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Etiquetas:   El arte de la guerra   -   Sección:   Opinión

La vie en rose

Santi Benítez
Santi Benítez
miércoles, 14 de diciembre de 2005, 23:46 h (CET)
La noche del sábado me quedé a dormir en casa de mi madre. Bueno, en realidad nos quedamos todos. Fue algo espontáneo. Hay mucho sitio y como que, tanto mi hermano como yo, pensamos que era buena idea. A mi me toca el sofá. No es que me importe. He dormido en él infinidad de veces desde aquellos tiempos en los que me quedaba despierto a escondidas para ver a Paloma Chamorro presentando a Caca de Luxe con una desconocida Olvido Gara que nadie sabía que se convertiría en Alaska.

A cosa de las nueve y media de la noche la mujer de mi hermano, Ruth, y mi madre estaban embebidas en un programa que se llama ‘Salsa Rosa’. Yo no lo había visto nunca. Lo más gracioso de todo es que salía una gente sobre la que yo demostraba mi desconocimiento no parando de preguntar: Por ejemplo, salió un tal Dani que había estado con una miss pero que ahora estaba intentando enrollarse con una tía feísima que se llama Sonia, salida del Gran Hermano – Gran noticia – pensé. Le presté algo más de atención cuando hablaron de Moncho Borrajo, al que le tengo un gran cariño, pero al darme cuenta de que iba el tema volví al libro que estaba leyendo.

Eran las once y media cuando me levanté a preparar algo de comer. Todavía duraba el programa. Mi pobre hermano se había quedado dormido en el sillón – no me extrañó en lo más mínimo – pero Ruth y mi madre seguían con los ojos como platos pegados a la pantalla.

Me encontré con una bolsa de pan duro que convenientemente rebanado a lo ancho fue pasando por la tostadora, unas latas de foie gras, unos tomates, lechuga, aceite de oliva y un buen trozo de queso de ganado, con lo que improvisé unas bandeja. También rescaté un vino blanco y casi la mitad de una botella de whisky, ambos de dudosa reputación de origen – mi madre los usa para hacer de comer – de la puerta de la nevera. Mientras preparaba la comida pensé que este tipo de programas cumple cierta función profesional, es decir, aparecían unos “periodistas” a los que, con sinceridad, no veo yo haciendo nada serio (imagínense a Mariñas de corresponsal de guerra criticando el color de las culatas de los kalasnikov de los insurgentes iraquíes delante de una cámara mientras a su espalda caen los petardos, silban las balas y Carmele Marchante esconde la cabeza debajo de la tierra, eso sí, teniendo mucho cuidado de no despeinarse la cresta y exponiendo después, ¡Oh, gran exclusiva!, lo malo que es la guerra para el cutis). Estos “periodistas” han de buscar noticias que estén a su altura profesional. De ahí que Dani salga en horario de máxima audiencia explicando porqué demonios se quiere beneficiar a esa tía, y cobrar por ello – aunque todavía no tengo claro si le pagarán por la entrevista o por el esfuerzo que le debe suponer, ¡Imagínense que la Sonia acceda!

Armado con las viandas y los líquidos me presenté en el salón. Las dos mujeres parecieron salir de un ensueño y mi hermano Wuy abrió los ojos al olor del pan tostado.

Mientras se servían un poco de vino y Wuy olfateaba con desconfianza la jarra de whisky con hielo, yo aproveché para poner música – opté por Jorge Negrete, era eso o elegir entre la Jurado, la Pantoja y Julio Iglesias – y apagar la tele. De repente empezaron a hablar entre ellos. Fue como si hubieran salido de una sesión de hipnosis.

A partir de la caída de la primera bandeja, y yendo la segunda por el mismo camino, pregunté si no hubieran preferido ver algo mejor en la tele, por ejemplo, en la segunda me constaba que estaría la noche temática. La mujer de mi hermano defendió la elección del programa con un escueto ‘Es interesante’, provocando un gruñido gutural de Wuy. Mi madre la secundó con ‘Mientras ves eso, no piensas en nada más’. Este razonamiento tiene, a mi modo de ver, un tinte trágico: Ve uno al tal Dani y a la tal Sonia para no pensar.

Que equivocados estaban aquellos que, en el primer cuarto del siglo XX, auguraban que la televisión sería un arma de cultura y ha terminado convirtiéndose en algo para no pensar. Siempre me he preguntado quien puede desear no pensar. Me da la impresión de que es un deseo que no sólo es peligroso, es que tampoco nos lo podemos permitir en los tiempos que corren.

La mañana del domingo bajé a comprar periódico y churros. Hay una buena cantidad de hombres que, periódico en mano, pinta estrafalaria y perros de talla mínima, hacen cola en el establecimiento para comprar churros. Es como si existiera un tácito acuerdo en el que las mañanas de domingo el sentido del ridículo quedara aparcado permitiendo recuperar esos chándal de colores chillones, que reviven en cuerpos de respetables hombres de barriga oblonga con zapatos negros de los que asoman calcetines deportivos con caniche en ristre. Yo siempre he preferido los vaqueros, la camiseta y unas deportivas, viejas, eso sí. Lo del perro mínimo y la barriga oblonga tampoco es algo que me seduzca mucho.

A mitad de la cola se ve una animada conversación entre cuatro o cinco de estos respetables hombres. Hablan sobre lo mal que va el Madrid. Unos cargan La Provincia y el Marca, otros el Canarias7 y el Marca. Yo me siento un bicho raro, no sólo porque no tenga ni idea de a cuento de qué el Madrid va mal, sino porque cargo con El País, el Mundo y el ABC, y, por supuesto, no tengo caniche, ni yorkshire, ni nada que se le parezca. Pienso, he de reconocer que con cierta maldad, que, en China, estos perros no tardarían mucho en estar despellejados, troceados y marinados.

De camino a casa de mi madre tengo la extraña sensación de vivir en un mundo paralelo, un mundo al margen de la realidad o en los límites de esta.

Preparo los chocolates y los cafés con leche haciendo el ruido justo para que el resto de la tribu medio se despierte y acuda al olor de los brebajes. Me da tiempo de llegar al salón y poner el Euronews en la tele, cuando aparece la matriarca, en bata y con cara de haberse peleado con alguien en vez de dormir. ‘Churros, que rico’, dice mientras se sienta. Detrás hacen presencia mi hermano y su mujer arrastrando las zapatillas. ‘¿A que hora te levantaste, tío?’.

Nadie se percata pero, aunque tengo un plato delante y una taza con un fondo de café con leche a su lado, no las toco. Siempre he sido de café sólo y pitillo a las siete menos cuarto, los domingos también.

En la tele sale Ignacio Astarloa, secretario ejecutivo de Libertades Públicas, Seguridad y Justicia del PP, diciendo que el gobierno está en negociaciones con ETA. Wuy, con el cerco de chocolate alrededor de los labios, mientras moja churro tras churro en su taza, dice – Pues para mi que han detenido a una palva de etarras, por mucho que digan estos- mi madre contesta – Que más dará que estén negociando o no...- Ruth intenta meter baza – Que pasada lo de la Sonia esa, ¿Eh?- y mi madre prosigue – ... aquí lo importante es que se acabe con ETA- Wuy lo remata con – Y además tienen permiso del Parlamento para hacerlo, cuando estaban estos no le pidieron permiso a nadie.-

Enciendo un pitillo mientras la tribu discute sobre la forma de acabar con los criminales, yo miro a mi alrededor para convencerme de que no hay ningún caniche cerca y sonrío pensando ‘Aún hay esperanza’. He de reconocerlo, sintiéndome un poco menos bicho raro.

Suena de fondo mientras escribo esto “A por ellos... que son pocos y cobardes”, Loquillo y Trogloditas...

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