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Etiquetas:   ARTÍCULO   -   Sección:   Libros

Cuentas pendientes (II)

Herme Cerezo
Herme Cerezo
lunes, 8 de mayo de 2006, 05:11 h (CET)
No enciendan el televisor, sigan leyendo.

Afuera, en la calle, mientras me pongo a escribir, llueve. Es una lluvia invisible, pero real. Al fondo, las guirnaldas de luces encendidas anuncian la Navidad de la que hablábamos en Cuentas pendientes (I). Así que me olvido de ella, de la lluvia, y prosigo saldando mis cuentas pendientes en el mismo orden que lo dejé.

d) Para los lectores que quieren quedar bien: pero ¿cómo? ¿Todavía no lo has leído?, te dicen los que están a la que cae, a la última, a la moda. Y aquí llega la confusión, la mezcla, el buen gusto, el mal gusto, la calidad, lo comercial y el éxito de ventas. Siempre hay regalos ineludibles, compromisos inciertos, con los que uno no sabe como atinar. Y lo que es peor, siente un pánico acervo a meter la pata, a fallar. Así que con los títulos que siguen no fallan (que luego gusten es otra cosa): “Pasiones romanas” de María de la Pau Janer, el último Premio Planeta, cómo no; “El código da Vinci” de Dan Brown (una novela que tiene muchas cosas interesantes, como son el ritmo y lo que cuenta); “Don Quijote de la Mancha” (de cuyo autor no quiero acordarme), seguro que no lo leerán pero, si no lo tienen, decorará muy bien la biblioteca donde lo pongan; y el inefable “La sombra del viento” de Carlos Ruiz Zafón. A propósito de “La sombra...” hay varias cosas que llaman la atención. La primera es la variedad de ediciones que se han hecho: con caja rústica, con caja de lujo, la normal, la de tapa dura, la de tapa blanda, curiosamente aún no ha aparecido en bolsillo. La segunda es que, ahora, se vende con un cederom que incluye música compuesta por el propio autor. Vamos que Ruiz Zafón, al modo renacentista, se nos rebela como un artista pluridisciplinar. ¡Vaya, vaya! Habrá que ver si se maneja igual de bien con las teclas marfileñas del piano como con las membranosas de un ordenador.

e) Para los lectores de novela negra, policíaca, de suspense, thriller, como prefieran: hay para parar un tren, el Orient Express, por supuesto. Cualquier libro de la serie de Henning Mankell, el creador de un extraordinario personaje: Kurt Wallander, ese depresivo y, sobre todo humano, inspector de policía sueco. Ahora, además, ha iniciado una rama colateral con su última novela editada en España, “El retorno del profesor de baile”. No se olviden de los clásicos: Agatha Christie, Simenon, Chandler, Hammet y, para los amantes de lo policíaco breve, cualquier relato (si los encuentran) de William Irish o Cornell Woolrich, un tipo fallecido en la década de los sesenta, maestro en la distancia corta (veinticinco páginas) aunque también escribiese relatos largos. Hitchcock lo conocía bien, tan bien que “La ventana indiscreta” es un cuento suyo. Si les gusta el morbo, las disecciones pormenorizadas, las vísceras al aire, vayan a por la doctora Scarpetta, hija de la pluma de Patricia D. Cornwell. “Post mortem”, a mi entender, es una de sus mejores novelas, con un final escalofriante. Y no se olviden de Philippa Dorothy James, alias P.D. James. Su novela “Una cierta justicia” es para descubrirse. Y, para los que prefieran algo más crudo aún, “Crosskiller”, o sea, el asesino de la cruz en castellano, de Marcel Montecino. Hay más autores, Donna Leon, Patricia Highsmith o Anne Perry pero a mí no me molan tanto. Para los amantes del producto policiaco nacional, cualquier novela de Francisco González Ledesma. Su última “Cinco mujeres y media”, cuya reseña publiqué en su día, es cosa aparte. Ñam, ñam, bocatto di cardinale. Mucho inspector Méndez es ese. Pero hay más: Juan Madrid o José María Guelbenzu, en su vertiente policiaca. Para los nostálgicos, los episodios de Plinio, el jefe de la policía municipal de Tomelloso, un sabueso entrañable, producto del manchego Francisco García Pavón – La Mancha no es sólo Cervantes -. “Las hermanas coloradas” o “El reinado de Witiza” les gustarán, seguro.

f) Para los jóvenes: digan lo que digan los críticos y sus cánones, vayan a por Harry Potter. Para mí, las novelas de este niño-mago, son un prodigio de imaginación. Yo, luego, tiraría por lo clásico y recomendaría “La isla del tesoro” de Robert Louis Stevenson o “La isla misteriosa” de Julio Verne. Y si quieren cosas actuales “El país de las princesas” de Philippe Lechermeier; “Boca de lobo” de Fabián Negrín”; “El guerrero huni kui” de Juan Madrid; o “Material sensible. Cuentos crueles” de Jordi Sierra i Fabra.

g) Para lectores que buscan la paz interior: el psicólogo estadounidense Wayne W. Dyer ha escrito muchas obras de auto-ayuda, ese género tan denostado, vayustéasabépoqué. “Tus zonas erróneas” o “Diez razones para el éxito y la paz interior” nos permiten conocernos mejor, ordenar nuestra mente y relajarnos. Ya sé que la espiritualidad está mal vista en los medios literarios oficiales, condenada a la hoguera, hay mucho Torquemada suelto, pero a mí me importa un pimiento. Y, aunque piensen que soy algo carpetovetónico, voy a tener la osadía de recomendarles un par de libros de la Biblia: los Proverbios y los Salmos. Especialmente este último, les puede proporcionar dosis extras de tranquilidad en momentos de angustia y desasosiego. Paulo Coelho no podía faltar en esta cita navideña. Ojo, mirusté, que diría mi virtual amigo Montero Glez. Coelho como novelista no tiene demasiado valor, pero lo que cuentan sus libros resulta altamente aprovechable porque nos muestra la vida y lo que la rodea. “El alquimista”, “Manual del Guerrero de la luz” o “El diario de un Mago” son buenos ejemplos de ello. Paulo Coelho tiene magia en sus libros. Y la vida sin magia, ¿para qué puñetas la queremos?

h) Para los amantes de la literatura y la imagen, para los lectores de cómic: “Shitano” de Senno Knife, un manga de terror; “Adastra en África” de Barry Windsor Smith; “CVO. El artefacto”, curiosa mezcla de suspense e intriga; “Japón visto por 17 autores” de la editorial Ponent; “Hermoso mar de la China” de Loustad¬Cotalen, un cómic europeo; “Diario (1)” de Fabrice Neaud, un diario gráfico introspectivo; “El sueño de México” de Ramón de España y Bartolomé Seguí”; “Iron Wood” de Bill Willingham, editado en Valencia, repleto de sexo sin reparos; y “Estoy en ello”, un cómic gay, de Sebas Martín. En una línea más clásica, está el “Tintín” de Hergé, “Astérix” de Goscinny y Uderzo (tiene nuevo álbum en la calle); “Las aventuras – en realidad, desventuras – del teniente Mike S. Blueberry, preferiblemente las dibujadas por Giraud, alias Moebius, cómic del oeste a la altura de las mejores películas del género; y “Las aventuras de Blake and Mortimer” de Edgar P. Jakobs. Si prefieren algo distinto, cualquiera de los libros ilustrados por Malena o el libro “¡Qué presente” de Quino, ese extraordinario ilustrador argentino que, además de Mafalda, dibuja muchas otras cosas interesantes. ¡Ah!, se me olvidaba. Los episodios completos, en cinco tomos, de Luca Torelli, “Torpedo”, un gángster de los de antes, sin escrúpulos, de gatillo fácil, cómic negro, puro y duro, obra de los españoles Bernet y Abulí.

La lista de recomendaciones podría ser interminable, pero por algún lado hay que cortar. Las dos semanas de vacaciones navideñas no dan para más. El turrón, el pavo, el champán ocuparán también una buena parte de nuestro tiempo. Cuando acabo este artículo, en la calle sigue lloviendo y en mi casa suena “La pluja no torna, transforma els carrers ..” del catalán Jaume Sisa. ¡Bon Nadal! ¡Feliz Navidad!

P.S. En la selección de cómics me ha ayudado, y de qué manera, Nuria, de la librería Futurama de Valencia. Gracias por tu colaboración.

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