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Etiquetas:   Historia   Religión   Filosofía   -   Sección:   Opinión

Corresponsabilidad

Amar al prójimo como a uno mismo es la máxima expresión de corresponsabilidad
Octavi Pereña
martes, 19 de junio de 2018, 07:03 h (CET)
Lluís Amiguet acompaña a la entrevista que le hizo al filósofo norteamericano de origen judío Michael Sandel, este comentario: “Yo no había nacido cuando la dictadura de Franco fusilaba, torturaba expoliaba en nombre de Dios y de España. Tampoco cuando en nombre del comunismo o de la anarquía, bandas de criminales asesinaron a millares de inocentes sin que se lo impidiese el gobierno de la Republica ni el de la Generalitat. Pero hoy sólo puedo sentirme legítimo ciudadano de este país, según Sandel, si procuro que sepamos por quién o por qué fueron asesinadas entonces las víctimas de los dos bandos. Después, para merecer la ciudadanía tengo que reparar en la medida de lo posible aquellas barbaridades. Entonces, quien quiera podrá, al fin, perdonarlas, a pesar de que nadie debería olvidarlas nunca. Sólo así todos en este país podremos asumir toda nuestra historia”.

Pienso que la corresponsabilidad que Michael Sandel expresa en la entrevista a que me refiero, solamente puede defenderla si se tiene en cuenta su origen judío. De dicha procedencia deduzco que la corresponsabilidad con las generaciones pasadas y la actual solamente puede defenderse desde la perspectiva bíblica y, por tanto, teísta.

Cuando Abraham dio al misterioso Melquisedec, rey de Salem, el diezmo del botín que había obtenido de la victoria alcanzada sobre la coalición de reyes que hicieron la guerra contra el rey de Sodoma y sus aliados (Génesis 14: 18-20). “Y por decirlo así, en Abraham pagó el diezmo también Leví, que recibe los diezmos, porque aún estaba en los lomos de su padre cuando Melquisedec le salió al encuentro” (Hebreos 7: 4-10). Leví que vivió unos tres cientos años más tarde que Abraham y que fue el encargado de recibir los diezmos de Israel, cuando Abraham pagó el diezmo a Melquisedec, Leví pagó su parte.

Según los evolucionistas el hombre aparece repentinamente en diversos lugares. La Biblia afirma que todos procedemos de Adán y que Eva su mujer no fue una creación independiente de Adán sino que Dios la extrajo del mismo Adán. (Génesis 2: 21-23). La fraternidad entre sus descendientes hace que nos sintamos responsables los unos de los otros. Ah, el pecado alteró la situación idílica. Caín intentó eludir su responsabilidad de cuidar de su hermano cuando al preguntarle Dios dónde estaba Abel, le dijo como respuesta: “No lo sé. ¿Soy acaso guarda de mi hermano?” (Génesis 4. 9). Dios que no queda satisfecho con la respuesta que recibe porque lo sabe todo, le dice: “¿Qué has hecho? La sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra” (v.10).

En el sentido carnal todos somos hermanos. No podemos eludir la responsabilidad de procurar mutuamente el bienestar los unos con los otros con la excusa de. “¿Soy acaso guarda de mi hermano?” Si a mi hermano le sucede una desgracia por no querer saber en dónde está, ante Dios soy responsable de su desdicha. Intentaremos eludir nuestra responsabilidad de velar por el bienestar de nuestros hermanos diciendo que Caín solamente tenía un hermano y que lo tenía muy fácil saber en dónde se encontraba. Hoy, con los cuarenta y seis millones de habitantes que tiene España, ¿cómo me puedo hacer responsable de todos ellos? Empecemos por los más cercanos: ¿Cómo trato a mi marido/esposa, los hijos, los parientes, amigos? ¿Nos preocupamos en querer saber en dónde se encuentran para prestarles nuestro apoyo que necesitan? De los otros podemos preocuparnos de ellos por delegación. Creemos que hemos cumplido con nuestra obligación votando en las generales y autonómicas. En un país democrático somos responsables de lo que hacen los alcaldes, los conejales, los presidentes autonómicos y consejeros y el presidente del Gobierno central y sus ministros. Tenemos la responsabilidad de no volverlos a votar si consideramos que no han cumplido con sus promesas electorales, viendo cómo se desatienden las necesidades básicas de la población y como el dinero público vuela en las alas de la corrupción. Existen maneras de manifestar nuestro disgusto con los gobernantes a los que hemos votado. No podemos sentarnos tranquilamente en la butaca diciendo ya se lo harán. La respuesta que Dios dio a Caín: “La sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra”, sigue vigente.

La Biblia no enseña la anarquía. Promociona el orden. Una de las etapas más tenebrosas de la historia de Israel fue la de Jueces en que “cada uno hacía lo que bien le parecía” (Jueces 21.25). La autoridad de la Biblia es piramidal: Dios en el vértice superior es la Autoridad suprema que delega en los distintos estamentos sociales parcelas de autoridad. Es conveniente decir que el aspecto político no lo margina. En Romanos 13: 1-7 y 1 Pedro 2: 13-17) se refieren a las responsabilidades de las autoridades para que gobiernen con justicia. Pero en una sociedad en la cual Dios no gobierna en los corazones de los hombres y en concreto en los de los gobernantes, los cristianos somos corresponsables de lo que hacen. No tenemos acceso a sus despachos para hablar con ellos pero sí que podemos interceder por ellos ante el trono de la gracia de Dios para que les dé la sabiduría que necesitan para gobernar más justamente. La oración tiene mucho poder y puede mover el corazón de Dios a cambiar los corazones de los gobernantes a que tomen decisiones más justas o, si así lo prefiere, sustituirlos por otros. La plegaria intercesora no debe hacerse de manera rutinaria como se hace en los servicios religiosos públicos. El fervor debe impregnar las intercesiones que se hacen en favor de aquellas personas que son servidores de ·Dios para bien de los ciudadanos.
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