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La CEI tiene futuro

Alexei Makarkin
Redacción
domingo, 25 de diciembre de 2005, 01:25 h (CET)
El decimocuarto aniversario de la CEI da motivo para analizar la experiencia atesorada en el funcionamiento de este organismo y sacar ciertas conclusiones.

¿Habrá justificado las esperanzas la CEI como organización? Claro que no, estiman aquellos que la consideraban como retroceso forzado en vísperas del restablecimiento de la Unión. Sin embargo, la restauración de la URSS era una idea utópica, capaz de reproducir la situación de la ex-Yugoslavia, donde el intento de conservar la unidad del país propició el desarrollo dramático del acontecer. En cambio, la CEI devino plataforma para concordar intereses, la mera existencia de la cual contribuía a dar solución compromisoria a los problemas en litigio y, si no cancelar, al menos mitigar los conflictos.

¿Significará esto que la CEI fuera solamente una forma del “divorcio” civilizado de los países de la ex URSS? No del todo. De no haber existido la CEI, no hubieran sido sentadas las bases para que algunos Estados del espacio postsoviético optaron –aunque no de inmediato- por la integración en las nuevas condiciones. Precisamente el proceso permanente de concordancia de intereses en el marco de la CEI, calificado en muchos casos de rutinario y de escaso interés, contribuyó a formar un sistema nuevo de organizaciones interestatales lidereado por Rusia. Procede señalar las estructuras como la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC), la Comunidad Económica Euro-Asiática (CEEA) y el Espacio Económico Unico. Se imponen analogías con el proceso integracionista europeo que comenzó también por la formación de las organizaciones defensiva y económica y condujo a la creación de la Unión Europea. Conviene señalar que hace poco el número de países “prorrusos” aumentó a costa de Uzbekistán que establece contactos cada vez más estrechos con Rusia en materia de la política militar.

Otra cosa es que la CEI no pudo promover la supertarea que fuera capaz de unir a todos los países partes de la Comunidad. Este problema acusa el carácter objetivo: resulta muy difícil elaborar una idea igualmente admisible para los países tan distintos como Tayikistán y Ucrania, Georgia y Turkmenia. El internacionalismo soviético dejó de existir, pero no todos los Estados, ni mucho menos, consideraban la idea de aproximarse con Rusia como la más atractiva. A título de ejemplo diremos que Turkmenia utiliza al máximo su papel de “país exportador del gas” que tiene la posibilidad de observar la distancia con respecto a otros Estados. En este sentido, no causa asombro su nuevo estatus asociado en el marco de la CEI.

Además, en varios países se estaba formando una nueva élite “westernizada” que dirige su mirada a Occidente (al mismo tiempo, se trataba ante todo de los políticos “centroderechistas”, aunque en Moldavia, por paradójico que parezca, entre los occidentalistas figuran también los comunistas). Esta élite elaboró una nueva supertarea: la de conseguir que sus respectivos Estados se incorporaran a la Europa unida, sea en un futuro remoto. Rusia se consideraba obstáculo en este camino.

La postura de esta élite contó con el apoyo de Occidente, por el momento, moral las más de las veces. Los líderes occidentales no pueden aún ofrecer a sus pueblos la perspectiva de vivir en una “casa común” con los ucranianos y los georgianos, teniendo en cuenta que dichos pueblos manifiestan discreción respecto a la incorporación a la Europa unida de Turquía, este miembro “histórico” de la OTAN. Sin embargo, tienen otras posibilidades; por ejemplo, el proceso permanente de diálogo y gestos positivos pequeños, que se repiten con frecuencia. Todo esto permite crear la sensación de permanente proceso integracionista que en una determinada etapa puede devenir irreversible. Hacia entonces, a juicio de los líderes occidentales, podrán aparecer condiciones para efectuar una integración real. En efecto, a principios de la década del 90 pocos podían suponer que los países bálticos llegaran a ser miembros de la OTAN y la UE.

Así apareció el fenómeno de las revoluciones “de color” que puso en tela de juicio la existencia de la Comunidad. Por un lado, la creación de la Comunidad de Elección Democrática (CED) es de hecho una alternativa a la influencia rusa en el espacio postsoviético. Por el otro, la propia Rusia comenzó a hacer distinción rígida entre los países de la CEI. Los países que forman parte del círculo “estrecho” de aliados de Rusia en la OTSC y la CEEA conservan sus preferencias habituales, pero aquellos que optaron por la vía de desarrollo “occidentalista” “se liberan” de la tutela rusa no sólo en la política sino también en la economía. Dicho en otros términos, ellos tendrán que pagar por los agentes energéticos según las tarifas próximas a las mundiales.

De este modo, la CEI atraviesa una crisis. Pero ¿significará ésta el fracaso de la Organización? Hay fundamentos para decir que no. Tanto Rusia como sus aliados más allegados y los países de ánimos “occidentalistas” no están dispuestos a renunciar a los tratados firmados en el marco de la CEI concernientes a los intereses tanto de los Estados como de sus ciudadanos en lo político, económico y humanitario. No es casual que Georgia que por más de una vez declaraba la posibilidad de salirse de la Comunidad, hasta ahora siga siendo su miembro.

Procede señalar que en perspectiva histórica podría suceder que los países miembros del CED abandonen la CEI. Pero esto tendría lugar solamente en el caso por nada garantizado de que la eurointegración se haga realidad para esos Estados. Sin embargo, también en este caso la CEI podrá conservarse, pero en forma reducida, posiblemente, bajo un nombre distinto y como un proyecto integracionista prorruso más “avanzado”.

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Alexei Makarkin es Subdirector General del Centro de Tecnologías Políticas, para RIA Nóvosti.

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