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Etiquetas:   Punto crítico   -   Sección:   Opinión

Montreal: vuelva usted mañana

Raúl Tristán

miércoles, 14 de diciembre de 2005, 00:10 h (CET)
En diciembre de 1997 los países industrializados acordaron, en la Cumbre de Kioto, adoptar un Protocolo del mismo nombre cuya finalidad era la de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero a lo largo del periodo 2008-2012.

Irónicamente, el acuerdo no obligaba a gigantes contaminadores masivos como China o la India, dada su consideración como países en vías de desarrollo, y tampoco tenía la capacidad de forzar a los EEUU, el mayor contaminador mundial, más interesado en salvaguardar sus intereses mercantilistas que la viabilidad del planeta, o a Rusia, otro gran escollo en las negociaciones.

Desde entonces, hemos visto cómo la Unión Europea ha ido erigiéndose en árbitro y líder en la contienda que se libra contra la contaminación y en la que el grupo formado por Japón, Canadá, Australia, EEUU y Rusia supone una rémora difícil de superar.

Algunos de esos países-lastre han ido acercando posiciones conforme el resto de los implicados ha transigido con determinadas concesiones benévolas.

En lo que respecta a los EEUU, el gobierno Bush está poco interesado en cumplir con las exigencias mínimas precisas para que su país colabore activamente contra el cambio climático, de hecho reniega de ellas y no las acepta. Sin embargo, en los últimos tiempos, una deriva positiva se viene observando en numerosos estados y poblaciones del todopoderoso amo del mundo: en contra de las directrices de la política nacional, cual quintacolumnistas del medioambiente, han ido asumiendo de forma independiente su particular responsabilidad en la acción a favor del clima, poniendo en entredicho la línea general marcada por Washington.

Es de suponer que, a ese cambio de mentalidad del estadounidense de a pie, ha contribuido en gran medida la cadena de catástrofes naturales que han asolado, una tras otra, diferentes estados y grandes urbes. De todas formas, y sea cual sea el motivo del giro de 180º habido en el pensamiento del ciudadano americano, lo acogemos con esperanza y agradecimiento. Si los EEUU no disminuyen de forma considerable sus niveles de emisión de gases contaminantes, no es posible que con la reducción lograda entre los demás podamos frenar la destrucción de nuestra atmósfera.

Estamos en diciembre de 2005, acaba de darse por finalizada la Cumbre de Montreal, de la cual lo único que puede darse por sentado es que los compromisos fijados para 2012 se mantienen, pero además deben de fijarse otros más ambiciosos para cuando esa fecha sea alcanzada. Sin embargo, no se han establecido fechas para el fin de las futuras negociaciones, ni se han acordado iniciativas, ni fijado objetivos ni planificado agendas, por más que los participantes se feliciten de haber acordado un Plan de Acción en el último minuto.

Al final, tenemos lo de siempre en política internacional: grupos de trabajo, comités,... En concreto: un grupo de trabajo encargado de desarrollar y establecer compromisos futuros; talleres de diálogo; un comité de conformidad; la formulación del llamado Manual del Protocolo de Kioto; los “mecanismos de desarrollo limpio”, que permite a los países desarrollados invertir en proyectos de desarrollo sostenible en aquellos otros en vías de desarrollo y por otra parte deducir sus emisiones de CO2...

Aun así, y a pesar de todo, es decir, de la lentitud del proceso, de las reticencias y las negativas de muchos, de las trampas que esconde, debemos afirmar que, dadas las actuales circunstancias, el Protocolo de Kioto y las diversas Cumbres que vienen en celebrarse, son la única vía factible para intentar devolver a la atmósfera a un estado que permita a la vida seguir desarrollándose con garantías. Seguir otro camino nos llevará a la destrucción segura, a la aniquilación de la vida sobre el planeta. Al menos del género humano.

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