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Cine
Etiquetas:   Crítica de cine  

'King Kong', de Peter Jackson

Marcos Méndez Sanguos
Marcos Méndez
miércoles, 8 de febrero de 2006, 23:07 h (CET)
El director de Criaturas celestiales ha querido hacer de King Kong una película mastodóntica, superando en la técnica a su trilogía de los anillos, y en este aspecto ha logrado su objetivo sin demasiadas complicaciones. En King Kong (2005) los seres creados por ordenador son auténticas proezas digitales, lo que les permite jugar con el decorado y con los protagonistas de tal modo que prácticamente no notamos la diferencia entre lo que es real y lo que es producto de un diseño en tres dimensiones. En este sentido, el nuevo King Kong cumple las expectativas de sobra.

Peter Jackson ha decidido partir de la historia original de Cooper y Wallace (el film, pese a sus más de tres horas de duración, no aporta nada significativo con respecto al metraje de la película de 1933) para mostrarnos una isla plagada de monstruos de todo tipo, algunos salidos directamente de Parque Jurásico, otros sencillamente agigantados (arañas enormes, escarabajos, ciempiés...) y también unos cuantos más o menos inventados, aunque ya los habíamos visto de uno u otro modo (como los poderosos tentáculos que engullen al personaje de Andy Serkis).

La película se le escapa de las manos más o menos cuando el barco encalla en una roca en forma de calavera, a los tres cuartos de hora (todo este tiempo para presentar el paupérrimo ambiente de los años 30, las frustraciones de un director de cine y la relación entre una aspirante a actriz y un reputado dramaturgo, si bien en el film original todo quedaba claro en diez minutos), cuando nos damos cuenta de que los guionistas (tres!) han desaparecido del mapa y empezamos a temer que lo que quedan son más de dos horas de una película que, si la hubiese cogido alguien como Spielberg (lo digo porque Parque Jurásico se me viene a la cabeza una y otra vez) no resultaría tan pesada, monótona y hasta ridícula (cf. el momento vodevilesco de Naomi Watts divirtiendo al simio gigante). De las más de tres horas que dura, fácilmente se podrían haber ahorrado la mitad invirtiendo más dinero en la producción y menos en la pre y postproducción del film, en la tormenta que provoca los primeros sustos, en los alocados enfrentamientos de Kong y la fauna de dinosaurios, en las reiterativas persecuciones entre bichos de todos los colores.

La relación de Ann Darrow y Kong ya no es de rechazo constante como en el film original, ni tampoco tiene ese aliento poético que rebosaba Jessica Lange en la película de Guillermin. Ahora, sin ir más lejos, la lindísima Naomi Watts siente por el mono algo mucho más profundo, que suponemos tiene bastante que ver con el incontable número de veces que Kong le salva la vida a la desafortunada muchacha. El problema es que la ambigüedad del desenlace que sí veíamos en la película de 1976 no aparece por ninguna parte, y en su lugar Peter Jackson nos regala un final lacrimógeno -a la par que excesivamente alargado, como todo en esta película- con Watts y Brody abrazados en lo alto del Empire State.

King Kong es un film para esos amantes de la testosterona salpicada de sangre que sacan la lengua cuando al toro le clavan las banderillas, un espectáculo que sólo sirve para confirmar que ni con todo el dinero del mundo se pueden hacer buenas películas. Y un espectáculo irracional, por cierto, de pocas ideas y mucho trabajo en balde.

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