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Etiquetas:   Disyuntivas   -   Sección:   Opinión

Olentzero: cálida acogida

Rafael Pérez Ortolá
Rafael Pérez Ortolá
lunes, 19 de diciembre de 2005, 07:59 h (CET)
Hay momentos en que la BRUMA no permite distinguir las formas, los objetos se difuminan, la actividad humana se intuye; resulta imposible la precisión en los detalles. La bruma y el frío contribuyen, pero la DESIDIA ejerce su reinado hacia un olvido progresivo de todo lo representado por el resto de individuos, empeñados en los mismos quehaceres y problemas que nosotros. Bruma y olvido, sí; pero desidia y malaje, también.

Si antes fueron los ambientes gélidos de las montañas, los parajes agrestes de carboneros y leñadores; hoy, la gelidez es de aire acondicionado, gestiones y funciones. Tamañas diferencias no consiguen mejorar la temperatura, subsiste la gelidez en las relaciones sociales.

Por eso ruge la imperiosa necesidad de un hallazgo salvador, en forma de duende, gnomo, hada, o propongan ustedes la figura preferida. Las otras alternativas no son convincentes. ¿La parsimonia neutra y estéril? ¿Conformismo? ¿Negación total? Sólo los magos podrán sacarnos del marasmo.

Cuando la soledad y el frío aturden, que alguien nos encienda un tronco en la chimenea hogareña, para charlar, reír, comentar nuestras situaciones. Aquellos leñadores y carboneros transfigurados en Olentzero, se acercaban a la convivencia, a las experiencias compartidas; revitalizando a un tiempo sus mejores percepciones personales.

El tronco ardiendo puede ser sustituido, por una copa, una comida, una partida, hasta bromas infantiles; mas todos esos subterfugios serán válidos por la ausencia de maldad, por la apertura de los corazones a los compañeros y familiares.

Los caminos se nos quedan estrechos, desbarramos por cualquier andurrial; las penurias y limitaciones nos hacen verlos como senderos inacabables. Con una visión pesimista, como auténticos cenizos, sólo avistamos polvareda, trifulcas y horizontes vacuos.

Por eso es más de lamentar, que ante tanta oscuridad y sufrimientos, permanezcamos solos. Queda flotando la interrogación, ¿Porqué no venís, amigos? ¿Porqué no voy? Nos convendría asumir una respuesta participativa, precisamente para llenar la existencia con brotes de un optimismo ilusionante, y eso sólo será posible aportando gotas de las mejores cualidades.

¡Ese pálpito de los Olentzeros! El aparcamiento de la rutina cotidiana, darse por aludido ante la llamada de los otros, y sobre todo, acudir a ese multitudinario ágape donde no se pasan listas partidarias, donde los matices aportan, y por lo tanto, en él no tiene cabida el vacío.

No me interesa centrarme en las degeneraciones de ese sentimiento mítico del Olentzero, mercantilistas, políticas, o de enfoques muy parcialistas. Es demasiado fascinante la otra visión positiva, esa que con uno u otro nombre, nace del fondo de cada persona; cada uno pulsará el orígen de esas sensaciones en su caso particular. De esa hondura es de donde le viene la fuerza. Por mucho disimulo o tergiversación ambiental, la antropología mana de raíces muy profundas en las que no mandamos.

Sea alrededor de la chimenea con el tronco encendido, compartiendo algunas viandas, o simplemente reuniéndose; el hecho radica en la apertura hacia la gente cercana, con voluntad de sentirlos, recuperando esa sensibilidad venida a menos en los tiempos que nos corresponden. Esa recuperación se ha convertido en una necesidad clamorosa. Aunque la deseemos con fuerza, los ambientes favorecen el desdén, la discordia.

Por eso efectúo hoy esta llamada hacia esta sensibilidad entrañable:

OLENTZERO

Estructuras necias tienden al cero
Los más inquietos sólo gesticulan,
Sin asentar, inmaduros, pululan
Con poca velocidad de crucero

Ansiamos un sosiego hechicero
En él, aquellos inquietos estimulan,
Aquellos gestos necios, se modulan
Con un contacto de mejor rasero

Así, las peores firmas se disimulan,
La convivencia es el gran brasero
Por el que unos a otros se emulan

Ese es el sentido verdadero
Por el que todos juntos calculan
La gran necesidad del Olentzero.


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