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Etiquetas:   Novela por entregas   -   Sección:   Libros

Soberano don Nadie (XIX)

Juan Pablo Mañueco
Redacción
martes, 10 de enero de 2006, 00:39 h (CET)






Soberano don Nadie en el país de
los poderes políticos verticales

Don Quijote y Pero Grullo en acción


Resumen de lo publicado:


El Representante Independiente, chantajeado por los dos grandes partidos, a raíz de la crisis de “transfuguismo” por la que atraviesa el país, ha decidido retirarse de la vida política. Pero antes ha convocado a sus amigos para una reunión decisoria, en la que evaluará las diversas posibilidades de retirada. Cuenta con documentación suficiente para prestar un último servicio a la democracia, antes de marcharse. Mientras tanto, Soberano don Nadie, atrapado en su pleito con la Administración desde hace más de diez años, ha decidido acudir al Defensor del Pueblo, pero también es inútil. Ni siquiera está claro quién le remite exactamente los escritos firmados que recibe de la Alta Institución.)


Capítulo XIV (continuación)


–Estooo... en realidad, se la remití yo. La firma que figura es sólo porque así lo marca la ley –admitió la voz femenina, al otro lado del teléfono–.

–Ya.

(¡No me reconozcas más fraudes, por favor! ¡Comprendo perfectamente en qué consiste vuestra ley: la ley de los defraudadores señoriales de las leyes! Sois tan antiguos como el mundo, aunque tú estás probando que llevas poco tiempo bajo la protección de los padrinos legales: tendrás que hacer aún muchos servicios a tus caporales y muchas burlas al pueblo para que progreses en el estamento mafioso de los próceres. Aún te queda un resto de conciencia y te faltan muchas horas de relatar patrañas y mucha soltura para encubrirte tras las coartadas formales.

Me está diciendo que acuda a los Tribunales, si considero que mis derechos han sido conculcados. Tercer acierto... ¿Cómo le explico que ya vengo de ellos, con todos mis derechos incólumes, pero que si retorno a la Justicia, no podré solicitar la intervención de esta Oficina... si ella ya lo sabe y eso es precisamente de lo que no quiere enterarse, deliberadamente?, ¿cómo informar de la verdad a quien se inicia en hacer de la trampa su oficio).

–De manera que eso es todo lo que podemos orientarle.

–No. Queda también la otra pregunta concreta que se me formula en la contestación a mis solicitudes. La otra pregunta concreta que usted misma... me ha formulado, según me reconoce ahora.

–¿A qué se refiere?

–Me aseguran en la contestación que no expreso los motivos por los cuales ese asunto/proceso “sufre las dilaciones que supuestamente padece”...

Debo reiterar, en cuanto al motivo de las dilaciones “que supuestamente padezco”... que las causas están concretadísimas en mi escrito, negro sobre blanco, redactadas con todas sus letras, pero se las leo y repito ahora de palabra, también muy concretamente, si usted quiere, ya que al parecer no han llegado a entenderlas, puesto que me preguntan por ellas...

–Sí, sí, estooo... dígame, dígame usted.

–Pues mire... se las leo literalmente. Los motivos de las dilaciones “que supuestamente padezco”... pues son dos, como ya les exponía. ¿Tiene usted mi escrito de petición delante?

–Sí, sí... lo tengo conmigo.

–Pues se lo leo:

“1/ La voluntad de delinquir de los jueces, fiscales y abogados del Estado españoles que han intervenido en este caso, los cuales, a pesar de la claridad meridiana de mis derechos por la que han tenido que reconocerlos finalmente en sentencias firmes judiciales, han procurado dilatar todo lo posible los procedimientos, mediante toda suerte de argucias legales y temporales, y que, sobre todo, han dejado posteriormente sin efecto dichas sentencias en la práctica, por lo que este ciudadano no tiene modo de ejercer sus derechos reconocidos, en la realidad final cotidiana.

Se adjunta numerosa documentación oficial probatoria de la voluntad delictiva de las mencionadas instituciones”.

Y, por otra parte, les señalo también en mi escrito de referencia un segundo motivo, por el cual el asunto no se resuelve:

“2/ La voluntad de codelinquir, receptar, encubrir o actuar negligentemente de todos aquellos organismos judiciales, fiscales, colegiales de la abogacía, administrativos, etc., a los que me he dirigido posteriormente en demanda de mis reconocidos pero ineficaces derechos, y, en general, de todos aquellos organismos y personas que cobran dinero público por defender mis derechos”.

–(Al otro lado del teléfono, se escucha un silencio embarazoso.)

–Esos son los dos motivos de las dilaciones que supuestamente padezco, no sé si los habré explicado claramente el en escrito que usted tiene sobre la mesa o si resulta preciso que se los lea de nuevo.

–(Continúa siendo embarazoso el silencio administrativo.)

–¿Está ahí?

–Por supuesto... yo...

–Pues le recuerdo que les he documentado ampliamente cada uno de mis asertos. Y que esa documentación oficial probatoria de cuanto digo ya la he puesto a disposición de los Órganos inspectores y disciplinarios de la Judicatura española, de la Fiscalía General del Estado, de los Colegios de Abogados implicados en este asunto, etc., los cuales han enterrado mis escritos, naturalmente, puesto que podían salir perjudicados compañeros. Quiero decir, los otros codelincuentes consortes de esta historia.

–Yo... la orientación que puedo darle es que acuda a los Tribunales de Justicia.

–Y yo le pruebo que ya vengo de ellos, con todos mis derechos reconocidos; pero sin ninguna realidad entre las manos.

Usted no puede remitirme de nuevo hacia los inconfesos pero convictos personajes a quienes se les prueba sus delitos mediante los documentos legales que, al parecer, obran encima de su mesa... Documentación, toda ella, expedida y firmada por ellos mismos.

Nada más me cabe obtener en cuanto a derechos reconocidos, sólo que el Estado no quiere llevarlo a la práctica, y se amparan unos a otros los estadistas.

¿Qué puedo hacer, seguir denunciando a unos jueces prevaricadores y obstructores de la justicia, ante sus compañeros de estrado y de oficio...? ¿Presentar más querellas contra los fiscales que no cumplen su obligación legal de promover la acción de la justicia, de defender la legalidad, los derechos de los ciudadanos, ni de oficio ni a petición de los interesados –mía, en este caso–, porque tendrían que enfrentarse con la corrupción fiscal, de la que ellos forman parte...?

Mire usted: he perdido gran parte de mi vida y de mi hacienda, depositadas ambas en la bolsa particular de abogados o en los sueldos mensuales de quienes ofician en dichos establecimientos de InJusticia... Afortunadamente, ya no tengo pleitos pendientes, por lo que puedo recurrir a ustedes.

¿Me está diciendo que vuelva a enredarme en una maraña abstrusa de pleitos donde los únicos activos son los probados y comprobados delincuentes...?

Le añadiré un dato: la única causa viva, bifurcación colateral que nada tiene que ver con el meollo de mi asunto ni con los derechos que en mi petición les solicito, acaba de dar un giro inesperado: he sido abandonado por mi defensor legal, por lo que ahora me encuentro enteramente mudo e indefenso ante el sistema, sin posibilidad siquiera de situarme ante la base de la pirámide judicial, para que me triture.

No me oriente, pues, hacia los Tribunales de Antijusticia: conozco perfectamente su funcionamiento y sus vicios estructurales, el carácter consorciado de sus componentes, su dependencia de otros organismos políticos, su papel consorte de otros órganos administrativos implicados en este caso, su inutilidad final, su negligencia y su sevicia...

Por otra parte, le digo que, para la orientación que usted me facilita, no hace falta un organismo específico que “defienda al pueblo”, porque esa orientación la sabe de antemano cualquiera, sin necesidad de presupuesto propio.

Así que... usted me dirá lo que hacemos.

–(Nuevo silencio administrativo, que se resuelve finalmente del siguiente modo:) Por favor ¿me permite que haga una consulta y le vuelvo a llamar dentro de un rato?

–Naturalmente que se lo permito.

–Déme su teléfono.

–Lo tiene usted también en mi escrito de referencia.

–A su disposición... Para lo que pueda servirles y en lo que pueda apoyarles en su encomiable labor de ayuda a los Gabinetes de Apoyo al Defensor y a los Ayudantes del Defensor del Pueblo y sus Adjuntos...

Reían para entonces abiertamente y desde bastante tiempo atrás don Quijote y Pero Grullo, en tanto que doña Soberanía alternaba los llantos con las risas, puesto que, de no tratarse de una situación insostenible, en la que ambos cónyuges habían echado a perder sus ilusiones y esperanzas, la comicidad del momento hubiera dado motivo para mayores celebraciones. Apenas Soberano don Nadie hubo desconectado el teléfono, incorporándose al grupo, le abordó Pero Grullo para decirle:

–La voz misteriosa y anónima ha olfateado que aquí puede haber un escándalo político de proporciones considerables.

Teme por su despacho y por el de sus benefactores, y va a consultar antes de que todo el asunto evolucione hacia un perjuicio en las carreras burocráticas de todos... ¡Es de notar las capacidades sensitivas que tienen las voces anónimas, cuando quieren!

–Probablemente. La documentación que les he puesto sobre la mesa es inequívoca –coincidió Soberano don Nadie–. Nada se consigue con ella en los tribunales, que se blindan a sí mismos. Pero ante la hez generalizada que les pruebo, cabe la posibilidad de que si el asunto estalla de algún modo, se rompa la cadena por el eslabón más débil: la voz anónima ha ido a advertir a sus superiores que algún cordero pascual puede ser inmolado, para que la putridez siga reinando entre los pastores.

¡Les conozco perfectamente! Con seguridad es una de las pocas directrices reales de “ayuda al pueblo” que exigen a sus colaboradores: si alguna cuestión apesta excesivamente... efectuar consultas con los superiores.

–¿Y cuál considera este concilio de expertos que será el siguiente paso que cabe esperar de la felonía de este fementido ejército de malhechores con el que nos enfrentamos? –inquirió don Quijote, que bien claramente veía lo poco que se estaba la Justicia en sus propios términos, turbada por el favor y el interés, en estos y en cualesquier otros tiempos de los muchos que llevaba vividos, deshaciendo los encajes y los abusos de los poderosos.

Meditaron un instante Soberano y Pero Grullo y ya iban a responder, cuando se adelantó a hacerlo doña Soberanía, que dominaba las artimañas de los administradores de forma no menos provechosa que el resto de los contertulios:

–O mucho me confundo o, si el peligro les inquieta tanto como parece, el próximo que se pondrá al teléfono será un pez intermedio, más ducho en capear temporales que esta voz anónima que, o bien efectivamente está afilando aún sus labios para la mentira, o bien no tiene cualidades para representar debidamente las ficciones del sistema, sino que le desbordan sus sordideces y podredumbres.

Así sucedió. Un tiempo después, sonaba el teléfono del señor don Nadie y un gallo legal con más espolones que la voz anterior preguntaba por él. Pero el resultado fue el mismo... Nuevas excusas burocráticas, recitadas con más años de experiencia en las faenas de aliño y mejores capotazos formales para torear a los ciudadanos indefensos que se acercaban a aquel burladero. Más aflicción impostada en el tono de voz, comprendían el desánimo de Soberano don Nadie, después de batallar tantos años, pero nada podía hacerse por sus derechos, sino remitirle a nuevos procesos judiciales, “aunque no solucionen nada. Ni procedan, procesionen o procesen de parte alguna ni hacia ninguna otra, sino sólo lo que convenga procesar para que ningún proceso progrese”, confirmaba en paralelo Pero Grullo.

“El poder es infalible”, pensaba el tantálico señor don Nadie, “porque hay que recurrir ante el propio poder”, y concluía al modo de Sísifo: “cuando se alcanza una cima, surge una nueva más alta que la anterior, ante la que hay que comenzar otra vez”.

“Si, por acaso, llega a tocarse el fruto del reconocimiento de alguna pequeña negligencia o mínimo error, también resulta indiferente: todo habrá prescrito tiempo atrás, en medio de la ladera. A lo sumo, alguna menudencia crematística como indemnización, que también saldrá de la bolsa pública, y que irá a compensar las muchas deudas adquiridas con los porteadores legales que hayan efectuado el acompañamiento jurídico hacia el final vacío del trayecto”.

Soberano don Nadie no quiso escuchar por más tiempo las socaliñas legales que le orientaban nuevamente hacia la ratonera... Ya no tenía dudas, su conocimiento de las estratagemas verticalistas del poder para incumplir sus obligaciones era tanto que se sentía capaz de prever cada uno de los movimientos... En realidad, el poder seguía siendo tan absoluto como siempre: carecía de obligaciones, salvo la de perpetuarse permanentemente, desencadenando toda suerte de alucinaciones sobre el entendimiento de la plebe... A lo sumo, le convenía mostrar deferencia en alguna ocasión, otorgar alguna dádiva leve que contribuyera a crear la sensación de menor rigurosidad; pero todo continuaba tan estático e inverso como del dominio de unos cuantos sobre el conjunto cabía esperar.

* * *

Soberano había tomado una determinación firme, que hasta la fecha sólo conocía su esposa, y ella, doña Soberanía, le animaba en su propósito, puesto que comprendía su desesperanza.

Adelantó algunos detalles a sus amigos, advirtiéndoles que en los próximos días iba a emprender una acción que daría que hablar. Se sobresaltaron don Quijote y Pero Grullo, por el tono de amarga convicción que había adoptado al pronunciar estas palabras, pero aunque le recabaron mayores señalamientos y concreciones, Soberano únicamente les dijo:

–Permitidme que no os haga todavía partícipes de mi resolución, que he meditado desde mi personal e intransferible soberanía, queridos amigos –y en su voz se notaba el pálpito de la emoción–. Es un paso que no quisiera dar, pero que reservo para la reunión a la que nos ha convocado Representante Independiente; en ese marco, rodeado de amigos como vosotros, creo que será el momento idóneo para conozcáis la desusada y extrañísima decisión que he acordado conmigo mismo, aunque bien es cierto que quisiera que me acompañara en ese ingrato y doloroso trance mi amada esposa, doña Soberanía.

Volvieron la vista hacia la dama ambos contertulios, pero como quiera que ésta permaneciese en silencio, se atrevió a tomar la palabra don Alonso:

–Escucharemos su decisión respetuosamente, como corresponde a quien ha sufrido tanto y durante tan largo tiempo cuanto sabemos que ha ocurrido en su caso –enmudeció don Alonso–.

–También yo ardo en deseos de conocer su decisión final, señor don Nadie –confirmó Pero Grullo–. Y aún parece que esa convocatoria a la que nos ha citado Representante Independiente va a deparar numerosas sorpresas, por los inquietantes y variadas resoluciones que allí se anunciarán.

Pero antes de la fecha prevista, don Alonso y yo debemos acudir a un acto político solemne, donde se rememora un acontecimiento histórico, digno por lo que se ve de gran rememoración.

–Así es, en efecto –concluyó don Alonso–. Pero Grullo y yo, días atrás, ya acudimos a otro acto histórico y solemne, en compañía de Representante Independiente, en el Parlamento de la Nación, y el suceso devino ciertamente memorable.

____________________

Próxima entrega de la novela: martes, 20 de diciembre.

'Soberano don Nadie'. de Juan Pablo Mañueco. Egartorre Libros. 190 páginas. Madrid, 2005. 14 euros.

Puede adquirir el libro en librerías o realizando un pedido online.

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