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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Tolerancia y libertad

José Jurado Saldaña
Redacción
miércoles, 14 de diciembre de 2005, 00:12 h (CET)
Hay personas muy apegadas, tal vez por su ignorancia, al sentido ambiguo y equívoco de esas palabras rimbombantes, como tolerancia, libertad, progreso, democracia, ilustración etc. que ven en ellas la solución para todos los problemas sociales y políticos.

No es muy creíble quien afirma tolerancia y libertad, al mismo tiempo que proclama como autores de las mayores aberraciones y causa de todos los desastres de nuestra historia, nada menos que ¡a los Curas!,siguiendo la rutina y los tópicos del anticlericalismo más rancio y feroz.

Parece que la ley del péndulo ha arraigado en España y que es cierto aquello de que los españoles vamos, alternativamente, unas veces delante de los Curas con cirios y otras detrás corriéndolos a garrotazos. Y ahora, con el viraje a la izquierda y el eslogan del buen talante, algunos se han empeñado en ir detrás, dando a la Iglesia “garrotazos” de aviso con ese absurdo enfrentamiento con un Clero que ha aceptado noblemente el cambio político, como no podía por menos, pero que no hace otra cosa que pedir respeto a sus propios derechos; a su doctrina, seguida por la mayoría de los españoles y ¡al sentido común!

El aborto y el matrimonio entre homosexuales no son ninguna conquista social. El aborto es un crimen; y lo otro, una estupidez que choca hasta con el sentido común.

Y quiera Dios que la cosa quede ahí y calmando los ánimos de los españoles quien no los debiera exacerbar –y nombro, sin rodeo alguno, al Presidente del Gobierno- no volvamos, otra vez, a las andadas y los Curas se vean perseguidos a garrotazos y, acaso, a tiros.

Que en España se ha levantado una ola furiosa de anticlericalismo, es evidente. Ni los Curas ni los católicos somos perfectos, pero se quiere ver en la conducta de algún miembro de la Iglesia, ciertamente repudiable, una nota común a toda la Iglesia.

Decir que la Iglesia Católica es el gran cáncer del mundo y una gran empresa que sólo busca la rentabilidad económica y que predica una moral más falsa que sus propios miembros, no deja de ser una afirmación falsa, una infamia, una zafiedad y una verdadera intolerancia.

Quienes tales cosas afirman debieran fijarse en la inconmensurable labor cultural y social que la Iglesia ha desempeñado a través de la historia y en el ejemplo sublime que dan esos Sacerdotes y religiosos anónimos a la cabecera de ancianos y enfermos incurables y cobijando con su desprendimiento a tanto niño hambriento en esos Países del Tercer mundo, donde inútilmente esperan que alguna vez lleguen hechos realidad los Acuerdos de esas Cumbres de los Países democráticos, solidarios, progresistas e ilustrados.

Dos milenios lleva la Iglesia subsistiendo a pesar de los “garrotazos” que sufre. Es buena prueba de pervivencia. Como dijo Jesucristo que las puertas del infierno no prevalecerán, podemos seguir tranquilos.

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