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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Holocausto

Francisco Belvedere
Redacción
viernes, 23 de diciembre de 2005, 23:14 h (CET)
El diccionario de la Real Academia define holocausto como una 'gran matanza de seres humanos'. Esto son sólo palabras para nosotros los mortales, que no tuvimos que vivir esa horrorosa experiencia. En el siglo pasado hubo otros casos de genocidio ('exterminio o eliminación sistemática de un grupo social por motivo de raza, etnia, religión, política o nacionalidad', según el mismo diccionario) de igual importancia y dolor. No importa el número de muertos y sí lo métodos aberrantes utilizados para estos fines.

En la Argentina tuvimos la dolorosa experiencia de la dictadura militar del 76 que dejó una generación mutilada en su composición y a los sobrevivientes en su ser. Al igual que en Chile, la barbarie no tuvo límites. Aquí fueron juzgados y condenados tan solo las tres juntas militares que dirigieron el proceso. ¿Pero qué pasó con el resto de la cadena de mando que ejecutó y llevó a cabo las torturas y violaciones de tantos hermanos? ¿Cuál es el motivo que impulsa a un ser humano a sacar lo peor de sí y aplicar tormentos y vejaciones infames a sus semejantes? Esta es la pregunta que siempre me hago cuando veo todo este horror, como en estos días he visto por televisión las declaraciones en el Juicio a las Juntas. Quizás quien mejor desarrolló este dilema entre la autoridad que cada uno tenemos para decidir sobre la vida de otro y el castigo por hacerlo fue el gran escritor ruso Fedor Dostoievski, en 'Crimen y castigo' con su personaje Raskólnikov, quien por su afiebrada mente pasaron las más diversas teorías sobre la muerte de un ser que según él no merecía la vida y que luego de consumado su crimen se entrega a la justicia con un arrepentimiento irreparable.

Como vivieron y ejecutaron las órdenes los soldados alemanes que llevaron a los judíos en esos trenes rumbo a la muerte y los que, peor aún, los conducían engañados hasta la cámara de gas. No era uno ni algunos, sino miles de hombres que continuaban con su rutina a diario como una tarea más de su labor, al igual que los subalternos argentinos convivían con los miles de detenidos que luego eran arrojados al Río de la Plata con un balde de cemento en sus pies.

En otro interesante trabajo, el del escritor uruguayo Mario Benedetti en 'Pedro y el Capitán', hay un intento de comprensión de una de las manifestaciones de la violencia engendrada por sistemas políticos represivos. En el tenso diálogo desarrollado en la sala de interrogaciones entre víctima y victimario no existe un enfrentamiento de un monstruo y un santo, sino de dos hombres, dos seres de carne y hueso, ambos con sus debilidades y con tenacidad. La distancia que los separa es, sobre todo, ideológica; y ahí esta la clave de otras diferencias, que comprenden temas tan susceptibles como la moral, el ánimo, el dolor humano, el coraje y la cobardía, la poca o mucha capacidad de sacrificio, la brecha entre la traición y libertad. La obra busca hallar respuestas al por qué un ser normal puede convertirse en un torturador.

Pero todavía no encuentro respuesta para los miles de participes de estas matanzas organizadas y planificada por seres sin reparos ni apego a la vida. Quizás el ser humano, ante situaciones límite, se ve obligado en algunos casos por temor e incapacidad a la obediencia ciega y en otros, en su afán de superación social inescrupulosa y egocentrismo, cumplen las órdenes más allá incluso de lo previsto. Pero todo esto es característico del alma humana. Tal vez existan miles de explicaciones psicológicas para este fenómeno, pero aún subyace el peligro del renacer de nuevos 'iluminados' que intenten imponernos sus concepciones mediante estos atroces métodos.

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