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Relaciones entre Uzbekistán y Occidente

Vladimir Simonov
Redacción
lunes, 12 de diciembre de 2005, 23:43 h (CET)
Uzbekistán, un Estado muy importante en el aspecto estratégico en Asia Central, se ha enfadado tanto con Occidente que ha decidido echar las unidades militares de éste de su territorio.

Hace unos días Uzbekistán le prohibió a la Alianza Atlántica utilizar la tierra firme y el espacio aéreo uzbecos para el apoyo logístico a las operaciones que la OTAN realiza en el Afganistán limítrofe. Las autoridades uzbecas insisten en que el contingente de la Alianza, representado en primer lugar por Alemania y España, abandone el país hacia el 1-ro de enero. Anteriormente Tashkent insistió en que EE UU, que participa en la campaña antiterrorista en Afganistán, evacuara sus efectivos de la base de Hanabad, y salió con la suya.

En la OTAN y EE UU interpretan lo sucedido como una reacción demasiada dolorosa a las críticas dirigidas a la situación que existe en Uzbekistán en materia de derechos humanos y aseveran a cuantos están dispuestos a escucharlo que el apoyo logístico a las operaciones que se realizan en Afganistán no se verá afectado a causa de ello. Pero analistas militares independientes son de otro parecer.

Presenta interés no tanto esa discrepancia cuanto el convencimiento de Washington y la UE de que la ofensa de un país a las críticas dirigidas a él puede servir del causante fundamental de un brusco enfriamiento de relaciones, rayano en ruptura de éstas. Es fácil recordar a no pocos Estados que ocupan los últimos lugares en los ratings que elabora el Departamento de Estado en cuanto al nivel de libertades públicas existente en ellos, pero no por ello dejan de ser muy amigos de EE UU. Se impone la siguiente conclusión: ni Washington ni las estructuras dirigentes de la UE quieren analizar más profundamente las causas de la desavenencia con Tashkent, temiendo que la parte uzbeca pueda tener razones de ello poco agradables para Occidente.

Remontémonos a los comienzos de los años 90, período en que Uzbekistán, ya siendo un Estado independiente se sintió como un seguro jugador en la economía de Asia Central. Sus recursos naturales, antes que nada algodón, uranio y oro, sirvieron de un atractivo apetitoso para numerosas firmas occidentales, que empezaron a abrir allí sus sucursales, y su situación geoestratégica, que permite observar grandes espacios de Rusia y China, para los expertos militares de la OTAN.

Ya antes del ataque terrorista a Nueva York del 11 de septiembre de 2001, el líder uzbeco Islam Karimov, un político experimentado y flexible a manera oriental, abrió ante los militares y los servicios secretos de EE UU unas posibilidades que ellos no tenían en ningún otro país de Asia Central. He aquí un hecho poco conocido pero demostrativo: ya antes de invadir Afganistán, el Pentágono y la CIA estaban realizando la cacería de Bin Laden desde territorio uzbeco. De allí se infiltraban grupos de aprehensión y despegaban aparatos de reconocimiento estadounidenses no pilotados “Predator”. Después del 11 de septiembre, Tashkent empezó a orientarse aún más manifiestamente a Estados Unidos, le concedió su base de aviación de Hanabad y el aeródromo de reserva de Kokoity. Paralelamente la Fuerza Aérea alemana se instaló en Termez. De este modo Uzbekistán se inscribió muy bien en el sistema de cobertura de los intereses estratégicos militares de EE UU y la OTAN en Asia Central.

Tashkent estructuraba su política exterior según el principio del columpio: si un extremo subía, el opuesto tenía que ir para abajo. De 1999 a 2002 Uzbekistán abandonó el Tratado de Seguridad Colectiva, que Rusia había concertado con algunas de las repúblicas de la ex Unión Soviética, e ingresó en la GUUAM, organización que agrupaba a Georgia, Ucrania, Uzbekistán, Azerbaiyán y Moldavia. Karimov, quien goza del estatuto de presidente vitalicio, comparte la fórmula británica: el país no tiene permanentes amigos, pero sí tiene permanentes intereses. En aquellos años, la aguja del barómetro de esos intereses apuntaba obviamente hacia Estados Unidos.

Pero entre Washington y Tashkent no surgieron relaciones de amor. ¿Por qué? Sirvieron de pretexto formal para la ruptura los acontecimientos en Andizhán, consecuencia de lo cual en Tashkent estalló un motín con bajas humanas. Occidente y las autoridades oficiales de Uzbekistán valoraron de una manera muy distinta su número y el propio carácter de los sucesos. EE UU y la UE vieron en lo sucedido un feroz aplastamiento por la dictadura uzbeca de las protestas sociales. Karimov por su parte echó la culpa de todo a la organización islamista radical Akromía y a los instigadores occidentales.

Como suele suceder a menudo, la verdad está en medio de ello. En efecto, la sublevación fue precedida por un proceso contra un grupo de empresarios locales, miembros de Akromía, financiados por la clandestinidad islamista. Al propio tiempo, la situación socio-económica en Uzbekistán, que es el país más densamente poblado en Asia Central, dista mucho de ser estable. Más de 80 por ciento de sus habitantes viven por debajo del umbral de la pobreza, la situación del 40 por ciento de ellos es desastrosa: sus ingresos son alrededor de un dólar al mes. Es difícil imaginar un caldo nutritivo más propicio para la multiplicación de los microbios del extremismo.

Pero no fueron los derechos humanos los que metieron cuña en las relaciones de amistad entre Tashkent y Washington. La ruptura se debió en mucho grado a la singular mentalidad propia de la actual Administración de EE UU, la que enfoca a sus socios del mundo entero fundamentalmente como unos puntales provisionales de la aplicación de la política estadounidense: ¿Se han gastado? Los sustituimos por otros. En Washington no ocultaban que después de haber recibido bases militares en territorio de Uzbekistán empezaban a percibir a Islam Karimov como un material humano que ya ha agotado su recurso y que es conveniente sustituir por un líder mejor gobernable.

En la práctica ello desembocó en varias acciones bruscas y altaneras. Washington se negó a pagar el alquiler de las bases uzbecas en cantidades más o menos decentes. Fueron introducidas sanciones económicas y políticas contra las autoridades oficiales de Tashkent, como su punto culminante se profirieron amenazas de incoar causa contra Islam Karimov en el Tribunal Internacional.

Da la impresión de que EE UU esté copiando hoy día la política que la URSS aplicaba en los años 1920 y 1930, pronunciándose por el cambio revolucionario de los regímenes en todos los países del mundo y la imposición del modelo socialista, el que les parecía a los ideólogos soviéticos cúspide de la justicia social.

EE UU hoy día ha llegado a creer en la infalibilidad de sus propias nociones de la democracia y utiliza todas las palancas, tanto medios militares como el Derecho Internacional, para barajar regímenes y líderes a su antojo. Pero Uzbekistán ha resultado ser un hueso duro de roer.

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Vladimir Simonov es analista de RIA “Novosti”.

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