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Etiquetas:   Crítica literaria   -   Sección:   Libros

Para aprender lo que somos y lo que fuimos

Herme Cerezo
Herme Cerezo
lunes, 8 de mayo de 2006, 05:10 h (CET)
“...Yo mismo propuse a Franco para que fuese el mando militar único porque considero que es lo que procede. Mi misión es estar en el frente y limpiar el Norte de tanta escoria acumulada. Tiempo habrá mañana de establecer la fórmula de gobierno que requiera España” (“El hombre de la leica”, Fermín Goñi, página 406).

Realmente, ¿era este el modo de pensar del general Emilio Mola? Es posible. Al menos esta es la imagen que el navarro Fermín Goñi presenta del organizador de la sublevación militar que puso fin a la II República Española.

Destinado por Carlos Masquelet, ministro de la Guerra, a la plaza de Pamplona, en un intento por diseminar a los generales considerados “peligrosos” por la periferia peninsular, Emilio Mola, nada más tomar posesión de su cargo, consagró todo su tiempo a pergeñar la rebelión que llevaría a una parte del ejército a sublevarse contra el poder legalmente constituido. Dos sucesos de sobra conocidos, los asesinatos del teniente Castillo y del diputado Calvo Sotelo, precipitaron los acontecimientos. Quizá sin estas dos muertes, el golpe se hubiera dilatado un poco más en el tiempo, pero lo bien cierto es que, con el caldo de cultivo existente, los hechos posiblemente hubiesen ocurrido igual. Pero esto es especular y la ciencia histórica no especula, sólo investiga apoyándose en documentos y testimonios debidamente comprobados.

En “El hombre de la leica” asistimos a la urdimbre del golpe de estado de julio de 1936. Fermín Goñi ha pergeñado un relato minucioso y preciso. Ignoro de qué fuentes documentales ha bebido el escritor navarro, pero desde luego todo lo que cuenta suena cierto y, sobre todo, contrastado con la realidad. Los datos se acumulan y proporcionan al lector una excelente panorámica de los dos meses anteriores al alzamiento y de los momentos iniciales de la contienda.

De las palabras de Goñi se desprende que Mola esperaba un desarrollo rápido de los acontecimientos. Él propio general estimaba que en poco más de un mes la situación estaría bajo control de las fuerzas insurgentes. Sin embargo, la reacción, en ocasiones rápida del Gobierno Republicano, y la división interna del ejército español provocaron una contienda civil que oficialmente duró tres años pero que, si incluimos la posguerra, con las guerrillas montañesas, los maquis, y la represión subsiguiente, se extendió durante muchos años.

Mola, preocupado por la situación de España, no parece interesado en cambiar el modelo de estado, ya que era partidario de mantener la república, una vez “saneada” de los elementos perniciosos, léase anarquistas y comunistas, que, a su juicio, la demolían. No hace falta explicar qué entendía el militar cubano por “sanear”.

Hay pocos peros que poner a esta novela. Quizá resulte sorprendente el comienzo, donde Consuelo, la esposa del general golpista, parece destinada a ocupar un papel relevante en el desarrollo de la novela, cosa que después no ocurre. También resulta poco creíble la figura del coronel García Escámez, don Curro, ayudante personal de Mola, cuyo origen andaluz se circunscribe a dos frases, igenerá y zordeneigenerá, que se repiten frecuentemente en el texto y contribuyen a quitar un poco de hierro a la gravedad de los acontecimientos vividos.

Mola se revela como un perfecto conspirador, metódico y prudente. En su actividad subversiva controlará todos los frentes: el apoyo de los carlistas, los contactos con otros militares (Sanjurjo, exiliado en Portugal, Queipo de Llano, Franco, al que muchas veces llama “Franquito”), políticos como Gil Robles, periodistas como Raimundo García, director del Diario de Navarra, y algunos elementos civiles. Antiguo director general de la Seguridad del Estado, Mola conocía perfectamente los entresijos del poder republicano, sus puntos débiles y fuertes. Sin embargo, las dificultades económicas de los primeros instantes convirtieron la asonada en una cruenta guerra civil. El gran beneficiado de este entramado será el general Franco, que en todo momento mantuvo una actitud cauta y astuta que, a la postre, le serviría el poder en bandeja.

Estamos, opino, ante una gran novela histórica. “El hombre de la Leica” es una lección magistral de la Historia de España, donde Goñi alterna el relato de un narrador omnisciente con las impresiones personales de Mola a través de su diario, escrito en una Remington portátil que el insurgente llevaba consigo a todas partes. ¡Ah, si en mis tiempos de estudiante hubiésemos gozado de un libro así!

En resumen, “El hombre de la Leica” es un buen retrato de una época determinante de la España contemporánea, apasionante como pocas, bien construido, ameno, ágil y excelentemente documentado. Un libro para aprender lo que somos y, sobre todo, lo que fuimos.

P.D. Y un toque de atención para los correctores ortográficos. El trabajo de Fermín Goñi se merece un poco más de esmero en el desempeño de su labor: acentos, concordancias... ¿Estamos perdiendo el oficio?

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'El hombre de la leica', de Fermín Goñi. Ed. Espasa Calpe. Octubre, 2005.

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