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Etiquetas:   Momento de reflexión   -   Sección:   Opinión

Paz navideña

Octavi Pereña i Cortina
Octavi Pereña
jueves, 22 de diciembre de 2005, 01:59 h (CET)
La familia Farrús es la protagonista de la tira cómica que a cada jornada deleita a los lectores de LA Mañana de Lleida con sus trifulcas familiares. Con su gracia acostumbrada, toca aspectos de la vida familiar diaria que no tienen nada de graciosos. En la edición del 1 de octubre pasado, la esposa Farrús es el único representante de la familia que comparte con los lectores sus problemas cotidianos. En la primera escena nos encontramos a la dama sumergida en el agua cálida de la bañera reflejando satisfacción en su rostro, pensando. "¡Ah, qué placer! ¡Un buen baño relajante después de una jornada muy dura!" En la segunda escena, el cuerpo femenino sigue sumergido en el agua tonificante , ahora, su faz refleja preocupación. Sus pensamientos exponen la razón de la transformación facial: "Lástima que ahora he de preparar la cena y poner la mesa…" En la última escena, la matrona sigue inmersa en el agua reconfortante. Ahora con un semblante expresando incomprensión: "¡Después tendré que volver a tomar un baño vigorizante como este!".

La cruda realidad es esta: La gente pasando los fines de semana en balnearios gozando de las aguas termales curativas acompañadas de masajes relajadores. Alojándose durante unos días en hospederías monasteriales disfrutando el silencio que guardan dentro de sus muros, deleitando los oídos con cantos gregorianos y desintoxicándose con la frugalidad de las comidas que se sirven en la mesa de la hospedería. Nada de ello sirve para conservar de una manera permanente el disfrute celestial. La sensación de haber sido trasladado a un mundo feliz es efímera, dura lo que cuesta parpadear. Finalizado el éxtasis e, imitando a la señora Farrús ya se piensa en una nueva sesión reparadora. Así, repetidamente hasta la saciedad.

Nos encontramos sumergidos en pleno frenesí navideño. Por doquier nos asaltan manifestaciones de paz y de felicidad. No podemos eludir los villancicos que invaden nuestros oídos gracias a la megafonía municipal. Todo son rostros sonrientes sobre un fondo de lucecitas que parpadean.¿En que quedan los abundantes deseos de bienestar? En aguas de borrajas. Buscar la felicidad por estos medios es como perseguir al viento, siempre se escapa de entre los dedos. La razón de la inutilidad de los medios descritos para alcanzar la auténtica felicidad se debe a que son artilugios que afectan exclusivamente la epidermis de la persona sin tocar el fondo del alma, por lo que es necesario una continuidad de estímulos que no llegan a dar satisfacción plena.

Anteriormente me he referido a la Navidad. Es cierto que el mensaje navideño es un anuncio de paz que descubre al Príncipe de Paz que es Jesús, el Hijo de Dios nacido en un pesebre y posteriormente clavado en una cruz. Este anuncio de paz no va dirigido a todos los hombres. El ángel que anunció a los pastores la efemérides de Belén matiza el alcance de la paz que nos trajo Jesús: "Y en la tierra paz a los hombres sobre los que descansa su favor (el de Dios)" (Lucas,2:14). Es del dominio público que son muchos los labios que de una manera u otra dicen que existe algo sobrenatural al que se le denomina dios. Pero lo cierto es que estas multitudes de creyentes viven como si no existiera la divinidad en que dicen creer. Sobre estas masas no descansa el favor de Dios. No pueden disfrutar la paz proclamada por el heraldo angelical.

De los labios de Jesús brotan estas palabras: "La paz os dejo, mi paz os doy, yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo…creéis en Dios, creed también en mi" (Juan,14:1,27). La paz que otorga el Príncipe de Paz llega a las profundidades del alma y no la pueden perturbar los acontecimientos desagradables que tan a menudo nos afectan porque es una calma interior en medio de los vientos tempestuosos que soplan en el exterior. La paz a la que se refiere Jesús es el "shalom" hebreo que nunca significa ausencia de aflicción, sino cualquier cosa que conduce a nuestro bien más excelso. La paz que nos ofrece el mundo es la paz de la huida, la paz que viene de evitar la aflicción y rechazar encararse a las circunstancias. La paz que nos ofrece Jesús es la paz de la conquista. Ninguna experiencia de la vida nos la puede quitar, ninguna tristeza, ningún peligro, ningún sufrimiento nos la puede disminuir. Es por ello que quienes la disfrutan no dependen del baño relajante que se tomaba la señora Farrús al finalizar una jornada muy dura, ni de las aguas termales que gozan quienes disfrutan de una economía saneada, sino del Dios eterno que guarda en completa paz a aquel cuyo pensamiento persevera en Él porque en Él confía.

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