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Etiquetas:   El arte de la guerra   -   Sección:   Opinión

Redención

Santi Benítez
Santi Benítez
lunes, 19 de diciembre de 2005, 00:28 h (CET)
D. Javier Pérez Andujar, en su magistral prólogo a la recopilación de relatos ‘Vosotros que leéis aún estáis entre los vivos’, escribió “En contra de lo que dijo el poeta, no son los muertos los que se quedan solos, sino los vivos”.

El día trece de diciembre de 2005 los vivos nos quedamos un poco más solos. No fue por culpa de un accidente, tampoco una enfermedad, o por lo menos no una enfermedad al más puro estilo gripal. Nos quedamos un poco más solos porque los vivos le arrebatamos la vida a alguien que había demostrado con creces tener más vida en sus venas que muchos de lo que aún respiramos. Estamos más solos porque en este occidente nuestro, en ese supuesto dechado de libertades que es el país de la estatua que pide los pobres del mundo empuñando un M-16, se asesinó, eso sí, con sentencia firme y denegación de clemencia de aquel que otrora fuera Terminator, a Stanley “Tookie” Willians.

No es que fuera un angelito allá en 1981, cuando se le encarceló. Fue uno de los fundadores de los Crips, una de las bandas más violentas de Los Ángeles, y se le sentenció a muerte por el asesinato de cuatro personas. No voy a entrar en si era culpable o no; ser negro, perteneciente a una banda, que una de las personas que testificó en su contra tuviera un historial de delitos violentos que no cabría en un rollo de papel higiénico y que existan pruebas testimoniales de cómo se falsificaron evidencias en su contra, no hace más que demostrar lo que es una certeza real. El sistema policial, judicial y penal en los USA es una verdadera basura xenófoba que convierte esa frase tan cacareada de “Todo el mundo tiene derecho a un juicio justo” en un chiste sin maldita gracia.

Alguien me dijo no hace mucho que una cárcel no es para rehabilitar a nadie. Yo discrepo profundamente. Y lo hago porque si una cárcel no cumple con su función de rehabilitar a las personas que comenten un crimen, para lo único que sirve es para apartar por tiempo limitado al criminal del objeto sobre el que comete su crimen, la sociedad. Y cuando el criminal cumple su condena la sociedad vuelve a estar expuesta ante él. La cárcel debería tener como objetivo primordial convertir al criminal en ciudadano, convertir lo asocial en sujeto social.

Si esto no ocurre, si el sistema penal no cumple con su función, la sociedad intenta alargar el tiempo de encierro del criminal y, llegado el momento, incluso cae en la aberración de pensar que si alguien delinque una vez y llega al sistema penal, seguirá delinquiendo durante el resto de su vida, y por ende, que esa vida es peligrosa para el conjunto de la sociedad: El endurecimiento de las condenas, la cadena perpetua y la pena de muerte. El sistema judicial y penal estadounidense.

En este texto no tengo sitio para analizar las causas de que exista el porcentaje de población que existe en los USA con antecedentes penales. Lo que si está claro es que no es un referente a tener en cuenta. Sin embargo, sociedades más avanzadas como Noruega, en donde existe un nivel de delincuencia muy bajo y con niveles de reinserción cercanos al 68%, si que lo son. Sería bueno analizar el porqué. Quizás, sólo quizás, resulta que la privación de libertad legal no significa que las personas se conviertan en cosas. Sobre todo teniendo en cuenta que el fracaso del sistema penal es el fracaso de todos, porque el sistema penal de un país define a la sociedad a la que representa.

Me gustaría mucho, muchísimo, leer un estudio comparativo de la cantidad de internos reinsertados y no reincidentes a través del sistema que se está desarrollando en la cárcel de Villabona, desde la Unidad Terapéutica y Educativa (UTE), y, por ejemplo, la cárcel de Santo del Negro, en Las Palmas.

Desde los años setenta todos los sistemas penales occidentales, el español no es una excepción, se han encontrado con un nuevo tipo de delincuente; el toxicómano. En las cárceles españolas el 80% de los internos son toxicómanos y el 70% de los delitos cometidos en nuestro país tienen su base en las drogas y su consumo. La falta de programas reales de desintoxicación, la facilidad con la que acceden los internos a las drogas en los recintos penitenciarios y un sistema meramente de encierro, hacen de la reincidencia el pan nuestro de cada día entre la población carcelaria. Es una espiral de la que es muy difícil escapar si el sistema sigue sin ver seres humanos y se empeña en reducirlos a carne de presidio.

No es sencillo. Si alguien comete un crimen debe pagar por ese crimen. Sin embargo la sociedad también debe asegurarse de que aquel que delinque cumplirá a su condena y volverá a ser útil para la misma, o eso o el sistema estadounidense, es así de simple. La sociedad, los gobernantes, deben decidir si quieren un 92% de reincidencia a la americana o un sistema que por lo menos intente cumplir con su función, que desde luego no es la mera privación de libertad.

Nada de esto que he escrito es gratuito. No para mi.

Este texto, que siempre tendrá la pinta de lo comprimido y urgente, lleva dedicatoria. La tiene porque somos los vivos los que nos quedamos solos. La tiene porque siendo más joven vi entrar en el sistema penal al Pocholo; que se fumó su primera papela de jaco delante de mi, al Nicky; que robó un par de deportivas de marca camino de la playa, al Níspero; que jamás ha vuelto a ser el mismo, a Sergio; que se suicidó dentro con dieciocho años recién cumplidos. La tiene porque a muchos de ellos no los he vuelto a ver, perdidos en su soledad, tragados por el sistema penal. La tiene porque desde este lado de las rejas no puedo hacer mucho más que abogar porque se les vea como seres humanos. La tiene porque, como bien dijo Stanley “Tookie” Willians, seis veces nominado al Novel de la paz, todo ser humano, por muy horrible que haya sido el crimen cometido, tiene derecho a la redención.

Suena de fondo “Vide Cor Meum” de la 'La vita nuova'...

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