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Etiquetas:   Punto crítico   -   Sección:   Opinión

¿El indígena temporal?

Raúl Tristán

viernes, 23 de diciembre de 2005, 00:13 h (CET)
Quisiera equivocarme, lo reconozco, pero es que uno está ya muy escarmentado de este tipo de líderes populistas, allá por las Américas. Y sí, hablo del futuro presidente de Bolivia, Evo Morales.

Siempre he pensado que los originarios habitantes de México, de Guatemala, de Perú, de Bolivia,... los descendientes de quechuas, aymarás, incas, mayas,... son el auténtico pueblo olvidado en sus propios territorios, por su propia gente.

Masacrados, reducidos a pequeños grupos condenados a la extinción y al ostracismo, al vituperio general. Ningún político de turno ha levantado un solo dedo en su ayuda; más bien ha sido al contrario: el dedo del poder ha apretado el gatillo ejecutor, ha aniquilado toda posibilidad de redención.

Por eso, desde los bolívares, los sanmartínes, los hidalgos, los “daigualelnombre”, cada vez que en esas tierras lejanas en el espacio, pero cercanas en el corazón, surge la figura de un nuevo héroe de las masas, hay que temer un rotundo fiasco.

¿Pesimista?. Tal vez. Pero, por si acaso, recordemos a sus cercanos predecesores.
Por ejemplo, al sempiterno Fidel Castro, quien decía que iba a encabezar la revolución que devolvería el poder al pueblo cubano, y acabó siendo un tirano, un dictador. O también a Hugo Chávez, otro espadón de la pseudodemocracia venezolana.

Evo Morales se ha declarado admirador de estos dos “modélicos demócratas”. Con semejante ideario, todo está dicho. Debemos tener cuidado con los dictadores en potencia. Y los indígenas temporales.

Por otro lado, Evo Morales podría ser la esperanza de Bolivia. Para ello debe caminar con pies cautelosos, y alejarse tanto de la tentación tiránica y absolutista, como de los planteamientos populares pero irreflexivos.

Los EEUU son un enemigo poderoso que no escatima esfuerzos en la lucha abierta, o encubierta, contra aquellos que no se amoldan a su política.

El imperio mundial de la coca tiene difícil solución. Decir sí a la hoja de coca y no a la cocaína puede ser acertado, pero otra cosa es poder ser capaz de llevarlo a la práctica. Hay demasiados interese en ese mundo, y quien en un principio se opone a ellos acaba por cambiar de bando, con una cuenta saneada en el extranjero, o en una sepultura.

Tampoco se puede ilegalizar de forma radical el status de la empresas extranjeras que operan en el país. No dudo de que éstas gozan de unos privilegios y contratos abusivos que no benefician sino a unos pocos, sin que redunde en nada al pueblo. Pero la revisión de dichos contratos debe de ser cuidadosa, incidiendo en la devolución de beneficios mediante la industrialización, la inversión en desarrollo, etc... , jamás mediante actuaciones que puedan atemorizar al capital extranjero, provocando una desbandada generalizada cuando, en el fondo, es el único que, con una adecuada política socioeconómica, puede revitalizar a la nación.

El tiempo nos dirá.
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