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El futuro de las alianzas en el espacio postsoviético

Alexey Makarkin
Redacción
martes, 20 de diciembre de 2005, 00:44 h (CET)
La creciente competencia entre diversas alianzas que existen en el espacio postsoviético plantea una interrogante acerca de la supervivencia de la Comunidad de Estados Independientes (CEI), haciéndose a este respecto los pronósticos más heterogéneos que van desde un optimismo cauto hasta las previsiones extremadamente negativas.

Creemos, sin embargo, que la CEI se mantendrá en el futuro a pesar de que las discrepancias políticas entre los Estados miembros se vayan acentuando. La disolución de este organismo pondría en suspenso todo el entramado de convenios en el terreno económico y social, al margen de la política, pues las naciones de la ex URSS preservan hasta la fecha un alto grado de interdependencia en lo económico. Incluso Georgia, aunque explota el tema de su eventual retirada de la CEI en el regateo con Moscú, nunca se ha propuesto abandonarla en serio.

Otra característica singular y de potencial considerable es que la CEI funciona como una plaza del diálogo entre los líderes de los respectivos países miembros. En realidad, las cumbres comunitarias representan el único escenario donde pueden entrevistarse, por ejemplo, los presidentes de Armenia y Azerbaiyán, naciones que mantienen posturas diametralmente opuestas en relación con el conflicto de Alto Karabaj.

En cuanto a las estructuras postsoviéticas orientadas hacia Rusia, como la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC) y la Comunidad Económica Eurasiática (CEA), se destacan por un elevado nivel de estabilidad. Los miembros de esas alianzas comparten un objetivo común que es impulsar la integración en materia de defensa y economía. Los sectores gobernantes de los países centroasiáticos están convencidos de que Rusia es la única fuerza que podría protegerlos contra la amenaza real del radicalismo religioso, fuente de terroristas que procuran desestabilizar los regímenes laicos en esta región. Además, los líderes de las naciones integradas en las alianzas prorrusas quisieran hacer frente a los planes de las llamadas ‘revoluciones de colores’ y encuentran total comprensión en Rusia, la cual también está interesada en mantener el statu quo político en los Estados que son sus socios inmediatos.

Los organismos orientados hacia Moscú tienen un atractivo cada vez mayor. Armenia se ha incorporado ya, en calidad de observador, a la CEA. Uzbekistán podría integrarse en la OTSC debido al creciente acercamiento entre Moscú y Tashkent en el terreno político militar. La CEA se ha fusionado este año con la OCC (Organización de Cooperación Centroasiática), en la cual no estaba integrada Rusia, eliminándose de esta manera la única alternativa posible a la influencia rusa en el Asia Central. Una nueva oleada de ‘revoluciones de colores’ constituye la única amenaza para la preservación de las alianzas prorrusas, aunque los recientes acontecimientos, como las elecciones presidenciales de Kazajstán, demuestran que difícilmente podríamos presenciar un efecto dominó. Es sintomático en este contexto que el cambio del régimen en Kirguizia no ha trastocado su identidad de aliado.

También está la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS), integrada por Rusia, China y las naciones centroasiáticas que son miembros de la CEI. A futuro, la OCS podría extender su influencia en el espacio postsoviético porque Bielorrusia quiere adherirse también. Entre Rusia y China, que son líderes de la OCS y piezas clave del sistema de estabilidad regional, no se vislumbran a corto y mediano plazo ningunas discrepancias de raíz capaces de explotar esa organización desde dentro.

Muy distinta es la situación de la GUAM, alianza concebida como proyecto geopolítico alternativos a Rusia en el espacio postsoviético. Sus integrantes tienen prioridades diferentes: Ucrania y Georgia aspiran a ingresar en la OTAN; Moldavia reitera oficialmente su rango de Estado neutral; y en lo que respecta a Azerbaiyán, nadie baraja siquiera en el plano teórico su candidatura para la Alianza Noratlántica. Mientras que en Ucrania y Georgia han triunfado las ‘revoluciones de colores’, el presidente azerí Ilham Aliev ha logrado prevenir semejante evolución de los acontecimientos en su país. Desde su creación, la GUAM ha perdido a uno de los Estados miembros, Uzbekistán, aunque todo lo anterior no significa que esa alianza sea desmantelada en un futuro inmediato. Lo más probable es que mantendrá en una especie de letargo para que Occidente pueda usarla a largo plazo en beneficio propio. En la práctica internacional hay precedentes de alianzas nominales de este tipo, por ejemplo, la SENTO, creada en el Medio Oriente en la década del 70, aunque el empuje de la revolución en Irán ha acabado por derrumbar este organismo sin perspectivas de reanimación.

Una crisis de motivaciones dentro de la GUAM se ha convertido en una de las razones para promover una nueva alianza, la Comunidad de Opción Democrática (COD), que agrupa tanto a varios países de la CEI cuya relación con Moscú es problemática como a una serie de Estados de la Europa Central integrados ya en la UE. De hecho, es una especie de clase preparatoria con vistas al ingreso en la OTAN y la UE. Los alumnos tienen que permanecer ahí un buen rato, pues ninguno de los países de la CEI está preparado a día de hoy para integrarse en ambos organismos europeos. Tampoco deberíamos subestimar el factor de las relaciones económicas con Rusia, especialmente, porque la euforia revolucionaria se va desvaneciendo y las élites de los respectivos países se vuelven cada vez más pragmáticas. El futuro de la COD dependerá, en grado considerable, de que Occidente sepa aplicar una política consecuente y consolidada con respecto a la integración de los Estados postsoviéticos. De momento, lo que hace es combinar ciertos pasos emblemáticos en esta dirección, sobre todo, en relación con Ucrania, con una buena dosis de cautela.

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Alexey Makarkin subjefe del Centro ruso de tecnologías políticas, para RIA Novosti.

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