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Una noche canalla

Herme Cerezo
Herme Cerezo
viernes, 23 de diciembre de 2005, 23:14 h (CET)
Pasamos la vida manteniendo un equilibrio precario entre la depresión y la ansiedad; el día y la noche; el frío y el calor; la salud y la enfermedad; lo bueno y lo malo; la derecha (¿dónde quedó el centro?) y la izquierda; la unidad y la escisión. Y cuando perdemos la estabilidad, caemos en la melancolía o en la desesperación. Eso es la Nochebuena hoy, un espejo de nuestra existencia. Un arma de doble filo, un cable de funambulista, el borde de un precipicio.

La Nochebuena de los enfermos es triste, solitaria y doliente. Todo lo contrario que sienten quienes están sanos. Pocas cosas hay en la vida más crudas que una Nochebuena de hospital. Mientras las familias se reúnen, cenan y parlotean, los enfermos permanecen encamados, posiblemente sedados, casi seguro entubados e inmovilizados. Y no olvidemos a quienes, arrebujados en una manta cuartelera, cuidan de sus seres queridos en el lecho de dolor. Enorme, inmenso sacrificio el suyo. Les aseguro que sé bien de lo que hablo. Un sacrificio, además, bidireccional porque la misma soledad de los pasillos muertos, la misma tristeza que ellos sienten en el silencio de una fecha tan señalada, la percibe el resto de la familia que esa noche los echa de menos a los dos: al enfermo y a su cuidador, mientras mira sus sillas vacías en torno a la mesa, las mismas sillas que uno y otro ocuparon otros veinticuatros de diciembre.

Y no olvidemos a las personas que trabajan esa noche: enfermeros y médicos de guardia, policías, taxistas, camareros, limpiadores, conductores de autobús ... Ni a los que tampoco esa noche, para ellos otra noche más, tienen donde caerse muertos: sinpapeles que pudren su inexistencia oficial debajo de un puente, mendigos rebozados con cartones, carpantas de la vida, olvidos del presente, desheredados del futuro, huérfanos eternos ...

Vivimos una sociedad cretina y despiadada, que otorga a la Nochebuena un rango especial, tan especial que hace felices a unos y desgraciados a otros. El equilibrio insostenible que aludía al principio.

Y lo mas curioso, oigan, es que su origen es una conmemoración religiosa: el nacimiento de Jesucristo en Belén (etimológicamente, tierra del pan), un acontecimiento que parece perdido en la larga noche de la memoria. Porque, ¿realmente celebramos la Nochebuena como fiesta religiosa o, simplemente, pretextamos un banquete para hinchar las tripas con caldos espumosos y viandas suculentas? Hemos perdido el carácter sagrado de esta fecha. Nos daría igual poner un nacimiento que plantar un obelisco. Conservamos únicamente la infraestructura, la vertiente comercial del evento, la forma aparente y falsa. Hemos convertido una fecha mítica en una vacua efeméride, carente de sentido.

Esta sociedad, teóricamente aconfesional, se ha transformado en un ente esquizofrénico, sin rumbo, desclasado, que celebra fiestas que no le corresponden. ¿Por qué no sustituimos estos fastos por otros? El nacimiento o la muerte de san Carlos (Marx) o de Rousseau o del Che Guevara, por ejemplo.

Si navegamos no por Internet, no, sino por el calendario observaremos que un porcentaje elevado de las fiestas oficiales corresponden a festividades religiosas. ¿Por qué las celebran los agnósticos si, teóricamente, parecen reservadas a los creyentes, a los cristianos? ¿Por qué sienten un tremendo desencanto cuando las circunstancias les impiden hacerlo? ¿Por qué no renuncian a ellas en favor de otros acontecimientos más acordes con sus creencias o, mejor dicho, sus no creencias?

¿A qué juegan?

¿A qué jugamos?

Con toda propiedad, un psicoanalista diagnosticaría que nuestra sociedad es carne de diván, que precisa de una intervención terapéutica, de un psicoanálisis. Predicamos unos valores y practicamos otros. ¿Para cuándo un reciclaje social? ¿Para cuándo una reeducación? ¿Para cuándo una adecuación a la realidad? De este modo, nos ahorraríamos frustraciones e incongruencias y, sobre todo, esa absurda guerra de declaraciones constantes en los medios de comunicación, que estos días nos asaltan y nos llenan la mente de confusión y desencanto.

Y si realmente esto no es así, es decir, si no somos tan agnósticos como aparentamos, ¿por qué no reconocer libremente que no podemos renunciar al aspecto mágico de nuestra vida? Ese que, oficialmente, todos despreciamos. Pura boquilla, pura “mentirola”.

Tras darle muchas vueltas, tras buscar por todos lados, Internet incluido, of course, sólo vislumbro una respuesta para descifrar este enigma: y es que en el fondo, a todos nos gustaría que nuestra vida no tuviese final, que hubiese algo más, algo o alguien que diese sentido a nuestros días, que nos aguardase en otro sitio, en otra parte, en otro mundo, mejor tal vez. Pero reconocer esto se anuncia traumático, duele. Y mucho. Pero nadie dijo que la terapia, el apaño, fuese gratis. Nadie. Nochebuena, canalla, sociedad ¿...?

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