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Etiquetas:   Momento de reflexión   -   Sección:   Opinión

Angustia vital

Octavi Pereña i Cortina
Octavi Pereña
miércoles, 14 de diciembre de 2005, 23:47 h (CET)
Quim Aranda pregunta al escritor Enric Vila Matas: "¿Qué le inquieta a usted?" La respuesta del literato es sobria, muy clara y expresiva: "Una cierta angustia vital. Me gustaría ser inmortal, pero también me aterroriza serlo. Morir me inquieta. El hecho de vivir me intriga y me produce desasosiego. Quisiera ser feliz, pero me da miedo serlo… Para esto sirve la inteligencia, para escaparnos de situaciones que nos ahogan". Huir de las situaciones que ahogan no lo consigue la inteligencia tal como quisiera el periodista Enric Vila. Los razonamientos por más bien construidos que estén no pueden hacer desaparecer del todo las dudas existenciales que invaden al alma. Es posible que para Enric Vila, la inteligencia sea un instrumento que le ayude de alguna manera a difuminar la realidad que no desea ver tal cual realmente es. Esta actitud es otra versión del poner la cabeza debajo del ala para no ver la evidencia de lo que le envuelve.

Se da por sentado que el aprendizaje se realiza exclusivamente por vía sensorial porque se tiene la idea de que la verdad es tangible y que lo que no se puede conocer por la vista, olfato, gusto y tacto, es decir, los cinco sentidos, es irreal, no existe. Es una ilusión irreal. Esta idea no es correcta. Existe otra manera de adquirir conocimiento que no es por vía sensorial. A nuestra disposición se halla la vía de la fe que nos permite adquirir "la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve" (Hebreos,11:1). La fe que se merece este nombre no es una creencia que es fruto de la voluntad humana, que desea que las cosas sean distintas de lo que son realmente. Esta fe puede y, de hecho lo hace, ayudar a superar obstáculos que se nos presentan diariamente y contribuye a alcanzar determinados objetivos que nos hayamos propuesto.

La fe que tratamos hoy es un don de Dios, un regalo que el Señor otorga a la criatura humana y que hace posible que éste crea en la autenticidad de "la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve", es decir, la existencia de un Dios personal que se da a conocer en la persona de Jesús que, habiéndose encarnado, muerto en la cruz y resucitado para perdón de los pecados y otorgar vida eterna, espera con tranquilidad sobrenatural que un día se encontrará en aquellas mansiones celestiales que ahora está preparando para todos los que creen y esperan en Él.

Esta fe tan trascendental, repito es un regalo de Dios y es la solución al problema de la angustia vital que no podemos deshacernos de ella a pesar de todos los esfuerzos en este sentido. Ahuyenta el miedo inconsciente que se siente por la inmortalidad porque la existencia más allá de la muerte, para el verdadero creyente, está exenta de los problemas que se dan en el mundo actual y que conocemos perfectamente por experiencia propia. La muerte, este enemigo tan temido, a pesar que a veces no queremos confesar el miedo que nos produce, porque se desconoce lo que se esconde detrás del velo que nos separa del más allá, por la fe en Cristo, el velo se ha descorrido y podemos visualizar, a pesar que sea imperfectamente, la dicha que nos espera. La felicidad temida, porque se desconoce lo que es el verdadero gozo ya que nos imaginamos la felicidad eterna tan imperfecta como la que disponemos hoy, se le ha desproveído del miedo porque por la fe, regalo de Dios, se tiene la certeza de que en las mansiones celestiales todas las cosas serán hechas nuevas. La realidad futura no tiene punto de comparación con la presente.

La angustia vital desaparece cuando el ser humano, abandonando los prejuicios materialistas a los que se acoge con firmeza, descubre que la vía de la fe le pone en contacto directo con el Dios eterno, la realidad básica que no se ve porque es espíritu y que tiene el poder de hacer desaparecer todas las dudas existenciales básicas causantes de la angustia vital aterradora.

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