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Etiquetas:   Crítica de cine   -   Sección:   Cine

'Feliz Navidad'; trincheras de almíbar

Gonzalo G. Velasco
Gonzalo G. Velasco
miércoles, 8 de febrero de 2006, 23:07 h (CET)
Desde que en el colegio de curas donde tuve el placer de estudiar nos proyectaban cada año películas hagiográficas de gran calado moral acerca de importantes personajes religiosos, no me había topado con un celuloide tan alelado en sus intenciones. Feliz Navidad está destinada a convertirse en un film fetiche para la fabricación en serie de futuros manifestantes contra la guerra. Uno ve esta coproducción europea y no puede más que preguntarse si Manu Chao, Greenpeace, o algún famosillo comprometido de rebajas, tipo Nacho Cano, se encuentra detrás de las cámaras. Pero no. El responsable de la película más azucarada del año después de Princesas, es el francés Christian Carion, autor de la estimable La Chica de Paris y, si no consideramos su discurso fílmico una impostura, un tipo al que todas las madres se rifarían como suegro.

Feliz Navidad narra un episodio supuestamente ocurrido en las trincheras de la Gran Guerra durante la navidad de 1914. Por lo visto, hay documentos que prueban que pelotones escoceses, franceses y alemanes, suspendieron por un día las hostilidades a fin de confraternizar entre ellos. Muy bonito. Yo no soy nadie para contradecir documento histórico alguno. Si Carion dice que estas confraternizaciones existieron, me lo creo, lo que ya me cuesta digerir es que hayan sucedido de la forma en que él lo plasma en pantalla. Me cuesta creer, por ejemplo, que un tenor alemán salga de su trinchera en plan Sonrisas y Lágrimas con un árbol de navidad en la mano derecha para cantarle villancicos al enemigo, o que los alemanes ofrecieran refugio a los franceses en sus propias trincheras para evitar que los acribillaran las fuerzas de artillería, y sobre todo, me cuesta horrores creer que una chica tan despampanante como Diane Krüger pudiera pasearse por unas trincheras repletas de soldados borrachos con cinco meses de abstinencia sexual a sus espaldas sin que nadie tratara ni de ponerle un dedo encima. Vamos, que esta guerra se parece más a la de Gila que a los conflictos bélicos reales.

A Carion le pierde la cursilería, las buenas intenciones mal entendidas, la ingenuidad, la moralina facilona y el exceso de metraje. Una película como la suya tendría sentido, y mucho, si optara por contraponer esa visión idílica de las navidades en las trincheras con la crudeza de la violencia en la que, (esto también está documentado), se vieron inmersos los soldados protagonistas. Por desgracia, el director nunca se atreve a salir de su microcosmos de corcho de Domund y todo se queda en una historia simpática, inocente, y humana que de tan idealista, increíble e ilusa termina dando cierto repelús. Para el caso, esperen al 25 de diciembre y vean ¡Qué Bello es Vivir!. Al menos no tendrán que pagar por ello.

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