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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

El consejo de los cobardes

José Francisco Sánchez (Valencia)
Redacción
martes, 20 de diciembre de 2005, 00:44 h (CET)
(Fábula cruel sólo para maestras que no deben leer por nada del mundo los niños)

Durante estos días de locura, y con el fin de alimentar la admirable estupefacción infantil, el Consejo Escolar ha organizado en el colegio, como de costumbre, una espectacular entrega general de cartas a Sus Majestades los Reyes Magos: una caja de cartón forrada con cartulinas fosforescentes ha hecho las veces de buzón y, disfrazado de cartero de enlace, con su turbante reglamentario y todos los oropeles posibles, habidos y por haber, Andrés, uno de los conserjes, ha tenido tiempo de meditar en silencio sobre sus infortunios personales mientras repartía juguetitos de plástico entre la chiquillada y mantenía la forzada mueca sonriente bajo las barbas postizas; como broche de la ceremonia, y acallados finalmente los desaforados cánticos, se ha brindado el micrófono de megafonía al alumnado de los cursos superiores para que leyeran sus estereotipados y desangelados deseos de paz y solidaridad. Enternecedor.

Pero el Consejo Escolar, órgano responsable de la gestión de un Centro de Enseñanza, no sólo se ocupa de bagatelas tan fútiles y vistosas como ésa. Ni mucho menos. El Consejo Escolar decide (y en ocasiones se niega a hacerlo) acerca de muchas y, si cabe, más fundamentales cuestiones. Sin ir más lejos, por declarado miedo a un previsible enfrentamiento con las familias, éste mismo entrañable Consejo Escolar de fanfarria notoria, como todos los demás, ha declinado expresamente solicitar protección fiscal alguna para aquellos menores, con nombres y apellidos, que tiene en su propia escuela como alumnos y alumnas y que, por su procedencia cultural o geográfica, están en documentada situación de fatal riesgo de ser mutilados en sus genitales. Triste y sangrienta Navidad. Habrá criatura que vuelva al colegio irreparable, innecesaria y secretamente herida después de estas vacaciones, mientras los gerentes de todo el cotarro siguen silbando y mirando por la ventana, intentando imaginar sutiles copos de nieve.

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