOTE: ¿Ninguna solución, por tanto?

PERO GRULLO: Ninguna, don Alonso, el poder hará como siempre lo que quiera: hasta legalizar el absurdo y llamar locos a quienes no lo acepten.

DON QUIJOTE: El Retablo de las Maravillas otra vez ante nuestros ojos.¡Por mi fe, que estoy a punto de hacerles menudear mandobles, tajos y reveses como llovidos!

PERO GRULLO: Si al menos pudiera ver la gente cuanto aquí está sucediendo. Aunque por congraciarse con los que mandan y sentar plaza de adepto, aquí dirían que ven ética y razón hasta quienes menos alucinados estén por las propagandas.

DON QUIJOTE: ¡No puedo contenerme por más tiempo!

PERO GRULLO. Porque los libros de Historia, los discursos oficiales, los programas obligatorios de las escuelas... contarán después otra cosa. Y pagará toda esa alucinación también el dinero del pueblo.

DON QUIJOTE: ¡Estos malandrines son peores que el mago Frestón, que tuve por mi grande enemigo de otras épocas! ¡Y mucho más sabios embaucadores para favorecer en el combate los intereses de sus amigos, como ocurría con aquel!

PERO GRULLO: Y también los sueldos que cobrarán por esta farsa, y las campañas propagandísticas con las que se ganaron su impunidad para mentir, y las campañas menteca(p)tatorias que programen para sus alucinaciones siguientes...

DON QUIJOTE: ¡Con mayor motivo merecerían que entrara en combate desigual contra estas cobardes y viles criaturas! ¡Aunque un solo caballero sea quien les acometa!

PERO GRULLO: (Tranquilizándole). Teneos, don Alonso, todo el poder es suyo. Menos el poder de la verdad.

DON QUIJOTE: Pero, ¿qué tienen contra la Sagra o contra el valle de Alcudia, contra Montiel o contra Alcaraz, contra los Montes o contra el Campo de Calatrava?

¿Por qué no llaman a su engendro Castilla-Las Serranías o Castilla-La Alcarria, Castilla-Las Riberas o Castilla-Las Campiñas, o con el nombre de cualquiera otra comarca castellana, que es lo que siempre ha sido la Mancha?

PERO GRULLO: Por el mismo motivo que no bautizan a su engendro como “Castilla-La Marte” o renombran desde ahora a sus súbditos con el apelativo de “castellano-marcianos”... Porque no quieren. Pero sería parejo dislate al que aquí está ocurriendo. Un capricho tamaño.

DON QUIJOTE: ¿Y quién le va decir ahora al señor de Cervantes que su patria alcalaína también se ha quedado fuera del invento, y que él mismo ya no podrá tenerse nunca más por un escritor castellano?

PERO GRULLO: Mucha lógica exigís a esta asamblea, don Alonso. ¡No dan para tanto!

DON QUIJOTE. ¿Y quieres que me contenga, Pero Grullo?

PERO GRULLO: Eso aconsejo a voacé, mi señor don Quijote. Ved que las gorras municipales entrarían pronto a detenernos, con dinero que también sale del pueblo contra el que aquí están conspirando. No hay solución.

DON QUIJOTE: ¡Por mi fe que si me lanzo a despachar pellejos estos felones recordarán el día y la hora en que toparon con la fortaleza de mi brazo!

PERO GRULLO: Nos desalojarían, y ni siquiera podríamos dar cuenta real de las urdimbres que están tramando.

DON QUIJOTE: ¿Crees que no me basto para desfacer yo mismo este sindiós?
PERO GRULLO: No en este momento, don Alonso. Observad que, más bien, se trata de un sin-pueblo. Conseguiremos más comunicándole la verdad.

DON QUIJOTE: ¿Y dejar que estos felones prosigan con su entuerto, el crimen de lesa Historia y de lesa Patria que por algún motivo oculto quieren perpetrar?

PERO GRULLO: Es un crimen tan sin sentido que, en el fondo, ha de darles más quebraderos de cabeza que satisfacciones. Ya se está viendo.

DON QUIJOTE: Pero, además, ¿quiénes son estos para tomar decisiones que no habían anunciado, qué intereses representan, quién habla por su boca y quién mueve los hilos de la mano titiritera con la que votan? Esto es un gran guiñol como se ha visto en pocos retablos.

PERO GRULLO: Quién mueve a éstos... yo no os lo puedo responder, don Alonso.

Llevo todo el tiempo preguntándome a quién beneficia este fraude; qué voz es la que ordena al otro lado del teléfono; y qué obediencias deberá cumplir esa voz, porque tampoco quien mueve los hilos de esta pantomima sirve a sus propios dictados... Por eso desde el teléfono no llega una orden clara.

DON QUIJOTE: Nadie puede tomar una decisión así, sino el pueblo castellano. ¿Por qué nadie le permite expresarse, por qué nadie le consulta de una manera concreta? ¿Quién decide por él desde arriba, sin aviso y por la espalda?

PERO GRULLO: ¡Don Alonso, si éstos toleraran tomar decisiones concretas al pueblo... creerían en la democracia!

DON QUIJOTE: ¿Y no creen?

PERO GRULLO: Lo suyo es fementir, prometer lo que no piensan hacer, hacer lo que no han anunciado que harían, servir a la nobleza política que les pone y les quita dentro de sus partidos verticalistas y arrodillarse todos ellos, incluida la nobleza política, ante los grandes intereses económicos que mandan a través de sus actos... Al pueblo sólo lo tienen como comparsa y pagano.

DON QUIJOTE: Al menos, no estará mal que les diga algunas verdades de las que pienso de ellos.

PERO GRULLO: (Para contener una vez más a don Quijote, que hace ademán de levantarse, le toma suavemente por el brazo.) ¡Sosegaos, don Alonso! Estos no escucharían a nadie. Están ciegos y sordos de ambición por los momios que ya tienen y por los que esperan obtener de quien les mande.

DON QUIJOTE: ¿Nos resignaremos nosotros también a que impongan su capricho estos padres verídicos de la farsa y putativos de la patria, estos testaferros de la obediencia perruna, estos dictadores suplentes de la eterna dictadura de los fuertes sobre los pueblos?

PERO GRULLO: Si ya todo lo que permiten verazmente a la gente, sea cual sea la forma en que revisten su dictadura, es la de pagar dócilmente los impuestos que ellos les marquen ¿por qué se iban a avergonzar de imponerle también esto? Es el sistema de poder, de antes o de ahora, el que así lo impone.

(Los concejales parece que han terminado sus deliberaciones. La oposición retorna a sus escaños entre muestras de descontento, también ocupan sus escaños los ediles gubernamentales expresando, generalmente, parecido malestar.)

EL ALCALDE: Se va a proceder a la votación final. Ocupen sus escaños. El voto se efectuará a mano alzada.

PERO GRULLO: (A don Quijote, en voz baja puesto que el silencio oficial va imponiéndose, dada la solemnidad del momento.) El asunto ya está visto, don Alonso. El emperador del teléfono ya tiene la mayoría absoluta que requiere. No creo que ningún acólito del equipo de Gobierno decida suicidarse políticamente, en pro de las bicocas que disfrutan y de las que esperan.

Salgamos de aquí, don Alonso, que esto hiede a podredumbre, a ciénaga y a descaro.

(Ambos se levantan y caminan hacia la puerta de la izquierda por donde se abandona el Salón de Plenos. Éste ha quedado desierto: sólo la clase política y la prensa. El fotógrafo oficial del Ayuntamiento prepara sus cámaras.)

PERO GRULLO: (Al llegar al umbral de la puerta, gira lentamente sobre sí mismo y grita a la concurrencia.) ¡Me quito el cráneo y os lo arrojo, que os hace más falta a vosotros, reunión de descerebrados!

DON QUIJOTE: ¡Y yo os ensarto en mi desprecio!

(Las gorras municipales se abalanzan sobre los dos insumisos y los inmovilizan. Don Quijote se desembaraza de los guardias y libera también a Pero Grullo, que se apoya en el fuerte brazo de don Quijote. Ambos salen.)

* * *

(Afueras del Palacio Municipal de Guadalajara, un caserón de principios del XX, con una torre campanil a uno de sus lados. Todos los escudos del poder en sus muros y gran despliegue de banderas que asoman por la balconada. Plaza porticada de evidente estilo castellano. Noche ya muy entrada. Don Quijote y Pero Grullo salen por la puerta principal y caminan juntos hacia la calle Mayor.)

DON QUIJOTE: Nada de lo que hemos visto pasará a la Historia como lo acabamos de ver, maese Grullo.

PERO GRULLO: Nada, don Alonso. La Historia no existe.

DON QUIJOTE: (Perplejo.) ¿Quieres decir que la Historia la escribe el vencedor?

PERO GRULLO: No solamente quiero decir eso, don Alonso, sino... lo que he dicho.

DON QUIJOTE: ¿Y cómo no ha de existir la Historia, si es la base de los seres y de los pueblos?

PERO GRULLO: Os estáis refiriendo a la Historia que se enseña en la escuela, ésa que escribe el vencedor... Yo he ido más lejos.

DON QUIJOTE: ¿No existimos nosotros, Pero Grullo? ¿No existe esta ciudad o esta calle? ¿Ni aquella plaza que hemos atravesado, ni lo que ha sucedido en su indigno Ayuntamiento? ¿Ni aquella otra iglesia barroca a la que nos vamos encaminando, ni quienes la mantienen, ni quienes la erigieron? ¿No existe nada de todo eso?

PERO GRULLO: Existe la realidad, no la Historia

DON QUIJOTE: ¿Y no ha de ser lo mismo?

PERO GRULLO: ¡Cómo podría serlo! ¡En ningún modo! ¡Son planos diferentes, en uno de los cuales ya interviene el humano artificio!

DON QUIJOTE: Alguna vía habrá para que Historia y realidad se junten

PERO GRULLO: Lo impide el tiempo, que todo lo mueve, don Alonso, y más aún la limitación de quien lo relata, para abarcarlo todo. Ésa es su imposibilidad... La realidad existe, pero no dura. La Historia no existió, ni existe, sólo que alguien compuso su artificio.

DON QUIJOTE: ¿Quieres decir que todo es fábula?

PERO GRULLO: En la Historia, necesariamente.

DON QUIJOTE: ¿Luego miente quien no titule un libro de Historia como “Fábula de los sucesos que acontecieron en tal siglo o en tal época”?

PERO GRULLO. Sin duda... Y aún es mucho peor y entraña mayores riesgos si él mismo se cree que su Fábula es verdadera.

DON QUIJOTE: Corrosivo te veo, amigo Pero.

PERO GRULLO: Un tantico adiestrado en seguir el curso de la Lógica, don Alonso, por puro hábito y necesidad. Adónde le conduzca a uno esa fiel instructora... ya es materia distinta y, en ocasiones, peligrosa.

DON QUIJOTE: Por tanto, ¿ni nosotros mismos podríamos contar lo que ha sucedido verdaderamente en ese Ayuntamiento?

PERO GRULLO: No, ni aunque fuera ese nuestro propósito consciente. Nos faltas datos... No sabemos las motivaciones clandestinas o internas de cada uno... Nada conocemos de lo que ocurría al otro lado del teléfono, ni de las presiones que sufría quien estuviera al otro lado de la línea, por su parte... Ni de lo que buscaban en realidad cada uno de ellos.

¿Cómo saber los impulsos y propósitos de quienes se manifestaban?

¿Cómo transmitir las circunstancias, el ambiente, el estado de ánimo de cada cual; lo que les ocurrió ayer, lo que temían uno por uno que pudiera ocurrirles mañana, las mil ideas leales o desleales que le cruzaban por la cabeza, las noticias personales que le acababan de dar, lo que imaginaban que les ocurría en ese momento a los seres que cada uno tuviera en su pensamiento, todo lo que le influyó en sus vidas o en las últimas fechas hasta que cada quien llegó a ser lo que era y a tomar una decisión u otra...?

No, no podemos juzgar, porque nada sabemos. Es imposible transmitir todas las fuerzas que confluyen en un segundo de universo, ni siquiera en uno de sus puntos, como éste en el que nos encontramos.

Lo que se diga después, artificialmente, será un extracto parcial, un fragmento cósmico difuminándose... Incluso si no hubiera voluntad manifiesta de falsear los datos, por parte de los vencedores, que también sabemos su fuerza.

DON QUIJOTE: Y la habrá, sin duda, amigo Pero. Desde el instante que ellos controlan la pluma que escribe la historia oficial y que, como humanos, buscarán justificar sus privilegios: incluso ése, el de escribir la Historia y hacer que se enseñe de un modo u otro distinto.

PERO GRULLO. Así es, don Alonso... Por eso, será mejor que no entremos en el capítulo de las interpretaciones. A lo sumo, la efeméride, eso quedará, lo cual también es otra falacia, porque ignora todas las demás, que quizá serían más importantes para el resto de los infinitos seres. De las valoraciones, ya puramente subjetivas, no puede admitirse nada. Cada generación, cambia la Historia oficial: ved su consistencia... Nada es la Historia, sino lo que en cada época conviene decir sobre ella.

DON QUIJOTE. De modo que cuanto hemos visto esta noche, ¿debe quedar para nosotros?

PERO GRULLO: Será una parte de la realidad. La que hayamos visto. Y otra más pequeña aún la que logremos transmitir... Pero desde luego, mañana mismo comenzarán a contradecirse ya las distintas versiones, en los periódicos. Y todas ellas comenzarán a tener su parte de mentira; cuando no sean, desde el principio, una mentira absoluta y programada.

DON QUIJOTE: Así pues, ¿tampoco debemos fiarnos de los textos escritos, fuente de la Historia?

PERO GRULLO: Se miente mucho más por escrito que de palabra, don Alonso. Hay más tiempo y más alevosía para hacerlo. Y, desde luego, más intereses: de los textos escritos brotan los provechos.

(Pero Grullo señala una escena a su interlocutor, que se vuelve hacia ella. Al fondo de una plaza adonde acaban de llegar, más amplia que la anterior, junto a una fuente que representa una figura mitológica, vomita el fotógrafo que habíamos visto en el Salón de Plenos, pidiéndole consejo a su plumilla-jefe).

PERO GRULLO: ¿Podemos saber sus motivos, don Alonso...? Acaso, acaso pudiéramos demandárselos... Pero no será eso lo que reflejen mañana los diarios ni lo que él mismo firme en sus fotos.

Ese pobre desgraciado firmará lo que le exijan; no la náusea que le ha llevado hasta ese rincón. Ni las causas que le llevaron a hacer o a no hacer lo que hizo o no hizo, a consentir o a resignarse, a encogerse de hombros o a plegarse ante el rodillo del poder, pensando en lo que se jugaba o en lo que le convenía, en lo que le habían prometido o en lo que le amenazaban....

Tampoco conseguiríamos nada averiguándolo, inquiriéndole a relatarnos sus motivos personales: fragmentos de un infinito inabarcable, que ocurrió, pero que ya se difumina para siempre...

La Historia, mientras tanto, la está escribiendo el señor secretario del Ayuntamiento, y ahí pondrá lo que le manden. Para eso fue contratado, y por ello, por su sometimiento al poder oficial, es fehaciente.

(Don Quijote y Pero Grullo reemprenden el camino, ahora de manera silenciosa. Cabizbajos, abatidos, no tanto don Alonso, el cual, de cuando en cuando, eleva su rostro al infinito, en actitud de estar buscando una respuesta a las profundas dudas en que se encuentra sumido, sin lograrlo. Luego gira la cabeza y vuelve a observar los pasos por donde han venido. Musita: “Siralvo, Siralvo, todo se ha perdido”, y después: “No escucha el alto monte mis enojos, y el llano de escucharlos se ha cansado; y así, un pequeño alivio al dolor mío no hallo en monte, en llano, en prado, en río”.

La calle Mayor se estrecha, poco antes de servir de entrada a una plaza más espaciosa que las anteriores, a cuyo fondo se alzan las torres de una iglesia renacentista, airosa y elegante como sus piedras blancas. Ambos paseantes cruzan la desierta plaza, flanqueada a uno de sus lados por copas seculares de frondosas coníferas.

Cuando alcanzan las inmediaciones del templo, se detienen a contemplarlo. Al poco... junto a la iglesia de San Ginés, Don Quijote y Pero Grullo, en silencio, lloran.)

____________________

Próxima entrega de la novela: martes, 27 de diciembre.

'Soberano don Nadie'. de Juan Pablo Mañueco. Egartorre Libros. 190 páginas. Madrid, 2005. 14 euros.

Puede adquirir el libro en librerías o realizando un pedido online.

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