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Etiquetas:   Las plumas y los tinteros   -   Sección:   Opinión

Julián Marías, filósofo

Daniel Tercero García
Daniel Tercero
miércoles, 21 de diciembre de 2005, 00:15 h (CET)
No se ha visto ni una lágrima. Imagino que sí habrán llorado los familiares y amigos íntimos pese a que su muerte –su ausencia en cuerpo- era esperada. Fue injustamente tratado en vida. Creo que seguirá injustamente tratado durante mucho tiempo, y espero que generaciones posteriores a las nuestras desembocen el colapso intelectual al que nos están llevando nuestros líderes políticos (¡ja!) e intelectuales (doble ¡ja!) y mantengan vivo a uno de los más brillantes pensadores españoles de todos los tiempos: Julián Marías Aguilera.

Tan solo con hacer una búsqueda en el DRAE (Diccionario de la Real Academia de la Lengua) de dos palabras, filósofo y filosofía, se dará uno cuenta que el pensador era –y será- un filósofo de los que ya quedan pocos. Alejandro Gándara ha dejado escrito de él que era una especie de columna en el tiempo que comunicaba a Ortega con nosotros –este ‘nosotros’ al lado de los nombres de Ortega y Marías nos hace más terrenales, más mundanos, y nos aleja de los maestros-. ¡Cuánta razón tiene Gándara! Marías era el discípulo de Ortega –y también de Zubiri, no lo olvidemos- y, como a don José, se le valoró más en el exterior que en el interior de nuestras fronteras. Los españoles somos así de generosos –y de gilipollas-: lo bueno, lo mejor, lo exportamos con billete de ida pero no de vuelta. California, Harvard, Indiana o Yale, en Estados Unidos, aprendieron de Marías en los años 50 y 60, y no fue hasta 1964 –cuando ya contaba con 50 años- que se le empezó a reconocer públicamente en España con su ingreso en la Real Academia de la Lengua, de la que Franco parece ser que dijo entonces que no podía hacer nada, para evitar el ingreso de Julián Marías en ella, porque no tenía control directo sobre la Academia. Anteriormente, a finales de la década de los 40 fundó, junto con su maestro Ortega, el Instituto de Humanidades en Madrid (1948). Senador, con la llegada de la democracia, por designación real y Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades (1996) –junto con el periodista italiano todo terreno Indro Montanelli- fueron otros reconocimientos que el filósofo vallisoletano recibió de los españoles. Lamentablemente, faltan muchos más en su currículo que ya nunca podrá obtener.

“La llama del pensamiento liberal” han dicho de él. Orteguiano sin fisuras cabe añadir. Republicano y seguidor fiel de Besteiro antes y durante la guerra civil. Denostado académicamente por el régimen franquista. En 1942 se le suspendió la cátedra, no por motivos académicos, que no aprobó hasta nueve años después. En 1953 renunció a opositar una cátedra ‘destinada’ a él, la que dejó vacante su maestro Ortega, por los intereses de sus enemigos políticos –enemigos de España, claro-. Empezó su deambular por universidades extranjeras a partir de entonces. No sé si la palabra adecuada es la de ‘liberal’ –hoy día las palabras ya no son lo que el libro dice que son-, pero sin duda era independiente. Y esto hace que fuese una persona ‘peligrosa’ para el sistema establecido; no cedió nunca a las modas del momento. Católico, republicano y orgulloso de ser culturalmente español: ¡cuánta imperfección política!

Autor de más de 60 obras escritas, no pudo explicar ninguna en las aulas españolas. Imperdonable. Algunas de aquellas quedarán para siempre en el campo de la filosofía y el pensamiento: Antropología metafísica, Historia de la filosofía y España inteligible, por ejemplo.

¡Ahora, que alguien intente hacer una lista con diez -qué diez, cinco- filósofos o pensadores españoles que vayan a dejar un poso cultural como el de don Julián! Cuando lleguen a tres preparen los obituarios de cada uno de ellos y borren la palabra pensador –español- del diccionario más cercano que tengan a mano.

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